Capítulo 5 — Vernissage #3
Tardó un momento en cargar. Era una hoja de cálculo, y se abrió pequeña en la pantalla del teléfono, las columnas apretadas, los números diminutos.
Naia hizo el gesto de separar dos dedos para ampliar.
Vio una columna de códigos a la izquierda, parecidos al suyo, decenas de ellos, y a la derecha una sucesión de números por fechas que no entendió a la primera.
Siguió ampliando, moviendo la hoja con el dedo, buscando sin saber qué buscaba, hasta que encontró la fila de arriba, la primera, la que el remitente había mencionado, WL-MXA-01, y la siguió con el dedo hacia la derecha, por los números, semana a semana.
Y en algún punto de esa fila, sin entender la hoja, sin saber leer una sola de sus columnas, sin tener idea de qué era un grupo de control ni un ciclo publicitario ni una distribución administrada, Naia vio una forma.
Los números, al seguirlos con el dedo, dibujaban algo que ella conocía sin poder nombrarlo.
Subían un trecho y luego se quedaban parados, lisos, iguales semana tras semana, como si hubieran chocado contra algo.
Y después, en unas semanas que en la hoja estaban marcadas de un gris distinto, bajaban.
Bajaban y volvían a subir. Era un dibujo.
Era una curva. Y la curva se parecía —no podía decir cómo, no tenía las palabras, era una cosa del cuerpo y no de la cabeza— se parecía a una sensación que ella había tenido sin mirarla, la sensación de empujar y empujar contra algo que de pronto no cede, esos días en que subía un reel que tenía que volar y no volaba y ella no sabía por qué y se decía que el algoritmo era así, caprichoso, que mañana sería mejor.
No entendió la hoja. Hay que ser claro en eso: no entendió nada de la hoja, no sabía qué le estaban mostrando, no relacionó el código con Hernaldo ni con Toño Dorantes ni con Rodrigo ni con nada, porque no tenía ninguna de esas piezas.
Lo que tuvo fue otra cosa, más pequeña y más incómoda: el reconocimiento de una forma.
Como cuando alguien te enseña una radiografía de un hueso que es tuyo y tú no sabes leer radiografías pero algo en ti reconoce que ese hueso, esa sombra con esa curva exacta, te pertenece, y la mira más tiempo del que querrías mirarla.
Se quedó con la hoja abierta. La movió con el dedo otra vez, de la primera fila hacia abajo, mirando las otras curvas, que tenían la misma forma, la misma meseta, las mismas caídas en las mismas semanas grises. Todas iguales. Decenas de cuentas con la misma forma a la vez.
Eso tampoco lo entendió, pero lo vio, y verlo le produjo algo que no era miedo y no era alarma, porque para tener miedo o alarma habría hecho falta entender, y ella no entendía.
Era una incomodidad sin objeto. Una desazón.
La sensación física de que algo que ella creía que era una cosa —el alcance, los números, la curva que subía, lo suyo, lo que ella construía con su trabajo sin saltarse nada— podía ser, vista desde otro sitio, una cosa distinta, una cosa que no era suya, una cosa que alguien le hacía.
La sensación duró lo que dura un escalofrío y debería haberse ido como se va un escalofrío. No se fue.
Pensó en escribir a Bruno. No lo hizo; era tarde, y además Bruno habría dicho lo que decía siempre, que el algoritmo era así, que no le diera vueltas, que mirara la curva de los treinta días, que iba para arriba.
Pensó, por un instante, en Rodrigo, en reenviárselo a Rodrigo, que era a quien se le reenviaban las cosas raras de la agencia, que sabría qué era esto en dos segundos, que le diría no te preocupes con esa voz que apagaba las preocupaciones.
El pulgar fue hacia el botón de reenviar.
Y ahí, sin razón que pudiera nombrar, se detuvo.
No reenvió. No supo por qué no reenvió. No fue una decisión, fue una falta de decisión, una mano que se queda quieta en el aire sin que su dueña sepa qué la detiene.
Una agencia con la que tienes contrato. La frase volvió sola.
La agencia era la de Rodrigo. El remitente trabajaba para Rodrigo.
Y aunque Naia no sacó de ahí ninguna conclusión, porque no tenía con qué sacarla, algo en ella registró que reenviarle a Rodrigo un correo que venía de dentro de la casa de Rodrigo era una cosa que prefería pensar despacio, mañana, con luz.
No lo cerró. No cerró el correo. Lo dejó abierto, la hoja de cálculo abierta debajo, la curva con su forma reconocible flotando en la pantalla a doce por ciento de brillo en la oscuridad de la habitación.
Apoyó el teléfono boca arriba sobre el pecho, encendido, y miró el techo que no se veía.
La crepitación de los flashes ya no estaba.
El agua tibia del evento se había escurrido del todo y había quedado solo esto, una mujer en una cama con una hoja de números abierta sobre el corazón, sintiendo una cosa para la que no tenía nombre y que, justamente por no tener nombre, no podía dejar a un lado.
Afuera Madrid estaba en silencio.
En México y en Argentina, donde eran las cinco y las seis de la tarde, dos millones de personas seguían viendo, dando like, deslizando, alimentando con cada segundo el sistema que dibujaba en silencio la forma que Naia tenía ahora abierta sobre el pecho sin saber leerla.
Naia no apagó el teléfono. Se quedó así, despierta, con la luz pequeña encendida contra la piel, mucho después de la hora en que cualquier otra noche ya estaría dormida.