Capítulo 6 — Rémanence #2
nada que pudiera llamar de ninguna manera.
Rodrigo pasaba por el piso a veces, no muchas, las suficientes para que no fuera raro y las pocas suficientes para que cada vez tuviera un peso.
Casi siempre era trabajo bueno. Una marca nueva era trabajo bueno.
No había en eso nada que justificara el grado de temperatura.
Pero estaba el correo en el teléfono —en el carrete ahora, además de en el correo— y estaba la frase de la hoja, prefiero no dar más detalles, y estaba, sin que Naia la pensara con palabras, una cosa de la noche anterior que había dejado a medias, la mano que se detuvo camino del botón de reenviar, la idea de que reenviarle a Rodrigo aquello era algo que prefería pensar despacio.
Y ahora Rodrigo no iba a llegarle por un correo.
Iba a llegarle en persona, por la tarde, al salón donde ella acababa de grabar, y se iba a sentar en su sofá, y ella iba a tener el teléfono encima de la mesa con la curva dentro, y todavía no había pensado despacio nada.
Trabajó el resto de la mañana y comió poco y a la hora de comer ya casi no pensaba en la tarde, porque la tarde era trabajo y el trabajo no daba miedo, el trabajo era lo que sabía hacer.
Rodrigo llegó pasadas las cinco, con la luz ya dorándose otra vez del otro lado de los tejados,
y llegó como llegaba él, que era llenando el recibidor antes de entrar del todo, la voz primero, ¡Naia!
, y los dos besos, y el olor a un perfume caro y discreto, y la chaqueta de un azul que parecía sport y costaba lo que un traje, y el reloj, y la sonrisa que él tenía siempre puesta no como Gabriela la tenía puesta, no como un decorado que se monta, sino como una cosa que de verdad parecía suya, una calidez que no costaba ningún esfuerzo y que por eso funcionaba.
Rodrigo entraba en una habitación y la habitación mejoraba.
Era una de las cosas que hacía. Le dijo que estaba estupenda, que había visto lo del evento, que la marca francesa estaba encantada, que se lo habían dicho a él directamente, que era un orgullo, y se lo dijo mirándola a los ojos el tiempo justo, ni poco ni demasiado, con esa manera suya de hacer sentir a la persona que tenía delante que era, en ese momento, la única persona que le importaba en el mundo.
Se sentó en el sofá, en la esquina de siempre, y aceptó el agua con gas, y puso el teléfono y una carpeta delgada sobre la mesa, y empezó a contarle lo gordo.
Era gordo. Era una marca de suplementos y bienestar, una marca grande, internacional, de las que no trabajaban con cualquiera, que quería entrar fuerte en LATAM y que había preguntado por Naia con nombre y apellido.
Rodrigo lo contaba bien, lo contaba como contaba siempre las buenas noticias, dejando caer el número casi al final, casi de pasada, como si el número no fuera lo importante, y el número era alto, más alto que nada que ella hubiera firmado, y Naia lo recibió en el cuerpo, en el sitio del asentamiento, la confirmación física de que iba para arriba, de que el sitio donde estaba parada era el sitio correcto.
Rodrigo le explicó las fases, la exclusividad, los entregables, lo que la marca pedía y lo que él había conseguido quitarles de lo que pedían, porque siempre había una parte en que Rodrigo contaba lo que él había peleado por ella, lo que había conseguido protegerla de pedir, y esa parte era la parte en que Naia sentía que tenía a alguien de su lado, que no estaba sola frente a las marcas grandes, que Rodrigo era el muro entre ella y la parte fea del negocio que ella no quería ver.
—Lo único —dijo Rodrigo, pasando una hoja de la carpeta— es que estos van a querer garantías de alcance.
Son muy de números. Te van a pedir compromisos de impresiones, de retención, ese tipo de cosas.
Nada que no podamos darles, tú estás volando, pero te lo digo para que no te asustes cuando veas el contrato lleno de cifras.
Y ahí Naia, sin decidir preguntarlo, lo preguntó. Lo preguntó con la voz con que se preguntan las cosas del oficio, una voz lisa, sin peso, la voz de la duda técnica que cualquier creadora tendría.
—¿Y eso se puede garantizar? —dijo—. El alcance, digo. ¿Tú puedes garantizarle a una marca que algo va a llegar a tanta gente?
