Cero Orgánico Capítulo 3 — Feed #3
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Capítulo 3 — Feed #3

—¿Y las de la lista de espera? —preguntó Naia.

—Las mandamos a la transmisión en vivo.

—¿Cuántas se conectaron?

Valentina consultó el teléfono.

—Cuatro mil doscientas en pico.

Naia hizo el cálculo sin hacer el cálculo: ciento veinte en sala, cuatro mil doscientas online, más las que lo verían después en diferido, más las historias de las que habían estado.

Una hora en un estudio de Polanco con capacidad para ciento veinte personas había llegado en tiempo real a cuatro mil.

El cuerpo en la sala y la imagen en la pantalla eran dos cosas distintas pero para el sistema eran lo mismo, o mejor, para el sistema la imagen en la pantalla era lo que importaba porque era lo que se podía medir, escalar, distribuir, administrar.

Valentina dijo que querían repetir en el trimestre siguiente. Dijo que pensaban en Buenos Aires y en Bogotá. Dijo que Naia era una de las pocas creadoras del nicho con tracción real en toda la región.

—Tracción real —repitió Naia, en voz baja, probando la frase.

—La gente viaja para verte. Eso no es métricas. Es otra cosa.

Era otra cosa. Naia lo sabía. La mujer de Monterrey era otra cosa.

Las ochenta de la lista de espera eran otra cosa.

El silencio después de que ella habló en la clase era otra cosa.

Y al mismo tiempo todo eso se convertía, inevitablemente, en contenido, en tracción, en alcance estimado, en activo, en la misma frase de Valentina pero dicha en la reunión con los anunciantes, y la cadena entre el silencio real y el número en una presentación era tan corta y tan natural que ya no tenía juntura visible.

Pidió ella misma. Eligió sin que nadie eligiera por ella y se dio cuenta de que lo notaba porque en Madrid Rodrigo siempre pedía primero. Lo pensó un segundo y lo soltó.

De postre, uno de los coordinadores de la marca sacó una bolsa y le entregó un kit de la línea nueva: los sobres de batido en sus colores pastel, el colágeno en un tarro blanco, el preworkout.

Le explicó los sabores, los nombres, la narrativa de cada producto.

El batido sustitutivo venía en cuatro sabores y cada uno tenía un nombre que era también una promesa: Claridad, Calma, Energía, Enfoque. Naia los puso en fila sobre la mesa.

Eran bonitos. El diseño era muy bueno, limpio, con tipografía sin serif y una paleta que cabía perfectamente en cualquier flat lay de bienestar, sobre mármol blanco o sobre madera clara, con una mano que los sostuviera o solos contra una ventana con luz natural.

—¿Cuál te gusta más? —dijo el coordinador.

Naia los miró. Levantó el de Claridad.

—Este —dijo—. Porque es lo que busca la gente cuando viene a una clase.

Todo el mundo en la mesa asintió. Era una respuesta muy buena, el tipo de respuesta que convierte un producto en argumento, y Naia lo sabía porque llevaba años perfeccionando ese tipo de respuesta, y nadie en la mesa —ni ella— notó que acababa de convertir la palabra claridad, que era lo que ella misma había buscado a los dieciocho años en una unidad de tratamiento con cuaderno y bolígrafo y voz temblorosa, en el nombre de un batido sustitutivo de comida en un sobre color lavanda.

De vuelta en el hotel, Bruno le mandó el resumen del día por mensaje: las cifras de la transmisión, el conteo de publicaciones con el hashtag, la cantidad de etiquetas en las stories de las asistentes.

Naia leyó los números tumbada en la cama, en la misma postura en que había llegado la noche anterior, y los números eran buenos, eran muy buenos, eran exactamente los que la marca quería y los que Rodrigo iba a revisar mañana con satisfacción pausada, la satisfacción de quien no se sorprende porque ya lo sabía.

Le llegó un mensaje de Rodrigo a las once de la noche.

Decía: Vi los números. Exactamente lo que dijimos. Bien hecho.

Nada más. Sin signos de exclamación, sin emojis, sin la calidez que a veces ponía en los mensajes.

Solo el hecho y la aprobación del hecho.

Naia lo leyó y sintió algo que reconoció como satisfacción y que también era alivio, y no separó las dos cosas porque separarlas habría requerido preguntarse de qué se había aliviado, y no había nada de qué aliviarse, todo había ido bien, todo iba a seguir yendo bien, los números eran los números y ella había hecho su trabajo.

Respondió: Gracias.

Rodrigo no contestó. La conversación quedó en la pantalla, quieta, el visto del mensaje, y Naia apagó el teléfono y cerró los ojos y lo último que pensó, o casi lo último, fue en la mujer de Monterrey en la segunda fila, el pelo recogido igual que el suyo, la cara concentrada durante los cuatro minutos del bloque más duro, y en que eso —eso— era real.

Durmió bien. La habitación era silenciosa.

Afuera, en la ciudad, cuatro mil doscientas grabaciones seguían acumulando tiempo de visualización en los servidores de Stratum, y el sistema procesaba el peso de cada una y decidía, sin que nadie se lo pidiera, cuánto de eso iba a ver alguien mañana.

La decisión ya estaba tomada. Naia no lo sabía.