Capítulo 4 — Retención
La agencia abría a las nueve y Toño Dorantes llegaba a las ocho y cuarto.
Siempre. Había llegado a las ocho y cuarto durante cuatro años, sin que nadie se lo pidiera y sin que nadie lo hubiera notado de un modo que importara.
La primera en llegar después de él era Patricia de administración, a las nueve menos diez, que lo saludaba con un hola distraído sin levantar la vista del teléfono, como se saluda a un mueble que siempre está en el mismo sitio.
Después llegaban los demás, en oleadas, con el ruido de las mochilas y el café de afuera en vasos con tapas de plástico y las conversaciones que habían empezado en el metro y seguían en la puerta, conversaciones de las que Toño Dorantes nunca era parte porque habían empezado sin él, en el metro, entre gente que vivía cerca y se cruzaba sin haberlo planeado.
La agencia ocupaba dos plantas en un edificio de los años noventa en el barrio de Almagro, cerca del centro de Madrid.
Espacios abiertos, escritorios largos de madera clara, sillas ergonómicas que la empresa había comprado dos años antes como gesto de modernidad y que nadie había ajustado correctamente porque el manual estaba en inglés.
Había una cocina con una máquina de café de cápsulas y un frigorífico con la nota pegada que pedía por favor no dejar comida los viernes porque el lunes olía.
La nota la había puesto alguien hace tanto que ya formaba parte de la pared.
Había un calendario en la pared del fondo con las cuentas más importantes de la agencia, los nombres de las creadoras en columnas de colores, y al lado del calendario, también pegado, un esquema de distribución de talentos por mercado que Toño Dorantes había actualizado en persona el trimestre anterior y que llevaba el sello de Rodrigo Prats en el encabezado porque los documentos de Rodrigo Prats llevaban el sello de Rodrigo Prats aunque los hubiera hecho otra persona.
Toño Dorantes tenía su escritorio en el ala derecha de la planta baja.
No era el peor escritorio ni era el mejor.
Era el escritorio del medio, que era la descripción más exacta de Toño Dorantes que existía: el hombre del medio en el escritorio del medio, en la planta del medio de una agencia que era mediana en el sector, gestionando cuentas de importancia media para un jefe que no lo veía.
Esa mañana llegó a las ocho y cuarto como siempre, dejó la mochila en la silla, encendió el ordenador, y abrió el correo antes de quitarse el abrigo.
Tenía dieciséis mensajes nuevos desde las once de la noche anterior, que era cuando él había mandado el último correo del día, un correo a un contacto de una marca sobre materiales de campaña pendientes, sin urgencia real, mandado a las once porque los correos de las once de la noche quedaban registrados con la hora y eso era una forma de decir, sin decirlo, que él seguía trabajando cuando los demás dormían, que su jornada no tenía borde.
Nadie le había respondido ese correo todavía.
Era demasiado temprano. A Toño Dorantes siempre le respondían tarde, cuando ya no hacía falta.
Leyó los dieciséis mensajes. Doce eran automáticos.
Dos eran de creadoras de la cartera con preguntas sobre pagos pendientes que él iba a tener que escalar porque los pagos no eran su competencia aunque todo el mundo le preguntara a él porque él era el que respondía.
Uno era de un coordinador de otra agencia buscando un contacto que Toño no tenía.
El último era de Rodrigo Prats, mandado a las siete y cuarto de la mañana, que era una hora en que Rodrigo Prats mandaba correos para que quedara constancia de que él también madrugaba, y que decía solo: Reunión de cuentas el jueves a las diez.
Preparad el deck de Q3. Sin destinatarios en copia.
Mandado a cuatro personas del equipo, en una cadena donde Toño Dorantes aparecía en tercer lugar, después de Lucía y de Marcos, que eran los que Rodrigo Prats ponía siempre en primer lugar en las cadenas porque los ponía en primer lugar en todo, en las reuniones, en los créditos de las presentaciones, en las conversaciones de los viernes cuando el equipo salía a tomar algo a lo que Toño Dorantes iba a veces y de lo que se iba siempre antes que los demás porque en algún momento de la noche la conversación viraba hacia algo en lo que él no encajaba y era más difícil fingir que encajaba de pie con un vaso en la mano que ignorarlo desde el ordenador.
Respondió el correo de Rodrigo Prats a las ocho diecisiete con: Confirmado.
¿Quieres que prepare el esquema del deck o lo hacemos en conjunto el miércoles?
Era una pregunta que tenía trampa: si Rodrigo decía que lo preparara él solo, Toño Dorantes haría el trabajo; si decía que lo hicieran en conjunto, Toño Dorantes igualmente haría la mitad del trabajo y Lucía pondría su nombre al lado en la presentación final.
Era siempre una de las dos. Toño Dorantes sabía las dos de memoria.
