Capítulo 5 — Vernissage
El evento era en un palacete de la calle Fortuny, en el barrio de las Embajadas, que una marca francesa de cosméticos había vaciado de todo lo que tuviera dentro para llenarlo de sí misma.
Naia lo supo antes de entrar, desde el coche, porque la acera tenía la calidad de las aceras que esa noche importan: una alfombra que no era roja sino de un beige hueso que la marca había decidido que era más caro que el rojo, dos filas de gente del equipo con auriculares y tablets, y al fondo, contra la fachada iluminada de abajo hacia arriba, el muro de logos donde los fotógrafos esperaban con las cámaras colgando como animales en reposo.
Bruno bajó primero y le tendió la mano por costumbre, no porque ella la necesitara.
Naia salió del coche con el movimiento que tenía ensayado sin haberlo ensayado nunca, el que distribuía el peso para que la pierna saliera primero y el cuerpo después, y en el medio segundo que tardó en incorporarse las cámaras decidieron quién era. Lo decidieron rápido.
Empezaron antes de que ella estuviera del todo de pie, y el sonido de los disparos —porque era un sonido, una crepitación seca y múltiple, como de algo friéndose— subió de volumen cuando la reconocieron, y Naia caminó hacia el muro de logos en esa crepitación sabiendo, sin mirar a nadie, que el volumen del sonido era la medida exacta de su lugar en la noche.
Se colocó frente al muro. Sabía dónde poner los pies sin que se lo dijeran, sabía girar el torso tres cuartos hacia la luz, sabía dejar caer el brazo de modo que la mano no pareciera tensa, sabía la sonrisa que no era sonrisa completa.
Una mujer del equipo de la marca le dijo al oído, con acento francés, que estaba magnifique, y Naia le agradeció con un gesto que también tenía ensayado.
Los fotógrafos le gritaban el nombre. Le gritaban Naia, Naia, aquí, y ella movía la cara de un grito al otro dándole a cada cámara dos segundos, repartiéndose con una equidad que había aprendido sin que nadie se la enseñara, porque dejar a un fotógrafo sin su foto era hacer un enemigo pequeño y los enemigos pequeños se sumaban.
Entró. El interior del palacete lo habían forrado de una luz que no tenía origen visible, una luz que salía de las paredes y del techo y del suelo y que estaba calculada para que ninguna cara tuviera sombra debajo de los ojos.
La música no era música para escuchar; era una frecuencia grave, continua, que se sentía en el esternón y que tenía la función de impedir el silencio sin pedir atención.
Había camareros con bandejas de algo dorado en copas finas que aparecían al lado de Naia en el momento exacto en que su mano quedaba libre, de modo que ella nunca pidió nada y nunca le faltó nada, y esa coreografía invisible de la abundancia era una de las cosas que distinguían un evento de otro evento.
La sala estaba llena y Naia leyó la sala en los primeros diez segundos sin proponérselo.
Había una actriz de una serie que se veía en toda Latinoamérica, rodeada de un semicírculo de gente que le reía las frases antes de que terminaran.
Había un cantante —de los de verdad, de los que llenan estadios— en una esquina con gafas de sol en interior, protegido por dos personas cuya única función era ser el espacio entre él y los demás.
Había influencers de belleza con la piel imposible, de ese acabado que solo existe bajo esa luz y en las pantallas, e influencers de moda más delgados y más quietos, que se movían poco porque moverse poco comunicaba que no necesitaban nada.
Había prensa con acreditación colgada del cuello y una expresión de cansancio que los de la prensa llevaban como un uniforme.
Y había, circulando entre todos, un tipo de persona que Naia reconocía sin poder nombrar su cargo: gente que no era famosa pero que decidía cosas, que saludaba a los famosos con la confianza del que les firma los cheques.
Naia entró en la sala y la sala le abrió un canal.
No fue una cosa que ella hiciera; fue una cosa que le pasó.
La gente que estaba en su trayectoria se corría medio paso, las cabezas giraban en una secuencia que avanzaba con ella como la estela avanza con el barco, y dos personas que ella no recordaba haber visto nunca le dijeron me encanta lo que haces con una calidez instantánea que se encendía y se apagaba como una bombilla.
Una directora de algo le puso una tarjeta en la mano.
Un chico le pidió una foto y ella se la concedió, brazo extendido, mejilla contra mejilla, la sonrisa puesta y quitada en el tiempo que tarda el flash.
Bruno se había quedado tres pasos atrás, en el lugar desde el que se ve sin estorbar, y desde ahí vigilaba el teléfono
y vigilaba a Naia con la misma atención, sin que ella tuviera que pedírselo.
Le presentaron a la directora general de la marca para España, una mujer de unos sesenta años con un traje que no tenía una sola arruga y una manera de dar la mano que duraba lo justo.
Le dijo, en un español preciso de extranjera que ha vivido aquí mucho tiempo, que admiraba la autenticidad de Naia, que en un mundo de filtros ella representaba algo real, y que por eso la marca había querido tenerla esa noche.
