Capítulo 3 — Feed
El vuelo de noche llegó puntual y el aeropuerto a esa hora tenía la calidad de un sueño limpio: luz blanca, pasillos vacíos, el sonido de las maletas como algo lejano.
Naia había dormido tres horas con el cuello torcido contra la ventanilla y se había despertado con la cara marcada por el plástico del asiento, y lo primero que había hecho, antes de quitarse los audífonos, era abrir la aplicación para ver si el reel de glúteos seguía subiendo.
Seguía. Un millón seiscientas. Le pareció la noticia más normal del mundo y también, en algún lugar que no examinó, lo más hermoso.
Bruno la esperaba con el equipaje en la cinta.
Él había llegado en otro vuelo, más temprano, para tener todo listo, y llevaba ese cargo con la naturalidad de quien ha encontrado, sin buscarlo del todo, el trabajo que lo define.
Le entregó el teléfono ya desbloqueado con la dirección del hotel y le dijo que el chofer los esperaba y que la marca había confirmado el horario de la sesión de fotos para el día siguiente y que la clase estaba sold out desde hacía una semana.
—¿Cuántas? —dijo Naia.
—Ciento veinte inscritas. Y una lista de espera de ochenta y tantas.
Naia no dijo nada. Salieron al aire de la madrugada que olía a ozono y a algo que no era Madrid ni era nada que ella supiera nombrar todavía, y el coche negro esperaba con las luces bajas y el chofer de pie junto a la puerta abierta, y cuando se sentó en el asiento trasero, ancho y frío, sintió que el viaje empezaba de verdad. No el viaje en avión. El otro.
Pasaron por Reforma a las dos y pico de la mañana y el bulevar estaba encendido, los rascacielos con sus luces de oficina vacías, los árboles recortados en el camellón, algún coche rápido.
Naia lo miraba desde la ventanilla con los ojos a medio abrir y pensaba, sin palabras, en la cifra de mujeres inscritas que no habían podido entrar.
Ochenta. Lista de espera. Había venido desde Madrid para dar una clase y había ochenta personas que no iban a poder estar y eso la hacía sentir algo que tampoco sabía nombrar exactamente pero que reconocía: era la sensación de ser grande.
No arrogancia. Otra cosa. La sensación de que lo que hacía importaba de un modo que se medía en cuerpos en una sala.
El hotel era de esos que no se anuncian.
Fachada de piedra volcánica en una calle de Polanco, sin letrero que no fuera una placa pequeña, de metal mate, con el nombre en relieve.
La recepción olía a algo cítrico y a madera, y la chica detrás del mostrador la reconoció y no lo mostró, que era exactamente el nivel de discreción correcto.
Le dijo bienvenida con una sonrisa profesional y le entregó la llave sin hacer el gesto que habría hecho en otro hotel, el gesto de quien quiere una foto.
Naia lo notó y le gustó. Era el tipo de lugar donde la gente que importaba no pedía fotos porque ellos también importaban.
La habitación tenía una ventana que daba a un jardín interior.
Cortinas de lino, una cama alta, luz cálida indirecta.
Naia dejó la maleta sin abrirla, se lavó los dientes, se quitó los zapatos y se metió en la cama con el teléfono.
Contestó cuatro mensajes de buenas noches a su audiencia de España que ya era de mañana.
Publicó una story desde el avión que tenía guardada, pensada para las dos de la mañana hora de México, que era las nueve de la mañana en Madrid, que era cuando sus seguidores españoles desayunaban y miraban el teléfono.
La story mostraba solo un emoji de avión y nada más, ningún texto, y en cuatro minutos tenía tres mil visualizaciones.
Se durmió con el teléfono en la mano y el brillo bajado al mínimo y los números subiendo solos en la oscuridad.
La marca había reservado el roof del hotel para el desayuno de trabajo.
Llegaron tres personas: una directora de marketing que se llamaba Valentina, que tenía el pelo cortado en un bob oscuro y hablaba con una precisión que Naia asoció inmediatamente con alguien que sabe exactamente cuánto tiempo tiene y no piensa desperdiciarlo; una coordinadora de proyectos que tomaba notas en una tablet sin levantar la vista; y un fotógrafo que no habló casi nada y que se pasó la reunión mirando la luz del cielo con la expresión de alguien que está calculando algo.
El desayuno que habían pedido para ella era el mismo que ella publicaba: fruta roja, avena, café americano. Naia lo vio llegar y tuvo un segundo de algo cómico que no nombró —la sensación de que le habían construido una escenografía de sí misma—
y lo comió sin fotografiarlo porque no todo tenía que fotografiarse, o porque fotografiarlo ahí, con el equipo de la marca mirando, habría roto algo.
Valentina le presentó el plan del día: sesión de fotos al mediodía en una terraza de la Condesa que ya habían reservado para la sesión, después tiempo libre, al día siguiente la clase abierta por la mañana y una comida con el equipo regional por la tarde.
Hablaba de la clase abierta como de un activo.