No abrió todavía lo que tenía en la carpeta de descargas.
Lo tenía ahí desde anoche, desde las once y algo, desde que Hernaldo Díez se lo había mandado por el canal que usaban, que no era el correo de la agencia ni era nada que quedara en ningún servidor de Rodrigo Prats.
Era un canal aparte. Una conversación aparte.
Una cosa que Toño Dorantes había empezado sin saber muy bien cómo terminaría, porque cuando Hernaldo Díez lo había contactado por primera vez, hacía semanas, lo había hecho con una precisión que a Toño Dorantes le había producido primero incomodidad y luego algo parecido a la fascinación que produce que alguien sepa de ti cosas que tú no les has contado, y esa fascinación había durado lo suficiente para que la conversación continuara, y ahora la conversación había producido un archivo en su carpeta de descargas que Toño Dorantes todavía no había abierto porque la mañana había que hacerla en orden.
Lo abrió a las nueve y dieciséis, cuando la oficina ya tenía el ruido de fondo de los teclados y el café y la conversación de Marcos con alguien en el otro extremo de la planta, una conversación sobre algo de una cuenta que Toño Dorantes no gestionaba y que sin embargo le llegaba con perfecta claridad porque la acústica del espacio abierto era la acústica de quien diseñó el espacio sin pensar en que hay gente que trabaja y gente que habla y que las dos cosas no deberían mezclarse sin que nadie lo pidiera.
El archivo era una hoja de cálculo. Limpia, sin formato especial, sin colores, sin el tipo de presentación que usan los que quieren impresionar con la forma antes de que el contenido hable.
Solo columnas. Códigos alfanuméricos en la primera, que Toño Dorantes tardó menos de dos minutos en entender que eran cuentas, cuentas de Stratum, identificadas sin nombre pero con suficiente información de contexto —nicho, región de audiencia, volumen estimado— para que alguien con acceso a la cartera de la agencia pudiera ponerles nombre.
Y en las columnas siguientes, series de números por fechas: alcance estimado semana a semana, varios meses, y al lado una columna de comparación contra otro grupo de cuentas con las mismas características de tamaño y región pero de otros nichos.
La diferencia entre las dos columnas era visible sin necesidad de calcular nada. Era el tipo de diferencia que se ve antes de entenderla.
La primera columna tenía tramos planos, lisos, como si alguien hubiera puesto un techo y la curva hubiera llegado hasta ahí y no hubiera podido seguir subiendo.
La segunda columna temblaba, subía y bajaba con el temblor de las cosas que se mueven solas.
Y en las semanas marcadas en la hoja —marcadas con una columna de color gris, sin explicación, sin etiqueta— la primera columna bajaba.
Todas juntas. La segunda casi no se movía.
Toño Dorantes lo miró durante un rato que no habría sabido cuantificar.
No porque no lo entendiera —lo entendía, lo entendía con una rapidez que le produjo algo incómodo en el pecho, la rapidez del que trabaja en un sistema y reconoce la forma del sistema antes de que le expliquen de qué forma se trata— sino porque entenderlo rápido significaba que lo que tenía en las manos era real, y que era real significaba que tenía peso, y el peso tomó un momento en asentarse.
Cerró el archivo. Lo dejó en la carpeta. Volvió al correo y respondió las dos preguntas de pago de las creadoras con el tono neutro de quien gestiona cosas administrativas, que era el tono que usaba para todo el trabajo que hacía y que nadie le agradecía, y se levantó a por café.
La máquina de café de cápsulas estaba en la cocina del fondo y la cocina del fondo era, entre las nueve y las diez de la mañana, el lugar donde ocurrían las conversaciones de la agencia que no quedaban en ningún correo ni en ninguna reunión formal.
Toño Dorantes lo sabía. Había aprendido a llegar a la cocina en el momento justo, ni demasiado pronto —cuando todavía no había nadie y no había nada que oír— ni demasiado tarde —cuando la conversación ya había pasado y quedaba solo el silencio de la gente que sabe que dijo algo que no debería repetirse—.
El momento justo era cuando la conversación llevaba dos o tres minutos, cuando ya había arrancado pero no había llegado al punto de no querer testigos.
Esa mañana había dos personas en la cocina cuando llegó: Lucía, que era la segunda persona que Rodrigo Prats ponía en las cadenas de correo,
y un chico nuevo que llevaba tres semanas en la agencia y quien todavía le sonreía a todo el mundo con la sonrisa de quien no sabe todavía a quién no tiene que sonreírle.
Se llamaba Nico. Había entrado por recomendación de alguien que conocía a alguien, que era como entraba la mayoría de la gente a los sitios que valía la pena entrar, lo cual era una observación que Toño Dorantes hacía en silencio con la frecuencia con que se hace una observación que duele.