Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 Ruinas y rascacielos #2
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Ruinas y rascacielos #2

Aunque me había serenado un poco, notaba la ansiedad acechando en las esquinas de mi mente, esperando a que bajase la guardia para atacar de nuevo.

Me había diseñado una estrategia para estas situaciones que me habían asediado con frecuencia desde que pasaba las tardes abandonada a mis cavilaciones.

Imaginaba que estaba en medio de un campo blanco como la nieve recién caída, bordeado por una valla de madera hecha con tablones gigantes imposibles de escalar y tan juntos que tampoco dejaban hueco para colarse entre ellos.

A través de los tablones de madera podía ver a algunos de los trasgos que intentaban abrirse paso.

Eso me daba paz: aunque los enemigos no podían alcanzarme, yo les podía mantener en el punto de mira, controlándoles.

Les veía forcejear con la madera, morderla.

Estiraban sus brazos por entre los tablones, me observaban con sus ojos naranjas, deseosos de instilar en mí el pánico del que se alimentaban.

Pero mientras estuviese dentro de aquella verja estaría protegida, así que me imaginaba tumbada sobre el suelo albino y sonreía.

Que sensación tan maravillosa. Era mejor que el alcohol, mejor incluso que los besos que tanto ansiaba.

Creo que hoy en día la gente no está acostumbrada a estar en paz, y menos nosotras, las mujeres.

Por eso cuando la tranquilidad nos llega sentimos unos nervios aplastantes que nos sacan de un tirón de ese estado agradable.

Pensamos que no nos la merecemos, y la culpa nos invade, cuando la realidad es que a pesar de los méritos que hagamos para ganárnosla, nunca se nos permitirá disfrutar de la tranquilidad.

Pero yo me había inventado algo más poderoso que la culpa: una historia de fantasía.

Si mi yo imaginaria podía estar serena aun rodeada de monstruos, mi yo real debía poder con sus problemas absolutamente mundanos.

Ahora que la calma había vuelto, podía dejar entrar en mi cabeza selectivamente a quien yo quisiera y así evitar encontronazos mentales que reavivasen mi desasosiego. Y sabía a quién quería dejar pasar para que me ayudase a reconquistar mi cama.

Recordé aquella tarde en la que Raquel y yo habíamos charlado sobre chicas.

Acabábamos de empezar la universidad y teníamos candentes esas ganas de revolución que no se aleja demasiado de la norma que tantas jóvenes profesan.

¿Qué hubiese pasado si nos hubiésemos lanzado al vacío en lugar de haber maquillado nuestra atracción con el tinte de la curiosidad por miedo a disentir demasiado?

Igual nos hubiésemos amado incondicionalmente como lo hacen quienes aún no entienden que el amor nos define plenamente, o igual hubiésemos terminado fatal, incapaces siquiera de dirigirnos la palabra.

Al fin y al cabo, éramos unas crías y la juventud es intensa, tanto para bien como para mal.

Tal vez era mejor que nos hubiésemos reencontrado de mayores para hacer realidad mis fantasías de entonces y las de ahora.

Esas que intercambiábamos en mensajes furtivos que leía a escondidas a la una de la madrugada.

«Quiero volver a saborearte».

De joven, Raquel sabía a regaliz ácido y a vodka con Coca Cola.

Su pelo era del color de las palomitas con caramelo y su piel olía dulce de tanto azúcar que comíamos.

Seguro que había tenido más sabores, más olores, pero nunca nos habíamos besado alejadas de las fiestas y los excesos de los botellones.

No sabía si me excitaba más conocer su sabor real o viajar al pasado a través de sus labios.

«Ya no somos niñas. Ahora sabemos lo que queremos. Estoy impaciente de que me enseñes lo que deseas tú».

¿Cómo sería el tacto de las manos de una mujer adulta sobre mi cuerpo?

Una mujer que, aunque no me conociese a mí en particular, había conocido a otras en profundidad.

Una punzada de envidia se clavó en mi estómago.

Ojalá hubiese tenido yo esa valentía también.

¿Sería distinto follar con alguien que compartía mi anatomía?

Igual eso no importaba, igual la diferencia crucial era que lo haría con alguien que se conocía a sí misma.

.. Ah, ahí estaba de nuevo la envidia. Es difícil dejar atrás las malas costumbres que llevas repitiendo durante años.

Me revolví sobre el colchón, y el camisón, que ahora me quedaba grande tras aquellos meses de intenso estrés, se deslizó hacia abajo, dejando uno de mis pechos ligeramente al descubierto.

Hacía mucho que no veía el atractivo de mi desnudez.

Son las consecuencias de un matrimonio muerto y de andar corriendo todo el día de aquí para allá.

Trabajo, hijos, amigas... al final el sexo va desapareciendo de tu vida sin que te des cuenta.

