Capítulo 5 — Vernissage #2
Lo dijo deprisa, todo junto, como quien suelta algo que lleva tiempo apretado, y por un instante la sonrisa se le cayó del todo y quedó solo la cara, una cara de cuarenta y tantos que había mirado el sitio donde Naia estaba parada desde el sitio donde ya no estaba, y que sabía exactamente el camino entre los dos puntos porque lo había recorrido entero.
Naia oyó las palabras. Oyó cuídate la energía, oyó todo tiene su ciclo en el aire aunque Gabriela no lo hubiera dicho con esas palabras, oyó el tono entero del género: el de la creadora venida a menos que reempaqueta su fracaso como crecimiento espiritual y te lo ofrece como un regalo. Lo clasificó en menos de un segundo.
Era envidia. Era la envidia con vestido verde y perfume denso, la envidia que necesita disfrazarse de consejo porque desnuda daría demasiada vergüenza.
Naia había recibido versiones de esa frase de varias mujeres que habían estado arriba y ya no estaban, y todas decían lo mismo, cuídate, esto es un ciclo, yo aprendí a las malas, y todas lo decían con esa mezcla de calidez y filo que ella ya sabía leer.
Lo que ninguna de ellas decía, lo que Naia oía debajo de la frase con total claridad, era a mí me pasó y a ti también te va a pasar, y eso no era una advertencia, era un deseo.
—Te lo agradezco mucho —dijo Naia, y lo dijo con una dulzura tan completa, tan sin grietas, que era en sí misma una forma de cerrar la puerta—. De verdad. Qué bonito que me lo digas.
Y ahí estaba el filo de Naia, el que no necesitaba mostrar los dientes: qué bonito que me lo digas, una frase que trataba a Gabriela como se trata a alguien tierno y un poco perdido, que convertía la advertencia en una monada, que la ponía a ella veinte años por encima sin levantar la voz.
Gabriela lo notó. Algo se le apagó en los ojos, una última luz de la cosa real que había intentado salir, y volvió a montarse la sonrisa de decorado, más rápido esta vez, con la eficiencia de quien la ha tenido que volver a montar muchas veces.
—Claro que sí, mi amor —dijo—. Brillas. Sigue brillando. —Le tocó el brazo otra vez—. Voy a saludar por ahí. Cuídate, ¿eh? Cuídate mucho.
Y se fue, hacia un grupo en el que entró con los brazos otra vez abiertos y la sonrisa otra vez puesta, y Naia la vio entrar en ese grupo y registró, con una parte fría de sí misma, que el grupo se cerró un poco al recibirla, que le hicieron el sitio justo y no más, que Gabriela Nox era alguien a quien se saludaba con cariño y se soltaba rápido.
Naia no se vio a sí misma en eso. Vio a Gabriela.
Vio el final de una carrera que no se parecía a la suya porque la suya iba para arriba, y la curva de Gabriela había sido otra cosa, una curva mal gestionada, de alguien que se lo creyó, y Naia no se lo creía, se lo había dicho Rodrigo, ella era la única que no se lo creía, por eso ella iba a durar.
Volvió a la sala. Un fotógrafo la encontró cerca de la instalación central, una pirámide de los frascos del producto nuevo iluminada por dentro, y le pidió una foto sosteniendo uno de los frascos, y Naia lo sostuvo a la altura del pómulo con el gesto correcto, y la crepitación volvió, menor que a la entrada pero presente, y ella se metió otra vez en ese sonido como en agua tibia.
La frase de Gabriela se disolvió en el ruido sin dejar residuo.
O casi. Quedó algo, un grano mínimo, no de miedo sino de fastidio, la incomodidad de que alguien te toque una cosa que no quieres que te toquen y que no sepas del todo cuál es la cosa.
Pero el grano era pequeño y el agua era tibia y Naia tenía dos millones ochocientas mil razones para que el agua tibia ganara.
