Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 El dueto de las flores #2
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El dueto de las flores #2

Debemos ir a la ceremonia desde el comienzo de nuestras vidas.

Al principio no sabemos de lo que se trata, pero cuando empezamos a adquirir consciencia y a registrar el alboroto que se forma alrededor de la fecha, y la atención que se le presta a las elegidas para ese año, empezamos a tomárnoslo en serio.

No hay mejor método para motivarnos a aguantar el tedioso preparatorio para la ceremonia que saber que en algún momento seremos nosotras las aduladas.

El recinto donde ocurre todo también ayuda a darle el aire pomposo que nos hará sentirnos importantes.

Cada año entramos en la sala principal con el techo hecho de raíces especialmente gruesas de las cuales nacen otras mucho más finas, como si tuviesen cabello, que bloquean por completo la línea de visión al exterior.

El recinto está lleno de rocas y raíces sobre las cuales las ninfas se van repartiendo, formando una circunferencia alrededor del escenario, que no es más que un círculo minimalista de arena en el centro del escondite.

Igualmente, no lo van a usar más que para el comienzo del baile.

Cuando estamos todas sentadas y en silencio, las ninfas mayores que van a lograr la independencia salen al fin al escenario.

Aparecen ya en las parejas que se les han asignado durante la semana de entrenamiento.

El emparejamiento no es azaroso; mientras ellas estudian los mecanismos exactos para la primera polinización, las profesoras estudian las dinámicas de su clase para poder escoger quién irá con quién sin miedo a equivocarse.

Como toda fiesta que se precie, la nuestra empieza con el baile.

Cuando los primeros rayos de sol bañan la superficie del lago, todas las parejas se levantan de golpe del suelo, llevándose consigo una cortina de arena mojada, oscura, que las oculta hasta que llegan a la posición desde la que comenzarán a danzar.

Las espectadoras podemos ver en detalle a la pareja más cercana, incluso podemos ver los músculos ondeando bajo la piel mientras nuestras compañeras mueven las piernas para mantenerse a flote.

El peso del agua presiona contra sus hombros, pero no es rival para la fuerza de unas piernas que llevan jugando con ella desde que aparecieron en el mundo.

El agua tiene que ceder, y forma remolinos alrededor de sus brazos y piernas.

Junto con los destellos de luz que se van colando desde la superficie, los colores de las ninfas decoran esos torbellinos, creando un mundo de colores en el lago.

El gentil oleaje choca, y pasa de una ninfa a otra, mezclando su calor desde el primer momento, y sus pieles empiezan a brillar como si el sol se hubiese colado bajo ellas.

Entonces la danza comienza de verdad. La coreografía no es difícil; lo difícil es mantener la concentración para coordinarse con el resto a pesar de las distracciones en forma de caricias vagabundas, besos sutiles, placer concentrado.

En otras circunstancias, una semana de práctica constante sería mucho para un ritual que apenas dura unos minutos.

El pistoletazo de salida es una mirada. Cuando sus ojos coinciden en la línea de visión, como si un resorte las empujara de los pies, las parejas comienzan a girar, dibujando círculos que se empequeñecen con cada ronda.

Las bailarinas se acercan más y más; según la distancia se acorta, se nos acelera el pulso.

Su pelo revolotea como en los días de ventisca en el exterior y mientras, ellas se acarician el rostro como si hallasen un tesoro de tal delicadeza que el menor de los movimientos podría destruirlo.

Es entonces cuando una de las ninfas de cada pareja posa su dedo índice sobre el torso de su compañera y traza una delicada línea hacia arriba.

El dedo recorre el modesto valle entre los pechos de la otra ninfa mientras esta se deja caer hacia atrás, formando un arco perfecto con su espalda, sostenida por su compañera.

Su cabello, que hasta aquel momento parecía tener vida propia de tan agitado como estaba por las corrientes de agua, queda suspendido en su sitio mientras cae hacia atrás, ocultando su rostro del público, pero no de su pareja.

Sus cuerpos se vuelven a juntar, desplazando el agua que las separaba, pecho con pecho.

Rostro con rostro. Pero siguen curvadas ahora con los pies casi tocando la cúspide de su cabeza.

Giran empujándose la una en la otra, tanteando el cuerpo que ya conocen pero que ahora tienen permiso para explorar a fondo, al fin.

Pero aún no. Todavía queda parte del ritual, que se empieza a hacer pesado según la piel se calienta.

Las vueltas se ralentizan y las ninfas enderezan sus cuerpos.

Dos planchas que siguen vivas, que palpitan y sienten cosquilleos en las palmas de su mano, un picor que solo se rasca saciando su curiosidad.

