Ruinas y rascacielos
YO ANTES ERA DEL CLUB de las infelices delirantes, de las que se alimentan de las desgracias ajenas para minimizar las suyas.
De las que no se callan, y tiñen de gris los días de aquellas personas que prestan su oído para los puñales en la espalda y los lamentos sobre el café frío.
La mayoría de los días me sentía como una leona enjaulada a la que le van dando filetes para evitar que rompa los barrotes y salga a devorar al primero que ande por ahí.
La angustia me comía por dentro, pero yo pensaba que sencillamente estaba siendo realista.
No me ayudaba a salir de esa trinchera que me hubiesen convencido de que la gente irritantemente feliz era en realidad o muy aburrida, o tremendamente tonta.
Y yo no podía ser así, yo tenía mucho que contar.
Tal era mi elocuencia, que podía hacer hasta un ensayo sobre la mandarina podrida de la cesta de la fruta que me había jodido la mañana entera.
Las personas felices, me habían dicho, son un muermo y por eso no tienen problemas, porque su vida no tiene emociones ni cambios.
Pero la verdad es que no es así. Las desgracias compartidas son menos desgracias, pero la felicidad compartida es.
.. frágil. La gente va a intentar poner en duda que puedas ser feliz con lo que tienes.
Es difícil llenar el vacío existencial con cosas materiales, pero es la única forma de hacerlo que nos enseñan.
Nuestra habitación se va llenando de manera proporcional al hueco en nuestro interior, mientras nosotras seguimos sin atrevernos a mirar hacia dentro, donde realmente está el problema.
Nos da miedo el reflejo que nos devolverá la oscuridad.
La luz ajena ilumina aquellas partes de nosotras que preferiríamos mantener ocultas, así que en lugar de desempolvar los rincones, chupamos esa luz como un agujero negro.
Intentamos que se apague para dejarnos de nuevo tranquilas en la penumbra.
Por eso es mejor callarse las alegrías, para mantenerlas protegidas del escrutinio ajeno.
Al menos durante un tiempo, hasta que la mecha de la vela esté bien prendida.
Ahora he entendido cuál es la clave de la felicidad: mirar lo que tienes y esforzarte en mantener lo que te gusta y dejar ir lo que no.
Parece sencillo, pero en la práctica no lo es.
A la vez sé y no sé cómo he llegado hasta aquí, porque las personas felices (y aquellas en tránsito) no son conscientes de los cambios.
Parecen la evolución natural del autoconocimiento, no son nada a destacar.
Acaba siendo algo así como: “esto es lo que quiero, así que esto es lo que tengo”.
Suena un poco al rollo ese de “manifestar” las cosas, pero no me malinterpretéis.
Las cosas no se manifiestan, las cosas no pasan solas.
Lo que ocurre es que implementamos los minúsculos cambios que poco a poco conforman el estrato perfecto para que aquello que deseamos pase a formar parte de nuestra realidad.
Pensar que las cosas van a cambiar por arte de magia es estancarse.
Para mí, los cambios invisibles comenzaron el día que vi la invitación de Facebook de mi antigua compañera de universidad, Raquel.
Llevábamos unos quince años sin hablar, desde que terminamos los estudios más o menos.
Sin embargo, su primer mensaje me hizo la misma ilusión que si hubiesen pasado sólo unos meses desde que estábamos incomunicadas.
Alguna vez había pensado en buscarla de nuevo, pero según pasaba el tiempo me sentía más absurda cuando elucubraba sobre si ella también me recordaba y echaba de menos nuestras tardes juntas.
Yo no soy de Madrid, así que cuando acabamos de la universidad me mudé de nuevo a otra ciudad con mi novio para empezar a trabajar.
Los primeros meses Raquel y yo seguimos hablando, contándonos historias de los nuevos compañeros de trabajo, la vida en pareja y otras cosas del día a día.
Repetíamos una y otra vez que teníamos que visitarnos, pero nunca nos venía bien, y al cabo del tiempo las llamadas se fueron haciendo menos frecuentes y dejamos de mencionar esas visitas que siempre se posponían.
Y al final, al cabo de unos meses, las dos estuvimos demasiado liadas con nuestras amistades de carne y hueso y nuestro trabajo como para llamarnos.
Nos fuimos olvidando la una a la otra y a ninguna de las dos nos extrañó.
Suena triste, así contado, pero por suerte el enfriamiento de la amistad no fue violento.
Supongo que eso es lo que nos permitió reengancharnos como si nada hubiese pasado, como si la última llamada hubiese sido hace apenas unas semanas.
Cuando empezamos a hablar por chat comenzamos con lo típico, lo que usualmente es terreno seguro. ¿Qué tal estás? ¿Sigues en el mismo sitio? ¿Todavía estás con Antonio? ¡Tenéis hijos! ¿Quién lo hubiese dicho, eh?
