Capítulo 3 — Feed #2
—Perdona que te interrumpa —dijo, en un español de México perfectamente modulado, sin disculpa real en la voz porque no creía que fuera una interrupción—. Te sigo desde hace como tres años. Desde que empezaste con el contenido de recuperación.
—Gracias —dijo Naia.
—Vengo mañana a la clase. —Una pausa—. Vine desde Monterrey.
Naia la miró. La mujer lo decía sin drama, como un dato, pero el dato pesaba: Monterrey estaba a hora y media en avión o a nueve horas de carretera, y esta mujer había hecho ese trayecto para estar en una sala con ella durante una hora.
—Qué bonito —dijo Naia, y lo decía en serio, y la mujer lo supo y asintió y se volvió a poner los lentes, y se fueron cada una por su lado, y Naia siguió grabando, y doscientos metros más adelante le dijo al teléfono acaba de pasarme algo muy bonito, una seguidora de Monterrey, esto es lo que hace que todo valga la pena, y lo decía en serio, completamente en serio, sin notar que el momento privado había durado unos segundos y el momento público iba a durar para siempre y que la proporción entre los dos era también una forma de vivir que ya no sabía que había elegido.
La clase era al día siguiente, a las diez de la mañana, en un estudio de Polanco que la marca había alquilado para la ocasión.
No era el estudio de siempre — era más grande, con paredes de espejos que llegaban hasta el techo, un sistema de sonido que Naia sintió en el pecho cuando lo habían encendido esa mañana antes de que llegaran las asistentes, una entrada con flores naturales y un banner de la marca que alguien había cuidado que no fuera demasiado visible pero que apareciera en todas las fotos de todos modos.
Naia llegó cuarenta minutos antes. Le gustaba llegar antes, calibrar el espacio, ver cómo entraba la luz, ponerse en el centro y mirar desde ahí hacia donde iba a estar la gente.
Era un ritual que nunca había descrito en contenido porque era demasiado real, demasiado técnico, demasiado parecido a lo que hace un actor antes de subir al escenario, y reconocerlo como eso habría complicado algo que prefería no complicar.
El espejo le devolvió su imagen: el conjunto de la marca, negro con una franja blanca en la cintura, las zapatillas nuevas que todavía no eran de ningún patrocinador pero que en unos meses iban a serlo porque así funcionaba, el pelo recogido en alto con un par de mechones sueltos, sin diadema, porque la diadema hacía pensar en gimnasia deportiva y lo que ella hacía no era eso, era otra cosa, era movimiento consciente, era conexión cuerpo-mente, era —y esto lo pensó literalmente, sin distancia— una manera de estar en el mundo.
Bruno le dijo que iban a abrir las puertas en diez minutos.
Cuando abrieron, las mujeres entraron en dos filas porque alguien de la marca había puesto cuerdas de separación y un sistema de registro con QR, y Naia estuvo en la entrada los primeros minutos saludando, abrazando, tomando fotos,
y lo que vio fue lo siguiente: mujeres entre veinticinco y cuarenta, bien vestidas incluso en ropa deportiva porque la ropa deportiva de marca comunica algo, la mayoría con el teléfono en la mano aunque el cartel decía que durante la clase no se grababa —era una de las condiciones que Naia había puesto, que la clase fuera la clase y no una sesión de contenido colectivo—, venidas de lugares distintos según lo que ellas mismas le decían: de San Pedro Garza García, de Zapopan, de Guadalajara, de colonias de la propia ciudad.
Algunas se conocían entre ellas. Habían coordinado el viaje en grupos de WhatsApp que Naia no sabía que existían, en los que las mujeres habían organizado hoteles y actividades en torno a una hora de clase con ella. Le parecía descomunal.
Se lo parecía de verdad, sin performance: que lo que hacía desde la pantalla de su piso de Malasaña tuviera consecuencias logísticas en la vida de personas reales le producía un vértigo pequeño y placentero que eligió llamar responsabilidad.
La mujer de Monterrey estaba en la segunda fila, sin lentes esta vez, con el pelo recogido igual que Naia. Las dos lo notaron. Ninguna lo dijo.
La clase duró sesenta y cinco minutos.