Un día desaparece del todo y ya no sabes de dónde solías sacar las ganas ni por dónde empezar a recuperarlas.

Pero según empecé a quedar con Raquel el deseo había renacido con una fuerza solo equiparable en magnitud a la imposibilidad de tenernos.

Me daba igual que su pelo tuviese ahora mechones del color del merengue, o que su piel oliese a perfume y estuviese marcada por las arrugas del tiempo.

En una contradicción digna tan solo de las mujeres, no lograba ver mi cuerpo con el mismo pragmatismo.

Habíamos estado hablando por mensajes y viéndonos en persona, pero nos habíamos quedado en los abrazos y los besos en las mejillas.

A pesar de que mi relación con Antonio ya no era ni matrimonio ni era nada, no quería que nuestro final estuviese marcado por el sexo con gente ajena a nuestro (des)amor.

Detestaba la idea de que tuviese un arma arrojadiza tan certera contra mí como la acusación de que le había puesto los cuernos para eludir la responsabilidad de haber cavado la tumba de nuestro romance.

Y tampoco quería contaminar mi relación con Raquel de la ponzoña de un divorcio.

Pero ahora ya estábamos separados y cuando Raquel volviese de su viaje. ..

Raquel no había visto mi cuerpo más que en fotos que yo misma me había tomado y editado con detenimiento antes de mandarlas.

Ella no conocía mi cuerpo de ahora, tras dos hijos y con la mella del paso del tiempo bien grabada en mis carnes.

Aun así, había insistido en que quería observarlo, devorarlo, beber de mí como si fuese la fuente de la juventud.

Y quién sabe, quizá lo fuese. A través de su deseo mi cuerpo había renacido.

Mi libido había revivido y mi piel brillaba algo más.

Había días en los que me sentía Afrodita, y otros en los que solo acertaba a verme como un ogro torpe y arrugado.

Esa contradicción me estaba volviendo loca, pero la balanza se iba inclinando hacia un lado y cada mensaje de Raquel ponía más peso en el plato de la diosa.

Mis pechos, atravesados por las estrías de alimentar dos nuevas vidas, habían tomado otro cariz desde mis primeras conversaciones con Raquel. Ahora el desliz del camisón me parecía más un accidente provocador que un error a corregir antes de que su exposición ofendiese a alguien; a mí.

Juguetona, tiré hacia abajo del lado caído de la escasa tela que me cubría en verano, para revelar del todo la magia de las montañas femeninas.

El bultito rosado, que por tantas bocas había pasado, salió de debajo de la tela.

Recordé la forma de los pezones de Raquel marcados en la tela del pijama cuando nos quedábamos a dormir una en la habitación de la otra en la universidad.

Nunca los había visto destapados. Al pensar en explorar el cuerpo de mi amiga, conocido y a la vez tan extraño, nació en mi interior una energía casi obsesiva que sabía que no se iba a apagar hasta que me encontrase entre sus sábanas.

«Quiero enterrar mi rostro entre tus pechos e inspirar tu olor, llenarme cual frasco de perfume para tenerte siempre cerca».

Y yo quería eso mismo. La quería sobre mí en ese mismo instante.

Imaginándome que eran sus manos las que me agarraban, junté mis pechos e inspiré, recreando su rostro en mi cabeza.

Mis dedos viajaron por encima de mis pezones, y la electricidad de mis fantasías se trasladó de la punta de mis pulgares a aquellas maravillas arquitectónicas de la naturaleza.

Se erizaron. Ellos buscaban mis dedos tanto como mis dedos los buscaban a ellos.

Pero no estaban satisfechos: buscaban más allá de mi corporalidad, la buscaban a ella.

¿Cómo sería nuestro primer encuentro privado?

Paciente, delicado, agitado, necesitado, urgente.

Podía ser todo aquello en la misma tarde.

Ya lo había demostrado con sus mensajes.

«¿Qué te crees? ¿Que yo no he envejecido? Las dos somos mayores y, espero, más diestras».

«Quiero trazar las líneas de tu cuerpo con mi lengua».

«No me tientes, porque voy a por ti ahora mismo».

La adolescente alocada, necesitada de validación, se había convertido en una mujer con las ideas claras.

Antes hacía las cosas por creerse revolucionaria, ignorante de las verdaderas consecuencias de sus actos.

Ahora las hacía muy consciente de llevar la revolución dentro.

Al fin y al cabo, el amor por otras mujeres en este mundo hostil no es otra cosa que la revolución de lo cotidiano.

Para hacer la revolución hacen falta armas, y ella las tenía todas listas.

Sus manos, su boca, todo su cuerpo estaba listo para disparar.

Había estado preparada para reventar a cañonazos mi rutina muerta, y ahora me ayudaba a reconstruir mi ciudad con las ruinas del asedio.

Yo tan sólo veía los cimientos; no sabía si los nuevos edificios resistirían.