Pues sí, parecía que yo seguía haciendo lo mismo que empecé al dejar la universidad.
Seguía con la misma persona, en la misma ciudad y en la misma empresa, aunque con un puesto mejor.
Y yo me creía feliz. Pero siempre traía historias para chismorrear: con mis compañeras sobre mi marido y con mi marido sobre mis compañeras.
Y entonces llegaron sus respuestas: no, se había ido a trabajar al extranjero durante un tiempo y se había separado de su pareja antes de marcharse.
Nada de malos rollos, simplemente distintas metas en la vida.
Ahora volvía a España, concretamente a mi ciudad, para seguir con la empresa en la que había trabajado en el extranjero, pero centrada en las relaciones comerciales con España.
No había tenido hijos. No había estado segura de si los quería o no y sentía que ya era un poco tarde.
Pero tenía sobrinos y estaba encantada siendo tía.
Le hacía ilusión volver a España para poder verles más.
Cuando me imaginé en sus zapatos, viviendo sola y trabajando en otro país, sentí como si me hubiesen pateado el estómago.
Vivir sola. No sin hijos, que a mis hijos los adoro, sino sin marido.
Libre, haciendo lo que me saliese de las narices ahora que mis chicos ya estaban creciditos.
Sin tener que cuidar de alguien que tenía la inteligencia emocional de una zapatilla y que pensaba que el mundo giraba a su alrededor.
Llevábamos veintidós años viviendo juntos, y aún no sabía qué regalarme por mi cumpleaños.
Su solicitud de amistad me trajo a la mente recuerdos de nuestras locuras universitarias.
No había viernes sobrio ni fin de semana que no estuviésemos viajando o de fiesta por la noche.
Un sabor amargo me invadió la boca con la intensidad de las fragancias de una perfumería.
Entonces supe que tenía que hacer algo, y las cosas empezaron a encajar en su lugar.
ME TUMBÉ EN LA AMPLIA cama que había compartido durante tantos años con mi marido.
Exmarido. Hasta hace poco me había parecido estrecha cuando sus pies se encontraban con los míos bajo la cama.
Y pensar que ese desasosiego había estado ahí tanto tiempo, pero que había necesitado que alguien de fuera me revolviese el estómago de emoción para darme cuenta de que algo marchaba mal.
O más bien de que no marchaba en absoluto.
Ahora la cama me quedaba grande. Intentaba usarla sólo para dormir, cuando estaba tan exhausta después del largo día de trabajo que no tenía energía ni para sentirme vacía.
Pero esta era mi casa, mi habitación. Necesitaba reconquistar mi espacio.
A veces dudaba de si había sido buena idea insistir en quedarme el apartamento, aunque hubiese sido por mis hijos.
Al menos Antonio tenía un espacio donde empezar de cero, un lugar sin resistencia a la colonización por su nuevo yo.
Pero yo vivía inmersa en las contradicciones que me habían llevado hasta aquel punto en el que aún me sentía algo a la deriva.
Mi cerebro parecía dividido en dos y ambas partes se peleaban a muerte: el optimismo y el pesimismo; el ying y el yang.
Me sentía triste, angustiada, pero al mismo tiempo era tan feliz que bullía con una emoción que no había sentido desde hacía años.
Y me sentía mal, pero no por sentirme feliz, sino por no sentir ni un ápice de culpa por ello.
Los remordimientos que sentía nacían de esa felicidad de la que me creía indigna, no del dolor que le había causado a él.
Lo suyo era meramente ego herido. A mí me quedaba todo un puzzle de emociones y de contradicciones.
La sensación imperante, sin embargo, era el miedo.
Miedo a poner toda mi verdad sobre la mesa y dejar que Raquel me mirase fijamente a los ojos (con toda la incertidumbre que albergaban).
Miedo a que todo se desmoronase, a que las cosas con Raquel no funcionasen.
No era justo ni inteligente por mi parte otorgar tanta importancia a algo que comenzaba con una persona a la que hacía años que no veía, pero no podía evitarlo.
Sentía que el éxito de la relación sería una señal de si había tomado la decisión correcta.
Con toda la suspicacia que sentía, igual me estaba predisponiendo ya para el fracaso.
Había ido a la cama a otra cosa, pero mis pensamientos volvían a dar vueltas en círculos, cuyo centro siempre era ella.
Exasperada, harta de estar encerrada en mi cabeza, eché mano del vaso de whisky que me había servido hacía un rato y andaba olvidado en la mesita de noche.
Iba a necesitar ayuda externa para desconectar.
Es lo que tiene el autoconocimiento: hasta las cosas más feas de ti misma las puedes reconducir a algo positivo.
El frío del hielo contra mis labios y el dulzor del alcohol cortaron mi hilo de pensamiento. Inspiré profundamente para terminar de despejarme. Otro sorbo. Esta vez disfruté de la quemazón que me recorrió la garganta, siguiendo el camino de aquel líquido de color de miel.