Dijo exactamente eso, activo, y lo dijo con naturalidad, sin notar —o sin importarle— que estaba hablando de ciento veinte mujeres como si fueran una palanca.
Naia tampoco lo notó. Lo escuchó como escuchaba todo lo que sonaba a plan: con atención práctica, buscando lo que tenía que hacer ella.
—Queremos que la clase sea una experiencia —dijo Valentina—. No solo entrenamiento. Que salgan sintiéndose parte de algo.
—Siempre es así —dijo Naia.
—Lo sé. Por eso eres tú. —Valentina hizo una pausa de un segundo, el tipo de pausa que no es vacío sino énfasis—. Queremos además que integres la línea nueva. El batido y el colágeno. Natural, en contexto, no que suene a anuncio.
—Que suene a mí.
—Exacto.
Lo dijeron al mismo tiempo y se rieron, y Bruno apuntó algo y el fotógrafo siguió mirando el cielo, y Naia pensó que esta reunión era exactamente la clase de reunión que hace un año le habría parecido una prueba y que ahora era solo trabajo, trabajo que ella sabía hacer, y esa diferencia entre antes y ahora la llenó de una confianza tranquila, sin aspavientos, como quien comprueba que algo que antes costaba ya no cuesta.
La terraza de la Condesa tenía una buganvilia enorme que trepaba por una pared de ladrillo y daba, al fondo, a una copa de jacaranda que ese día no tenía flores pero cuyas ramas contra el cielo eran suficiente.
El fotógrafo, que se llamaba Mateo y resultó que hablaba mucho cuando tenía una cámara en las manos, le fue dando indicaciones que no eran indicaciones sino sugerencias de postura disfrazadas de conversación.
Le decía cosas como mira un segundo hacia allá, como si te hubieran llamado, y ella lo miraba, y él disparaba, y Naia entendió a los diez minutos que Mateo era muy bueno porque hacía que todo pareciera ocurrir solo.
La sesión duró dos horas. Naia se cambió tres veces: un conjunto de la marca en tono crema, después uno negro, después ropa de calle con el suplemento en la mano, el batido en sobre, el gesto de mezclar en un vaso que Valentina había llevado con el logo impreso en el vidrio.
El gesto de mezclar lo hicieron doce veces hasta que quedó uno en el que la luz entraba de costado y la mano de Naia parecía flotar sobre el vaso y la sonrisa era la correcta, la que no es sonrisa completa sino el segundo antes, la que el algoritmo prefería porque generaba más clics.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y las otras? —le dijo Mateo mientras cambiaban de ángulo.
—No —dijo Naia, aunque sospechaba la respuesta porque la había oído en versiones distintas muchas veces.
—Que tú nunca pareces estar posando. Incluso cuando posas. —Disparó—. Eso no se aprende.
Naia lo recibió y lo guardó. Era el tipo de elogio que venía de alguien que veía cuerpos a través de un objetivo todos los días y por lo tanto, cuando lo decía, era técnico además de halagador.
Lo guardó en el lugar donde guardaba las cosas que alimentaban la certeza de que lo que hacía tenía un fundamento real, no solo tracción de algoritmo.
No pensó que el algoritmo y el fundamento real podían ser la misma cosa vista desde dos lados y que ella solo veía uno.
Por la tarde Bruno le había dejado tiempo libre, que era una forma de decir tiempo para hacer contenido sin que pareciera trabajo.
Caminaron por Masaryk, compraron un café en un lugar con paredes de cemento y macetas colgantes y música que no molestaba, y Naia grabó mientras caminaba, el teléfono en la mano a la altura del pecho, la lente mirando hacia adelante, el tipo de grabación que se llama vlog y que tiene su propia gramática: el corte rápido, el comentario en voz baja como si se dijera solo para el teléfono aunque lo oyeran doscientas mil personas, la ciudad como decorado de fondo que ancla el contenido en un lugar sin que el contenido sea sobre el lugar.
Habló de Ciudad de México sin hablar de nada en particular.
Dijo me encanta esta ciudad con una entonación que era verdad y también era la entonación exacta que el contenido de viaje pedía.
Dijo la energía aquí es diferente, no sé explicarlo y era cierto que no lo sabía explicar y era cierto también que esa incapacidad de explicarlo era el formato perfecto para que cada seguidor llenara el hueco con su propia versión de lo que significaba.
En Monterrey significaba una cosa. En Guadalajara otra.
En Ciudad de México, donde muchas de sus seguidoras vivían y conocían cada calle, significaba que una creadora a quien seguían desde la pantalla estaba pisando el mismo asfalto, respirando el mismo aire, y eso hacía algo que no era exactamente orgullo pero se le parecía.
Una mujer la paró en Presidente Masaryk. Llevaba una bolsa de compras de un lugar caro y unos lentes oscuros que se subió a la cabeza cuando reconoció a Naia. Tenía unos treinta y cinco años, el pelo negro muy liso, la seguridad de alguien que conoce su propio espacio en el mundo.