Naia recibió la palabra real sin oírla, del mismo modo que no oía el ruido del frigorífico, y agradeció, y dijo algo sobre lo mucho que le gustaban los valores de la marca, una frase que servía para cualquier marca y que por eso siempre era verdad.
La directora general asintió como si Naia hubiera dicho algo y se la llevó del codo a presentarle a alguien más.
Estaba donde debía estar. Lo sentía en el cuerpo, en una zona que no era el pecho sino más abajo, un asentamiento, una confirmación física de que el sitio en el que estaba parada era el sitio correcto y que ella lo había construido paso a paso sin saltarse nada.
La crepitación de los flashes seguía oyéndose en la entrada cada vez que llegaba alguien, y cada vez que la oía Naia hacía, sin darse cuenta, un cálculo mínimo: si subía o bajaba de volumen, y respecto al volumen que había hecho ella al entrar.
Casi siempre era menor. Eso también era una forma de estar tranquila.
Fue hacia el final de la primera hora, cuando ya había hecho las fotos que tenía que hacer y había saludado a la gente que tenía que saludar y se había permitido por fin quedarse quieta un momento cerca de una de las columnas con una copa que no pensaba beber, cuando vio a Gabriela Nox.
La vio del modo en que se ve a alguien a quien el cuerpo reconoce antes que la cabeza: primero fue una incomodidad sin causa, una corriente que le cruzó la espalda, y solo después la cara puso el nombre.
Gabriela Nox había sido, cinco o seis años atrás, antes de que Naia fuera alguien, una de las creadoras grandes del mundo hispano del fitness y el bienestar, de las primeras en hacer de un cuerpo y una rutina una marca con nombre propio; había tenido portadas, líneas de ropa, un libro, un público que la defendía con la misma fe con que ahora defendían a Naia; y había ido perdiendo todo eso no de golpe sino por desgaste, en una serie de colaboraciones que se rompieron mal,
de socias que dejaron de hablarle, de un público que se fue a otra parte sin avisar, hasta quedar en lo que era ahora, que era alguien a quien todavía invitaban a estos eventos por lo que había sido y no por lo que era, en la fila de las que entran sin que suba el volumen de los flashes.
Naia sabía todo eso. Sabía también, porque el mundo era pequeño y tenía memoria, que años atrás Gabriela Nox había dicho de ella, cuando Naia empezaba, algo despectivo sobre las nuevas que copiaban sin crear, una frase que le habían repetido y que Naia no había olvidado aunque fingía haberla olvidado.
Gabriela Nox la vio a ella en el mismo momento, y ya no había forma de que ninguna de las dos pretendiera no haberse visto.
Se acercó. Llevaba un vestido de un verde profundo, cuidado, caro, y una sonrisa que se montó en la cara como se monta un decorado, completa y sostenida, demasiado pronto para la distancia que aún las separaba.
—Naia —dijo, y abrió los brazos antes de llegar—. Naia, Naia. Dios mío. Mírate.
Se abrazaron. Fue un abrazo de evento, el que apoya las manos en los omóplatos sin presionar y separa las caras para que el maquillaje no se transfiera.
Gabriela olía a un perfume denso. Cuando se separaron le sujetó a Naia los dos brazos por encima de los codos y la miró de arriba abajo con una admiración que vibraba en una frecuencia un grado por encima de lo creíble.
—Estás en otro nivel —dijo—. En serio. Te veo y digo, qué energía. Se te nota. Eso no se finge, esa energía no se finge.
—Gracias, Gaby —dijo Naia—. Tú estás guapísima.
—Ay, yo. —Gabriela hizo un gesto con la mano, espantando un elogio que claramente quería—.
Yo estoy en mi momento de soltar, ¿sabes?
De soltar y de agradecer. He aprendido tanto.
He aprendido tantísimo. —Se rió de algo que no había dicho—.
Cosas que ojalá me hubieran dicho a mí cuando estaba donde estás tú.
Naia sonrió con la parte de la cara que sonríe sola. Conocía esa apertura. Era la apertura de las que querían contarte su declive como si fuera sabiduría, y ella había aprendido a recibirla sin darle cuerda, con una amabilidad lisa por la que las frases resbalaban sin agarrarse a nada.
—Seguro que sí —dijo.
—Te lo digo de corazón. —Gabriela bajó la voz, se acercó, y el gesto de acercarse le cambió algo en la cara, le quitó un poco del barniz, dejó ver por un segundo otra cosa debajo—. Disfrútalo todo. Todo. Pero cuídate la energía, Naia. Cuídatela mucho.
Porque esto —y movió la copa abarcando la sala, los flashes, la luz sin sombra, todo— esto te quiere mientras le sirves. Y un día deja de quererte y no te avisa. No hay una carta. No hay nada. Simplemente un día miras y ya no estás, y nadie te dijo cuándo pasó.