El dueto de las flores #3
Salaphise se liberó con un empujón y trazó un círculo perfecto que la posicionó entre las piernas de Melissandra.
Se agarró a ellas para mantenerse en el sitio y frotó su nariz contra las ingles de su compañera.
Después las besó, dejando sobre su piel su saliva espesa, y haciéndome a mí la boca agua.
Melissandra enrolló las piernas alrededor de los hombros de Salaphise, bloqueándonos la vista de lo que pasaba entre ellas.
Sin embargo, desde mi posición podía seguir viendo la cara de Melissandra.
La sonrisa relajada que había presidido su expresión se transformó en una sonrisa más amplia, con la boca abierta, en éxtasis.
Según iba pasando el tiempo, esa mueca fue desapareciendo, y en su lugar fue ganando el ceño fruncido.
Parecía que la ninfa rosada estaba presa del placer, que su cuerpo actuaba por instinto; sus músculos empezaron a contraerse empezando desde las piernas, hasta que su torso y su cuello se tensaron hacia atrás.
Cuando parecía que su cuerpo se iba a partir de la tensión, dejó escapar un fuerte grito de liberación y se relajó.
Una mezcla de polvo de color oro y de un denso líquido amarillo pastel formó una nube entre sus piernas, tapando la cara de Salaphise, que se soltó y nadó para alejarse de dicha nube –tener polvo en los ojos no es el mejor final para el primer encuentro.
Se relamió la melaza semi-transparente de los labios, terminando por mordérselos.
Desde donde yo estaba me pareció que era algo arenosa, repleta del polen que estaba inmerso en su interior, pero más adelante aprendería que era el mejor dulce que se podía saborear, mejor incluso que las chucherías del pueblo.
Las ninfas nos podemos pasar días alimentándonos de eso.
Melissandra, ya recuperada de su orgasmo, nadó hacia Salaphise.
Le logró plantar un beso en los labios antes de que Rhysalia, una de las supervisoras de la ceremonia, hiciera sonar su silbato para indicar el final de la misma.
Ya había transcurrido una hora, aunque yo no había notado pasar el tiempo.
Era el momento de nadar hasta la superficie y dejarse llevar en el festín que habría preparado para poner fin al ritual de iniciación.
Los manjares más deliciosos que podíamos imaginar estarían esperándonos: tulipanes secos, bulbos de narciso aderezados con el aceite que podíamos comprar en el pueblo, panel de abeja con fresas, ajo y jengibre envueltos en hojas de parra, ensaladas de alga.
.. era un sueño culinario hecho realidad.
Ese día busqué por las mesas a Melissandra y Salaphise, pero no las podía encontrar entre las demás invitadas.
La mayoría de las parejas del baile se habían separado; las ninfas tienen problemas serios a la hora de reprimir la necesidad de explorar nuevos lares.
Allí arriba todo era ajetreo: se mezclaba el parloteo emocionado de las ninfas que acababan de despertar con los tonos más calmados de las adultas, emancipadas hace tiempo.
Mientras tanto, las pequeñas nadaban de un lado a otro, apilando sobre sus platos la máxima cantidad de dulces que podían.
Me senté a la mesa con el resto de mi grupo, dudando de si no habría alucinado el baile que acababa de ver.
Ellas parecían no estar afectadas por lo que acabábamos de presenciar.
Estaban hablando sobre quiénes estarían en la siguiente ceremonia como si nada.
Pronto empezaron a debatir sobre quién debería estar emparejada con quién.
Lo más probable es que sus preferencias cambiasen a los dos días, pero se lo estaban pasando bien.
Me uní a la conversación y di un nombre al azar para rellenar mis preferencias.
Sabía de sobra con quién quería estar emparejada, pero eso sería imposible durante la ceremonia; todas las participantes debían ser siempre novatas.
Tendría que acercarme a Melissandra y Salaphise después de mi iniciación, si es que reaparecían en algún momento.
Pero no había de qué preocuparse: no soy conocida precisamente por mi timidez, y de todas maneras, mi enamoramiento probablemente se desvanecería en un par de días también.
MI ENAMORAMIENTO NO se fue. Empequeñeció, volvió a crecer, cambió, pero nunca desapareció completamente.
Siempre permanecía en un rincón de mi mente, tapado por el resto de mis intereses amatorios más viables, que también iban cambiando de importancia según dónde viese que tenía más probabilidades.
No diré que fuese un interés falso, porque sin duda Salaphise y Melissandra eran hermosas y su conexión seguía siendo tan fuerte y llamativa como el primer día, quizá incluso más con el transcurso de los años.
Pero parte de que tuviesen un lugar fijo dentro de mi cabeza se debía a que no había podido pasar página, no había podido hablar con ellas y mucho menos había tenido suficiente tiempo a su lado como para introducir la posibilidad de que me dejasen formar parte de aquello que tenían aunque fuese solo una noche.
En mi interior batallaban el deseo de cumplir mi fantasía y la seguridad de que, aunque dijesen que sí, al despedirme de ellas me iría igual de perdida que al empezar.
De alguna manera sabía que lo que tenían no se podía explicar, pero no sabía cómo aceptarlo.
Quizá yo no era la única que quería exprimirles su saber, y por eso se habían marchado.
