Cerillas Garibaldi Amanitas y corbatas
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Amanitas y corbatas

En un recodo del camino, sobre un lecho de hojas de roble, crece un tallo gris, casposo, que parece una pata de avestruz.

Toma fuerzas del suelo húmedo y, estirando las varillas, despliega un bello sombrero moteado de escamas.

De entre las láminas salta un señor minúsculo, con traje gris, camisa blanca y corbata a rayas.

Tropieza con el anillo membranoso y cae de cabeza.

–¡Hombre! ¡Un gnomo! –dice el excursionista que pasaba por el camino.

Un poco más allá, surge otro tallo, coronado por un carpóforo cerrado, redondo: parece una maza de tocar el bombo.

–¡Y una Macrolepiota procera juvenil! –exclama el excursionista, que es un hombre instruido–. ¡Dos! ¡Tres!

Con las lluvias de esta semana los micelios se han recuperado y se ha desencadenado una floración de parasoles –también conocidos como matacandiles y apagadores– que, junto con el champiñón campestre, son las primeras setas que asoman tras las lluvias de otoño.

Si no sopla el viento y no aprieta el calor, crecerán oronjas y boletus, que se llevará a casa para consumir en un ágape festivo y mágico.

–¡La gastronomía no justifica la micofilia!

–razona el excursionista, que ha leído el libro de Josep M.

Fericgla–. Es un ritual, una celebración, con unas peculiaridades especiales, parecido a la caza.

Una comida de setas, para un individuo micófilo, contiene una carga afectiva difícil de explicar, que no está relacionada sólo con un producto de temporada.

«¿Qué dice este chiflado?», piensa el gnomo mientras se incorpora y se sacude briznas y motas de polvo de la ropa. Busca una hoja de roble abarquillada para echar una cabezadita.

–¡Señor gnomo! ¡Señor gnomo!

–Llámeme Indalecio.

–Señor Indalecio... ¿cómo es que no lleva un calzón rojo, la barba blanca y larga, y una zamarra con capucha?

No veo su indumentaria muy adecuada para un gnomo.

Más bien parece un dependiente de El Corte Inglés.

Y a la seta tampoco la veo muy clara. La Amanita muscaria es de un color colorado vistoso, con trocitos de velo o membrana sobre el sombrero, y gusta a los niños.

Usted, en cambio, vive debajo de un parasol, desprovisto de sustancias enteógenas, gris y mate.

En lugar de provocar euforia física y un gran acaloramiento, risas y locuacidad, seguidas de una somnolencia pesada, el parasol es una seta sosa.

–Esta es justamente la intención –responde el señor Indalecio–.

Ahora que todo el mundo se mete de todo, ¿qué gracia tiene hacerse el interesante apoyado en una seta, vestido como un payaso?

¿Y esa idea de que, bajo el efecto de la Amanita muscaria , los gnomos tenemos que trabajar como esclavos, lavar los platos sucios, extraer carretillas de carbón de las minas y fabricar espadas a martillazos?

Tanto trabajo, tanto trabajo: que lo haga la IA , que también alucina.

De todas formas: ¿quiere que le conceda un deseo?

El deseo es el motor del crecimiento de...

Cansado de tanta charla, el excursionista arranca por el pie la Macrolepiota procera , y el gnomo Indalecio, vestido de dependiente de El Corte Inglés, desaparece con el crecimiento en la boca.