Capítulo 4 — Retención #3
La imagen duró un momento antes de desinflarse.
Había algo en ella que no funcionaba y tardó menos de un minuto en encontrar qué: si las contactaba a todas, o a varias, el archivo se diluía.
Era información que valía en la medida en que era escasa.
Distribuirla era reducirla. Y además estaba el otro problema, el problema más práctico: si lo contactaban luego preguntando qué habían hecho con la información, o si la información terminaba en algún lugar donde se pudiera rastrear, el origen volvería a él, y él no tenía cobertura, no tenía a nadie que lo respaldara en la agencia, no tenía a Marcos con el pádel ni a Lucía con sus cuatro años de confianza acumulada de un modo que sí había sido visto.
Se levantó. Fue al baño. Se miró en el espejo con la atención breve de quien confirma algo que ya sabe: se acomodó el cuello de la camisa, se pasó una mano por el pelo, y asintió, apenas, con la cabeza.
Un gesto tan pequeño que no habría podido describirse si alguien lo hubiera visto, que nadie lo vio. Volvió al escritorio.
Naia Soler tenía dos millones ochocientos y pico de seguidores. Había estado en México la semana anterior, había llenado un estudio en Polanco, había tenido miles de personas en la transmisión.
Era, de las cuentas del grupo, la más visible, la que más daño haría si la información llegara en el momento equivocado, la que más beneficio podría generar si llegaba en el momento correcto.
Toño Dorantes lo había pensado primero en esos términos —daño, beneficio— y después se había detenido en el segundo término, que era el que más le interesaba.
No la conocía en persona. La había visto en las reuniones de coordinación como nombre en una ficha, como cifra en una columna, como parte de la cartera que Rodrigo Prats administraba directamente y de la que Toño Dorantes era, en la práctica, el que resolvía los detalles logísticos que Rodrigo Prats consideraba por debajo de su atención.
Había mandado correos en nombre de la agencia que llegaban a la cuenta de Bruno, el mánager de contenido, porque el contacto directo con Naia Soler pasaba por Rodrigo Prats y por nadie más.
Eso también era una forma de invisibilidad: que el trabajo llegara a ella filtrado por encima, sin nombre propio.
Si le mandaba el archivo a ella directamente, pasaba varias cosas.
La primera: Rodrigo Prats no lo sabría, al menos no de inmediato, porque la cadena era directa, sin intermediarios de la agencia en el medio.
La segunda: Naia Soler recibiría información sobre su propia cuenta de alguien que trabajaba en la agencia que la gestionaba, lo cual era irregular y Toño Dorantes lo sabía, pero irregular no era ilegal y la distinción le parecía relevante.
La tercera, que era la que le daba más vueltas: si Naia Soler hacía algo con la información —si la usaba, si la difundía, si la convertía en algo— habría un hilo.
Un hilo que llegaba hasta él. Y un hilo que llegaba hasta él era una forma de existir en la cadena de algo que importaba, de no ser solo el hombre del deck del jueves, de tener palanca en una situación que por primera vez desde hacía cuatro años tenía palanca.
No era justicia. Toño Dorantes no pensaba que fuera justicia.
Si hubiera pensado que era justicia lo habría descartado porque la justicia era un argumento que usaban los que no tenían otro argumento, y él tenía uno mejor: la conveniencia.
Era conveniente para él que Naia Soler tuviera el archivo.
Era conveniente de un modo que no se podía decir en voz alta pero que era real, más real que cualquier obligación ética que alguien pudiera invocarle, porque las obligaciones éticas las invocaban los que tenían seguridad y él llevaba cuatro años sin que nadie le garantizara nada.
Abrió el canal aparte. Hernaldo Díez no estaba en línea, como casi nunca estaba en línea,
porque Hernaldo Díez era del tipo de persona que revisaba las cosas en sus propios horarios y no respondía por estar disponible sino por tener algo que decir. Toño Dorantes le escribió: Recibido. Entendido. ¿Puedo contactar directamente a las cuentas?
Esperó veinte minutos. Hernaldo Díez respondió con tres palabras: Eso es tuyo.
Tres palabras que no decían que sí y no decían que no y que, en la lógica de Hernaldo Díez que Toño Dorantes había empezado a descifrar, significaban que la decisión era efectivamente suya y que Hernaldo Díez no iba a darle cobertura ni iba a negársela, que era la respuesta de alguien que había puesto una pieza en el tablero y ahora esperaba a ver qué hacía la pieza con su propia libertad.
Toño Dorantes cerró el canal. Abrió la ficha de Naia Soler en el sistema interno de la agencia.
La ficha tenía el contacto de Bruno, el mánager.
Tenía también, más abajo, en un campo que se llenaba para emergencias de gestión, un número de teléfono directo.
