Un cuento de Castaween
El gorgojo de las castañas vive un momento de euforia, pensando que sólo quedan cuatro días para Todos los Santos.
Este año la castañada y el Halloween se han fusionado en la nueva fiesta del Castaween.
Antes de que lo metan en la sartén agujereada y de que lo tuesten a fuego lento, abrirá un orificio y sacará por él la cabeza blanca manchada de naranja.
El cuerpo estriado se comprimirá y desplegará para empujar con más fuerza.
Un rayo de luz de la cocina le iluminará la cara.
Empezará a rondar por el mármol, simulando que busca un lugar para enterrarse y formar la crisálida.
Pero estará esperando a que lo encuentre el niño de la casa.
–¡Un gusano, un gusano!
–Es de las castañas –dirá la madre dispuesta a fulminarlo con la escoba.
–¡No! ¡Que es el gusano de un muerto! –dirá la criatura entusiasmada con el Halloween.
Por toda la casa lucirán guirnaldas de plástico, naranjas y negras, calabazas y esqueletos rodeados de una sombra de cartulina.
Un gusano auténtico tendrá un papel magnífico en medio de todo este tinglado.
El chaval lo hará pasar por los ojos de la calavera y lo introducirá en el interior de una calabaza: –¡Uuuhhhh, los muertos, los muertos!
Mientras piensa en su momento de gloria, el gorgojo no deja de morder la castaña.
Va masticando y defecando unas bolitas grises que no puede ver porque el interior de la castaña está a oscuras y porque le salen por el lado opuesto a donde tiene la cara.
Parece que fue ayer cuando su madre y su padre estuvieron de vacaciones en las ramas de un castaño con los erizos bien cargados.
La tranquilidad del verano obró su magia y la madre puso cuarenta huevos.
Clavó la larga trompa entre las púas, llegó hasta la castaña, que en aquella época tenía la piel blanca y parecía una castaña de leche.
Después, introdujo su huevo en la parte más nutritiva de la semilla.
Regresas de vacaciones y, a los cuatro días, no te acuerdas de nada –dice la madre mosca–.
Ya ha pasado un mes desde que nació, asustado, en la oscuridad.
En los últimos días la castaña apolillada no estaba fina y su erizo fue uno de los primeros en caer.
Saltaron dos castañas relucientes y el pellejo de una tercera.
Tuvo suerte: el castaño crece junto a un arroyo.
Bajo la piel de la castaña oía a la gente: –¡Castañas!
¡Qué gordas! –mientras llenaban el cesto procurando no pincharse los dedos.
Seguirán unos días luminosos, días espléndidos con olor a boniato.
Abrirá la galería hasta notar el gusto ácido del forro interior de terciopelo.
Asomará por el agujero, el niño lo guardará en una cajita.
Contento como un gatito, se encogerá con ojos tiernos.
El niño cazará cada gusano que agujeree la piel de la castaña y que circule por el mármol, antes de que lo descubra su madre, lo meterá en la cajita, donde se enroscará junto a sus hermanos.
Todo para poder decir el día del Castaween: –¡Ya están aquí los muertos! ¡Los muertos!
Se pondrá los gusanos por la cara, cerrará a medias un ojo y andará dando tumbos. Y el gusano será feliz como si le dejaran mordisquear a un zombi.