Reaparecieron por el banquete más tarde, dadas de la mano, y fueron muchas las ninfas que se les acercaron.
Empezaron recibiendo a las extrañas con una sonrisa, charlando un rato con ellas.
Llegado un punto de la conversación negaban con la cabeza y la nueva ninfa se marchaba, a veces aún contenta, otras veces indiferente, y otras, enfadada.
Pero según el número de ninfas que se acercaban aumentaba, su sonrisa se transformó en una línea recta, y sus ojos perdieron el brillo alegre que habían traído de donde quiera que se hubiesen escondido tras la ceremonia.
Antes de acabarse su primera ronda de comida, cogieron sus platos de corteza y se marcharon.
Nadie las volvió a ver hasta la ceremonia del año siguiente, en la cual desaparecieron después del baile. Y así cada año.
AL FIN LLEGÓ EL DÍA de mi ceremonia. Me emparejaron con Vhae, una ninfa morada con la que había conectado desde el primer día de entrenamiento.
Se había colocado en un lateral del lugar donde organizaron las clases, preparada para dar buena cuenta antes de tiempo de los dulces que nos habían dejado para la pausa del mediodía.
Tardaba bastante con cada mordisco, así que estuvo ahí, pegada a la comida, durante la primera mitad de la sesión de entrenamiento.
Recuerdo que pensé que sin duda sabía dónde estaba lo bueno.
Durante el primer descanso, cuando todas las demás ninfas acudieron en masa a la mesa, se echó a un lado y dejó que las demás se deleitaran con lo que ella ya había disfrutado con tranquilidad, sin empujones ni preocupación porque se terminase su bocado favorito.
Después del descanso retomó su posición al lado de la mesa y yo me uní a ella.
Nunca viene mal aliarse con el cerebro del grupo.
Nos quedamos de pie, masticando en silencio mientras escuchábamos las explicaciones de la entrenadora. Era la primera clase, ergo la más aburrida; la mayoría de nosotras ya sabíamos cómo hacer que nuestro nenúfar floreciese y liberase polen, pero no podíamos dejar a nadie atrás.
—¿Cuál es tu favorito? —me preguntó de la nada.
—La ensalada de flores con sirope de arce —le contesté. Sonrió y me acercó el plato a la vez que alcanzaba los dátiles que estaban detrás de mí. Olía al agua recién llegada de la montaña, y su voz sonaba igual de cantarina que la corriente que bajaba con fuerza en primavera.
Después de eso pasamos todos los descansos juntas, hablando de las tonterías de las que hablan las adolescentes.
La invité a sentarse con mis amigas, que habían estado estudiándonos desde el principio, intentando presagiar si seríamos pareja para el baile; es difícil predecir lo que una ninfa hará tres días más adelante, y más con las jóvenes.
Podía ver que algunas de ellas también estaban interesadas en emparejarse con Vhae.
Normalmente no sería problema para una ninfa, no somos seres de una sola pareja y días hay muchos, pero solamente hay una ceremonia de iniciación que protagonizar, y yo ya había decidido quién quería que fuese mi pareja para la ocasión.
Hicimos el paripé de las clases, ensayando una y otra vez el baile de iniciación pero sin llegar hasta el final, y pasamos el último día con nuestras parejas.
Se supone que debemos hablar sobre cómo continuará el baile tras la primera parte que es igual todos los años.
También tenemos que aprender cuáles son las zonas erógenas más sensibles de nuestra pareja y dejarles que nos hagan un tour por su cuerpo, pero la verdad es que es algo ridículo hacerlo concretamente el último día.
Vhae y yo llevábamos practicando esos detalles desde el día uno, siempre con cuidado de no propasarnos saltándonos la regla de que el primer clímax en pareja ha de ser tras el baile o, como mucho, durante.
Si te saltas esas normas... no sé cómo las profesoras se enteran, pero siempre lo hacen, y entonces se acabó la ceremonia de ese año para ti.
Eso significa esperar al menos otro más, hasta que se vuelva a convocar para poder hacer el ritual de iniciación.
Y eso con suerte. No sé a qué viene tanta norma cuando la ley máxima del lago es el libre albedrío.
Salvo por hablar con desconocidos antes de la ceremonia, faltar a la misma, o que una adulta inicie a una novata.
Tampoco se pueden traer plantas o animales de fuera (incluidos los humanos), ni causar disputas entre otras ninfas.
Daba lo mismo, porque a mí no me interesaba romper ninguna de esas normas.
Me aprendí el cuerpo de Vhae con una dedicación que nunca antes había demostrado más que por mí misma.
Me lo aprendí tan bien, que aún hoy por hoy podría pintarla en un cuadro con los ojos cerrados, dejando que mis dedos embadurnados de pintura de lila trazasen sus curvas.
A pesar de ello, no sentía la energía que había visto entre Melissandra y Salaphisse.
Nunca la he sentido, pero la sigo buscando entre las piernas de las ninfas del lago, entre las de las humanas del pueblo.
A veces incluso me aventuro por el valle hasta el bosque, donde he oído que se esconde la pareja codiciada para preguntarles.
¿Dónde, cómo y con quién? Pero nunca las encuentro y la respuesta se escapa entre mis labios cuando el polen se seca, una, y otra, y otra vez.