Naia la construía siempre con la misma estructura, que había refinado durante años y que en los primeros tiempos había tenido que pensar y que ahora era reflejo: calentamiento de ocho minutos que empezaba lento para que el grupo se ajustara y terminaba con el pulso ya arriba, bloques de cuatro minutos de trabajo con un minuto de pausa activa, sesenta segundos de respiración al final.
Lo que había entre eso era lo que ella no habría sabido transcribir: una calibración constante del grupo, ver quién estaba rezagada y cuánto, ajustar el ritmo sin decirlo, dar indicaciones que sonaban a motivación y eran técnica.
Hablar todo el tiempo, porque el silencio del instructor era abandono, pero hablar de un modo que no agotara la atención.
Hacer que la hora no pareciera una hora.
—Dos más —decía—. Si ya no puedes, una. Si no puedes una, quédate donde estás y respira. Tu cuerpo sabe lo que necesita.
Lo decía siempre. Lo había dicho la primera vez de verdad, en una clase de veinte personas en un estudio pequeño de Madrid, cuando todavía no tenía treinta mil seguidores y no sabía que iba a tenerlos, y lo había dicho porque era lo que creía, y siguió diciéndolo porque funcionaba, y ahora ya no sabía si lo creía o lo decía porque funcionaba, y la respuesta habitual a esa pregunta era que eran lo mismo, y la respuesta habitual era suficiente.
En los espejos veía ciento veinte cuerpos moviéndose al mismo ritmo.
Mujeres que no se conocían entre ellas haciendo el mismo ejercicio en el mismo segundo.
Había algo que a Naia le parecía hermoso en eso, genuinamente hermoso, la coreografía involuntaria de gente que había elegido el mismo objetivo sin ponerse de acuerdo, y también había algo que no examinó: que lo que la unía a esas ciento veinte personas era ella misma, que era el centro de gravedad de toda esa energía, que todas miraban hacia donde miraba ella y se movían cuando ella se movía y paraban cuando ella paraba, y que eso era un poder enorme que ella experimentaba como servicio.
En el bloque final, cuando el ritmo bajó y las mujeres estaban en el suelo en postura de descanso y la música se volvió más lenta, Naia habló.
No era parte del guion porque no había guion, pero había un patrón, y el patrón decía que en ese momento se decía algo real.
Lo que se decía variaba. Esa mañana dijo:
—Vine aquí desde Madrid porque ustedes están aquí. Eso no es retórica. Eso es verdad. Y cuando digo que lo que hago tiene sentido, lo que tengo en la cabeza es esto: una sala llena de gente que eligió moverse. Que eligió estar acá en vez de otro lado. Eso es suficiente para mí.
Hubo un silencio después, el tipo de silencio que en una sala grande es también un sonido, y luego alguien aplaudió y las demás siguieron y Naia se quedó quieta un segundo antes de sonreír, y la sonrisa era la correcta, la que no llega rápido, la que parece llegar sola, la que el sistema de análisis de expresión facial de la plataforma, si hubiera estado mirando, habría clasificado como máxima retención emocional.
No había sistema de análisis mirando. O sí había, en todos los teléfonos de todas las mujeres que no habían podido evitar sacar el teléfono al final, grabando los últimos treinta segundos a pesar del cartel, grabando a Naia quieta y sonriendo en el centro de la sala, y esas grabaciones iban a subir esa tarde a cuentas personales con etiquetas que mencionaban a Naia y a la marca, y el sistema de la plataforma iba a procesar ese contenido generado por otras personas y a pesar de eso o gracias a eso, distribuirlo o no distribuirlo según criterios que ninguna de las personas en esa sala conocía, ni Naia ni las ciento veinte mujeres ni Bruno ni Valentina ni Mateo, que estaba en un rincón fotografiando la ovación.
La comida fue en un restaurante de cocina de autor en Nuevo Polanco, una mesa larga con el equipo regional de la marca, doce personas, y Naia en el centro no porque la hubieran puesto ahí sino porque la conversación gravitaba hacia donde ella estaba.
Valentina se sentó a su derecha. Le habló de los números de la clase: el hashtag había tenido cierta cantidad de publicaciones en las primeras dos horas, el reach estimado era un número que sonaba a mucho, el contenido generado por usuarias iba a seguir sumando durante días.