Se fue del evento a las once y media. Bruno le había pedido el coche y la acompañó a la puerta y le dijo que los números de las stories del evento ya estaban subiendo y que la marca estaba contentísima, y Naia le dio dos besos y subió al coche, y al cerrarse la puerta el ruido del palacete se cortó de golpe, como se corta el agua, y quedó el silencio acolchado del asiento trasero y Madrid pasando otra vez por la ventanilla como un decorado apagado.
El piso de Malasaña estaba a oscuras y a la temperatura de siempre y olía a lo que olía su casa, que era un olor que ella ya no percibía. Naia encendió solo la luz de la entrada y la del pasillo,
se quitó los zapatos en el recibidor, dejó el bolso en la consola.
Se desmaquilló de pie frente al espejo del baño con la rutina de movimientos que le pertenecía más que casi cualquier otra cosa que hiciera, la cara primero, los ojos al final, y el rostro que fue apareciendo debajo del maquillaje era el de una mujer de veintiocho años cansada de un modo agradable, un cansancio de jornada cumplida. Se puso crema.
Se bebió un vaso de agua en la cocina, a oscuras, mirando por la ventana las ventanas de enfrente, algunas encendidas, la mayoría no.
Se metió en la cama. La habitación tenía la oscuridad que ella había diseñado, persianas que dejaban fuera la luz de la calle, y la única luz era la del teléfono cuando lo encendió, a doce por ciento de brillo, en la misma postura de siempre, boca arriba, el teléfono en la mano.
Hizo el recorrido de siempre. Las stories del evento iban bien, mejor que bien.
La foto de la entrada que una cuenta de prensa había subido tenía ya miles de me gusta y los comentarios eran un río conocido, diosa, la mejor vestida, reina absoluta.
El reel programado para esa noche había salido a su hora y subía con la pendiente de costumbre.
Todo en orden. Todo subiendo. Respondió tres mensajes, dio like a algunas cosas, dejó el pulgar bajar por la pantalla un rato con esa atención que no es atención, la mirada blanda del final del día.
Abrió el correo casi sin decidirlo, por la misma costumbre que la hacía abrirlo todas las noches, porque entre las cosas que revisaba antes de dormir estaba la bandeja, donde llegaban las propuestas, los contratos, las cosas de Bruno, las cosas de la agencia.
Bajó por la lista con el pulgar. Newsletters que no leía.
Una propuesta de colaboración de una marca de infusiones. Algo de la gestoría.
Y entre todo eso, sin asunto llamativo, de un remitente que no reconoció, un correo que su pulgar abrió antes de que ella decidiera abrirlo, del modo en que el pulgar abre cosas al final del día.
Trabajo en la gestión de cuentas de una agencia con la que tienes contrato.
Prefiero no dar más detalles por ahora. Adjunto un archivo de análisis sobre el comportamiento del alcance en cuentas de tu nicho en Stratum.
Tu cuenta aparece en él bajo el código WL-MXA-01 — wellness, audiencia México-Argentina. Creo que debería llegarte.
Lo leyó una vez deprisa, como leía todo, y la primera reacción fue la que tenía catalogada para los mensajes raros: spam, alguien que quiere algo, un chalado de los que escriben a quien tiene seguidores.
El remitente era un nombre, Antonio Dorantes, que no le decía nada.
Una agencia con la que tienes contrato podía ser cualquiera; ella tenía contrato con muchas cosas que Rodrigo gestionaba y que ella no veía.
Prefiero no dar más detalles sonaba a las cosas que escribe la gente que no tiene nada. El instinto fue cerrar.
Pero lo leyó otra vez, más despacio, y la segunda vez se detuvo en dos sitios.
Se detuvo en wellness, audiencia México-Argentina, porque eso era ella, eso era exactamente ella, descrita con una precisión que no tenía un chalado, descrita como se describe a alguien que sabe lo que eres en una hoja.
Y se detuvo en el código, WL-MXA-01, que no significaba nada y que justo por no significar nada tenía la textura de las cosas reales, de los códigos que la gente usa de verdad en sus sistemas, no los que se inventa alguien para impresionar.
Tocó el adjunto.