Rodrigo levantó la vista de la carpeta y la miró, y por un segundo hubo en su cara la mínima reorganización de quien decide cuánto de la cosa contar, y después la sonrisa volvió, fácil, y se echó atrás en el sofá.
—A ver. —Hizo el gesto de quien va a explicar algo sencillo a alguien que no tiene por qué saberlo—.
Nadie te garantiza nada al cien por cien, eso ni de coña, y quien te lo prometa te miente.
Pero sí. Más o menos. Mira. —Cogió el agua, bebió—.
Hace años el alcance era otra cosa. Tú subías algo bueno y llegaba a tu gente y ya.
Eso se acabó. Hoy el orgánico es cero. Cero, Naia.
Lo que llega de manera natural, sin que nadie lo mueva, es nada, una miseria, un porcentaje ridículo de tus seguidores.
Todo lo demás lo decide la plataforma, lo deciden ellos, con su sistema, y nadie de fuera sabe cómo.
Es una caja negra. Tú metes algo por arriba y por abajo sale un número y por qué sale ese número y no otro no lo sabe nadie, ni ellos del todo, dicen ellos.
—Sonrió—. Por eso existimos nosotros. Por eso una marca no va a ti directamente y te paga, sino que viene a una agencia.
Porque nosotros sabemos movernos en esa caja.
Sabemos en qué ventanas conviene empujar, qué formatos pesan más este trimestre, cómo se estructura un trato para que los números salgan.
Tú no tienes que saber nada de eso. Para eso estoy yo.
Lo dijo todo con la naturalidad más completa, sin bajar la voz, sin mirar a los lados, la naturalidad de quien recita el dato más aburrido del mundo, y siguió, ya pasando otra hoja, hablando de las fechas de la campaña. Pero Naia se había quedado quieta.
No de un modo que se viera; siguió asintiendo, siguió con la cara puesta en escucharlo.
Pero por dentro algo se había detenido del mismo modo que se le había detenido el pulgar la noche anterior camino del botón.
El orgánico es cero. Lo que llega solo es nada.
Todo lo demás lo deciden ellos. Las palabras cayeron sobre una cosa que ella tenía abierta sin saber que la tenía abierta, cayeron sobre la forma de la curva guardada en su carrete, sobre la meseta lisa donde los números se quedaban parados como si hubieran chocado contra algo, y la cosa de Rodrigo y la cosa de la hoja se tocaron en algún punto de Naia que no era el pensamiento, que era más abajo, el mismo sitio del asentamiento pero ahora sin asentamiento, al revés, un pequeño desencaje.
No sacó ninguna conclusión. No tenía con qué.
No pensó la hoja viene de tu agencia, ni pensó tú decides mi alcance, ni pensó nada que pudiera ponerse en una frase.
Lo que hizo fue guardar la palabra. Deciden.
La guardó como había guardado la captura, suelta, sin entenderla, en un sitio de donde ya no la iba a poder sacar.
—¿Y a alguien lo pueden... —empezó, y se rió un poco al decirlo, le puso encima la risa para quitarle peso, para que pareciera una tontería,
una paranoia de broma— a alguien lo pueden bajar a propósito? O sea. ¿Pueden coger a una cuenta y bajarla?
Rodrigo se rió con ella, una risa cómoda, y negó con la cabeza como se le niega a un niño una cosa imposible y graciosa.
—Pero qué dices. —La señaló con el dedo, cariñoso—.
No me empieces tú también con esas. Tengo clientes que se vuelven majaras con eso, que si me han bajado, que si la plataforma me tiene manía, que si una mano negra.
Y no, Naia. No funciona así. No hay nadie sentado decidiendo joderte a ti.
Es una máquina, es un sistema enorme que optimiza no sé qué cosas suyas, y a veces te toca bien y a veces te toca regular,
y los días que te toca regular te montas una película.
Es lo peor que puedes hacer, en serio, te lo digo por experiencia: mirar un mal día y buscarle un culpable.
—Se inclinó hacia delante, le bajó la voz al registro de la confidencia, el registro en que Rodrigo decía las cosas que sonaban a que te quería bien—.
Mira tu curva de treinta días. ¿La has mirado?
Va para arriba. Estás volando. No te metas en la cabeza ideas de gente que va para abajo, porque esa es la diferencia, ¿eh? ,
esa es toda la diferencia. Los que van para abajo le echan la culpa a la máquina. Los que van para arriba trabajan. Tú trabajas. Por eso vas para arriba.