Cero Orgánico Capítulo 6 — Rémanence #3
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Capítulo 6 — Rémanence #3

Y le sonrió, y la cosa que dijo era exactamente la cosa que ella necesitaba oír, era la misma cosa que él le había dicho aquella vez, eres la única que no se lo cree, la cosa que la separaba de Gabriela Nox y de todas las que iban para abajo, y Naia la recibió y la dejó hacer su trabajo, sintió cómo la tranquilizaba, cómo la explicación de Rodrigo era buena y razonable igual que la explicación de la luz por la mañana había sido buena y razonable, cómo todo encajaba otra vez: era una máquina, no había una mano, los que veían manos eran los que iban para abajo, ella iba para arriba, había que trabajar y no montarse películas.

Se dejó tranquilizar por fuera, del todo, asintió, se rió de su propia paranoia de broma, dijo ya, ya, si lo sé, es que el otro día tuve un reel que no se movía y me rayé.

Y Rodrigo dijo pues eso, ni caso, y volvió a la carpeta, y le explicó cuándo le mandaría el contrato y qué tenía que tener firmado para cuándo, y la tarde siguió siendo trabajo, trabajo bueno, la marca grande, el número alto.

Pero no devolvió la palabra. La tranquilidad de Rodrigo se había puesto por encima de la palabra, como el agua tibia del evento se había puesto por encima de la frase de Gabriela, cubriéndola, pero la palabra seguía debajo, deciden, lo deciden ellos, sin disolverse, igual que la curva no se había disuelto con la luz de la mañana.

Y lo que Naia no hizo, en toda la tarde, con Rodrigo sentado en su sofá, con el teléfono encima de la mesa a un palmo de la mano de los dos, fue lo único que el sentido común habría dicho que hiciera: no le enseñó la hoja.

No le dijo oye, me ha llegado una cosa rara, no sé qué es, dímelo tú que sabes.

No le dijo me ha escrito uno de una agencia con la que tengo contrato y me ha mandado un Excel de mi cuenta y me ha dejado mal cuerpo.

Lo tenía a él delante, al que resolvía en dos segundos las cosas raras de la agencia, al que sabía moverse en la caja negra, al que le acababa de explicar el alcance sin que ella se lo pidiera, y tenía la cosa rara a un palmo, y la dejó donde estaba.

No decidió no enseñársela. No fue una decisión con palabras, no pensó mejor no se lo enseño porque, no tuvo un porqué.

Fue otra vez la mano que no va, el pulgar que no pulsa, una cosa que se quedó quieta sin que su dueña supiera qué la detenía.

Preguntó en lugar de mostrar. Rodeó en lugar de entregar. Y no sabía, no podía saber, que rodear era ya una forma de saber algo, que el cuerpo que elige la pregunta indirecta y guarda la hoja sabe, en el sitio donde sabe sin palabras, que la hoja y el hombre del sofá no van en cajones separados.

Rodrigo se fue cerca de las siete, con dos besos y la chaqueta cara y la promesa del contrato para el lunes, y le dijo en la puerta, sujetándole un momento el brazo por encima del codo —un gesto que ella había visto esa misma semana en otra persona y que no relacionó—, que estaba orgulloso de ella, que esto era solo el principio, que se preparara porque venía un año enorme.

Y se fue, y la voz de Rodrigo se fue con él, y el recibidor que había mejorado cuando él entró volvió a ser el recibidor de siempre, y el piso se quedó en el silencio acolchado del final de la tarde, con la luz ya muy dorada y muy baja entrando de lado por el ventanal del salón y cayendo sobre el sofá vacío, sobre la esquina donde él había estado sentado, sobre la mesa donde seguía el teléfono.

Naia se quedó de pie en el salón. No encendió las luces.

Recogió el vaso de Rodrigo y lo llevó a la cocina y lo dejó en el fregadero y volvió, y cogió el teléfono, y no abrió el correo.

No reenvió nada. El correo seguía donde estaba, leído, sin contestar, una línea en la lista.

Lo que abrió, sin pensarlo, fue el carrete, y bajó por las fotos, y ahí estaba, entre el bol de la mañana con los tejados al fondo y su cara de dos días antes con la sonrisa puesta, la captura: la curva de números diminutos, la meseta lisa, las caídas grises.

La miró un momento en la penumbra dorada.

Y no sabía más que por la mañana, no había entendido nada nuevo, la hoja seguía siendo ilegible, el remitente seguía siendo un nombre que no le decía nada, la máquina seguía siendo una máquina sin manos. No había cambiado nada de lo que sabía.

Lo que había cambiado era otra cosa. Era que ahora había una palabra.

Deciden. Lo deciden ellos. El orgánico es cero.

Una palabra dicha en su salón por el hombre que la quería bien, dicha con la naturalidad del dato más aburrido del mundo, y la palabra había caído al lado de una forma, y la forma y la palabra ya estaban juntas, en el carrete y debajo del carrete,

en el sitio donde se guardan las cosas sin entenderlas, y ya no se las podía separar.

El alcance, los números, la curva que subía, lo suyo, lo que ella construía con su trabajo sin saltarse nada —eso que por la mañana, con luz, había vuelto a ser sólido y propio— ya tenía, al lado, dicha por Rodrigo sin que Rodrigo lo notara, la palabra que decía que no lo construía ella sola, que alguien lo movía, que alguien lo decidía.

No lo entendía. Pero ya no podía no saber que estaba ahí para entenderlo.

Bloqueó el teléfono, y la curva se apagó en la pantalla, y el salón se quedó a oscuras del todo, y Naia se quedó de pie en el sitio donde había estado el sofá lleno, en su piso, con la palabra y la forma juntas y sin nombre, mucho rato, mientras del otro lado del mundo dos millones de personas seguían viendo, dando like, deslizando, alimentando con cada segundo la máquina que ella acababa de oír nombrar sin haberla reconocido.