RECUERDO LA PRIMERA vez que fui a la ceremonia siendo consciente de lo que significaba.

De alguna manera me crecí; ya estaba entrando en la edad donde podría ser yo la que estuviese danzando.

Tenía que pasar de un momento a otro, estaba convencida, así que entré con la cabeza bien alta.

Quería que se me viera, que las monitoras tomasen nota de mi compostura, de lo madura que parecía.

Me senté en primera fila, dispuesta a aprenderme la coreografía sin tener que ir a las clases para demostrar que estaba preparada.

Quería salir del lago, curiosear por los alrededores, ir a visitar el pueblo donde vendían los manjares más dulces que jamás había probado.

Eran unas bolas duras que dificultaban el habla al comerlas de lo grandes que eran, y que duraban mucho tiempo en la boca.

Se iban deshaciendo sobre la lengua al mezclarse su sabor con la saliva, y dejaban la sensación más mágica que jamás había probado.

A mis amigas y a mí nos las conseguía una de las ninfas que frecuentaba el pueblo, y nos juntábamos para comerlas a escondidas.

Tras los primeros minutos ya no podíamos quedarnos sentadas, y nadábamos aquí y allá, persiguiéndonos y chillando cuando la bola disminuía lo suficiente como para que pudiéramos articular de nuevo.

Después caíamos agotadas, deseando que llegase el día siguiente para comernos las bolas que nos quedaban.

Éramos inseparables, pero ese día decidí sentarme alejada de ellas para evitar las risas y el ajetreo que venían de serie en nuestro grupo.

Me sentía solemne, adulta y ellas aún eran unas crías que podían entorpecer mi ascenso rápido hacia el exterior.

Fue un fracaso y, echando la vista atrás, me doy cuenta de lo ridícula que debí parecer.

Por suerte mis amigas no se lo tomaron a pecho, y me admitieron en el grupo de nuevo en el banquete, cuando ya me había aburrido de aparentar una edad que no tenía.

Pero la concentración da sus frutos. Estudié a la pareja que estaba más cerca de mí, una pareja rosa y naranja formada por las ninfas que más tarde conocí como Melissandra y Salaphise.

Me fascinaban. Tenían una conexión que no estaba presente en el resto de ninfas.

Si bien la energía sexual siempre se extiende desde las parejas hasta el público, atrapándolo, como una viscosa cascada de miel, lo suyo era distinto.

No era pegajoso, era como aire, libertad, ligereza.

No sabía lo que era, pero quería eso, y las necesitaba a ellas para que me enseñasen.

Desde el primer momento, los ojos de una quedaron prendados de la otra.

Estaban perfectamente sincronizadas y en contacto constante: su pelo se enredaba, sus manos no se despegaban del cuerpo de la otra.

Yo que las tenía tan cerca, podía estudiar las puntas de sus dedos cartografiando el movimiento del cuerpo ajeno, que parecía una extensión del suyo propio. Fue la primera vez que sentí envidia.

El baile de presentación acabó demasiado rápido para mi gusto, pero entonces comenzó la mejor parte: la improvisación.

Melissandra volvió a atraer a Salaphise hacia ella, dejando sus labios a escasos centímetros de los de su pareja.

Parecían un atardecer: sus cabellos rosados y anaranjados se mezclaban sobre el fondo azul del agua.

Yo podía sentir el calor entre ambas incluso desde mi sitio en los márgenes del escenario.

El control que necesitaban demostrar por estar en público tan solo hacía el evento más interesante y la tensión más palpable.

Melissandra siguió con la punta de los dedos la curva del cuello de Salaphise desde su mandíbula, mientras que ésta inclinaba la cabeza hacia un lado para dejarle espacio.

No había impaciencia, solo una entrega a la caricia, al placer del tacto.

La mano siguió bajando hasta encontrar uno de sus pechos anaranjados, una maravilla redondeada que parecía una mandarina lista para hincarle el diente.

Despacio y pendiente de la reacción de Salaphise, Melissandra trazó la curva del pecho con la lengua.

El suspiro de la primera fue escuchado por todas las demás ninfas, que pasaron a estar tan absortas en esa pareja como yo.

Sus nenúfares habían florecido y se hinchaban, dejando ver los pétalos entre sus piernas, despiertos, ofreciendo su néctar para deleite de la pareja danzante.

Salaphise hundió sus manos en el pelo de Melissandra y la rodeó con sus piernas.

Fue entonces que el pecho de Salaphise desapareció en la boca de Melissandra para ser succionado, lamido y mordido, mientras su pareja restregaba la flor de loto sobre su tripa.

Estaban tan cerca que hubiese sido difícil saber qué parte era de quién si no hubiese sido por la diferencia de sus colores.