Rodrigo Prats había dicho una vez, en una reunión de equipo, que ese número no era para usar salvo que él lo autorizara.
Lo había dicho de pasada, sin énfasis, como se dice una norma que es obvia.
Toño Dorantes lo recordaba con la precisión con que recordaba todo lo que Rodrigo Prats decía de pasada, que era la precisión del que escucha con más cuidado que los demás porque los demás pueden permitirse escuchar a medias.
Abrió una cuenta de correo que no era la de la agencia.
Era una cuenta que había creado meses atrás para cosas que no quería en los servidores de la agencia, cosas de gestión personal, comunicaciones que prefería mantener separadas.
No era una cuenta anónima —tenía su nombre, o casi: Antonio Dorantes, con el nombre completo porque el nombre completo sonaba a algo más oficial que Toño, y Toño era el nombre que le decían los compañeros y Antonio era el nombre que aparecía en los contratos.
Desde esa cuenta le escribió a Naia Soler.
El mensaje tardó en salir. No por problemas técnicos.
Por Toño Dorantes, que lo escribió y lo reescribió cuatro veces buscando el tono que no fuera ni demasiado urgente —urgente olía a trampa— ni demasiado frío —frío no abría puertas—.
El tono que quería era el de alguien que tiene información relevante y la comparte porque considera que quien la recibe debería tenerla.
No el tono de la denuncia, que implicaba heroísmo, y Toño Dorantes no era un héroe.
El tono del que sabe algo y lo dice. El tono del que pone una pieza y espera.
La versión final decía:
Trabajo en la gestión de cuentas de una agencia con la que tienes contrato.
Prefiero no dar más detalles por ahora. Adjunto un archivo de análisis sobre el comportamiento del alcance en cuentas de tu nicho en Stratum.
Tu cuenta aparece en él bajo el código WL-MXA-01 — wellness, audiencia México-Argentina. Creo que debería llegarte.
Adjuntó el archivo. Pulsó enviar. Cerró el correo.
Se quedó un momento con las manos sobre el teclado sin escribir nada. Afuera, en la planta, Marcos hablaba por teléfono con alguien con la voz de quien habla para que lo oigan. La máquina de café de la cocina hizo un ruido. El aire acondicionado arrancó con un pitido corto.
Toño Dorantes abrió el documento del deck del jueves y empezó con la parte de métricas del Q3.
A las seis y media de la tarde, cuando ya quedaban pocos en la planta, Rodrigo Prats salió de su despacho con la chaqueta en el brazo y se detuvo un segundo en el centro del espacio abierto con la postura del que tiene prisa pero no la muestra.
Miró el equipo que quedaba —tres personas, Lucía, el chico nuevo Nico, y Toño Dorantes— con la expresión de quien confirma que todo está en su sitio.
—¿Cómo vamos con el deck? —dijo, sin dirigírselo a nadie en particular, que era también una técnica: la pregunta sin destinatario obligaba a todo el mundo a responder o a callarse, y quién respondía y quién se callaba decía algo.
—Bien —dijo Lucía.
—Bien —dijo Toño Dorantes.
Rodrigo Prats asintió con la cabeza y siguió hacia la salida. Desde la puerta dijo, sin girar del todo: —El jueves quiero que esté perfecto. Tenemos a la marca grande mirando.
La puerta se cerró. Lucía siguió con lo suyo. El chico nuevo tecleó algo. Toño Dorantes miró la pantalla.
Marca grande mirando.
Marcos iba a encabezar la presentación. Lucía iba a estar en la segunda diapositiva. Toño Dorantes había hecho las métricas del Q3 y su nombre no iba a estar en ninguna diapositiva porque las métricas del Q3 no tenían autor, eran solo datos, y los datos no necesitan nombre.
Cerró el documento. Apagó el monitor. Recogió la mochila.
Fue el último en salir, como siempre.
En el ascensor, solo, con la mochila en el hombro y el abrigo doblado en el brazo, Toño Dorantes pensó en el correo que había mandado esa tarde.
Pensó en que Naia Soler probablemente no lo abriría esta noche.
Pensó en que si lo abría, y si lo leía, y si lo entendía, habría algo al otro lado de ese correo que podría llegar a ser, en algún momento, alguna cosa.
No sabía qué cosa. Eso dependía de lo que ella hiciera. Eso ya no era asunto de él.
Toño Dorantes salió a la calle. La tarde tenía ese aire de Madrid entre el trabajo y la noche, la hora en que la ciudad cambia de turno, los que salen y los que entran y el metro lleno de gente que no se mira.
Caminó hacia la boca del metro con las manos en los bolsillos, a la misma velocidad de siempre.
Nadie lo vio salir.