Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 El dueto de las flores
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El dueto de las flores

Este corto pertenece al universo Wanderers

EL SOL SE ESTABA PONIENDO a lo lejos, tras el monte cuyo valle hospedaba nuestro tímido lago.

Esa era y sigue siendo mi parte favorita del día.

Es entonces cuando los colores de mis congéneres aparecen pintados sobre el cielo, otro de los guiños que nos brinda la Naturaleza.

El añil frío del día y del lago se transforman para abrazar la calidez de las ninfas: amarillo, luego naranjas y rosas que dejan paso a morados claros y oscuros que se funden en el azul marino del cielo.

Pronto el negro reina sobre nosotras, vacío salvo por las estrellas que nos recuerdan que la luz volverá con plena intensidad al día siguiente.

Aquella noche vi ese desfile de colores yo sola; el resto ya se habían zambullido hasta las profundidades para dormir a salvo de visitantes nocturnos indeseados.

Yo seguía sentada en la roca en medio del lago, rodeada de los nenúfares gigantes que formaban nuestro hogar.

Una vez el sol desapareció del todo y solo pude ver el frío brillo de la luna, me bajé de aquella piedra, tiritando de gusto ante la refrescante temperatura del agua que bajaba de las montañas.

Siguiendo las raíces de nuestras flores madre hasta las entrañas del lago, llegué hasta mi lecho, donde los rayos de luz nocturna no podían alcanzarme, pero los del sol podrían despertarme con su calor.

Las ninfas dormimos enredadas en las raíces de las flores que nos dieron a luz para quedarnos aseguradas, fijas y a salvo hasta el amanecer.

Son estas mismas raíces las que comemos de buena mañana, chupando la savia para el desayuno.

Una vez nos hemos desperezado, volvemos a la superficie, donde ellos ya nos están esperando en la orilla.

Digo ellos porque la mayoría de los que se sientan con su cuaderno mientras nos observan son machos humanos.

Una vez, casi recién salida del nenúfar, me acerqué a uno de ellos para preguntarle sobre aquello que escribía con el ceño fruncido entre las páginas de su libreta de cuero.

Pero antes de que pudiese acercarme demasiado una de las ninfas más mayores –más sabias– me paró en seco y me dijo que no debía acercarme a nadie de fuera del lago antes de saber exactamente qué era lo que quería.

No entendí a qué se refería exactamente en aquel momento, era demasiado joven.

Sin embargo, mi curiosidad no se redujo ni un ápice ante esta advertencia, así que seguí observando el panorama desde lejos y vi que a las otras ninfas pequeñas les pasaba lo mismo: cuando se acercaban a la orilla, ahí aparecía una de nuestras guardianas para frenarles los pies.

A nuestras hermanas más mayores, sin embargo, las dejaban ir y hablar con los extraños.

Algunas incluso desaparecían durante un par de horas con alguno de ellos y volvían más tarde, solas.

Algunas no volvían jamás, y no tardaron mucho en explicarme por qué al comenzar el entrenamiento para la ceremonia de iniciación.

Si a las ninfas nos tocan sin que queramos, no podemos regresar al hogar.

Teniendo en cuenta que normalmente somos más ágiles que los humanos, eso no suele ser un problema, pero es importante que lleguemos al máximo de nuestras capacidades antes de marcharnos con ellos.

Por qué algunas quieren arriesgarse aún escapa a mi entendimiento, pero allá ellas.

Por aquel entonces yo no tenía deseo ninguno, al igual que el resto de mis hermanas pequeñas.

Nosotras acudíamos a cualquiera de aquellos seres de los colores de la tierra que pareciese poder ofrecer una respuesta.

Sin embargo, las más mayores se acercaban tan solo a los humanos más hermosos.

Las pocas humanas que se acercaban a la orilla eran altamente codiciadas; casi nunca duraban más de unos minutos en el borde antes de que alguna ninfa se fuese de la mano con ella.

Pero la escasez de humanas en nuestra costa no era preocupación para nosotras; al fin y al cabo, todas las ninfas somos de sexo femenino.

No fue hasta que llegué a la adolescencia y la ceremonia de iniciación pasó al centro de mis preocupaciones que me di cuenta de que solo aquellas ninfas que habían sido instruidas por las mayores podían acercarse a los hombres de la orilla.

Si bien es cierto que tenemos que ir a la ceremonia cada año, hasta que no se acercaba el momento en el que pasaría de ser espectadora a ser protagonista, no le presté mucha atención.

Cada año es la misma historia: preparación, baile y banquete.

Tanta repetición se acaba haciendo cansina, aunque algunas de mis amigas siempre se emocionaban el día de la fiesta.

.. la comida nos mueve a las ninfas casi tanto como el sexo.

La ceremonia siempre es bajo el lago. Creo que es ese secretismo precisamente lo que atrae a los humanos hasta nuestras orillas, aunque mi interés en ellos cayó en picado con mi despertar y nunca les llegué a preguntar.

Creo que son los misterios de nuestros rituales lo que intentan resolver cuando se van emparejados con una de nosotras.

Y es eso lo que nunca conseguirán averiguar por el simple hecho de que por mucha teoría que se sepan, jamás entenderán lo que se siente al tener nuestra flor.

Supongo que las humanas lo entienden algo mejor y por eso solo algunas aparecen por aquí.

El despertar de una ninfa es un evento tremendamente celebrado.

Simboliza el final de nuestra evolución y el comienzo de nuestra independencia.

Tras la ceremonia, el momento en el que se culminará nuestra primera polinización, nuestra piel empieza a brillar como si nos hubiésemos bajado un pedacito del sol para introducirlo entre nuestras piernas.

Todas decían además que después del despertar sentían un calor que les nacía del pecho y les calentaba todo el cuerpo.

No me lo creía hasta que me pasó a mí y el agua del lago pasó de ser una extensión de mi cuerpo a ser algo claramente distinto, refrescante.

De repente mi piel estaba en constante estimulación con las caricias de la corriente, y mi flor sentía a veces el apaciguamiento del frescor en su seno, y otras el chute de excitación por sus caricias.

Una no llega a la ceremonia de iniciación así como así.

Esa sensación de bienestar, de plenitud, hay que ganársela.

Y es un proceso de años. Desde pequeñas se nos educa para que entendamos cómo funcionan nuestros cuerpos; al fin y al cabo son lo que nos mantiene con vida y lo que genera, de una manera o de otra, todas nuestras experiencias.

Antes de poder salir a la superficie siquiera, debemos aprender cómo cambiar de la respiración subacuática a la aérea.

Aprendemos qué podemos comer y qué no cuando nos aventuremos fuera del lago; algunas de las cosas que producen los humanos son verdaderamente atroces para la salud de las ninfas.

Según vamos creciendo y empiezan a cambiar nuestros cuerpos, vamos aprendiendo sobre esas cosas que aparecen o se metamorfosean: nuestros pechos crecen, aunque se mantienen en un tamaño muy pequeño comparado con el de algunas humanas, puesto que solo son un recuerdo de nuestro pasado mamífero, un recuerdo de que las flores gigantes que flotan sobre nuestro lago fueron, hace mucho tiempo, ninfas también.

Es por ese periodo cuando florecen por primera vez nuestras flores particulares, desvelando los colores aún apagados que se encontraban ocultos dentro del capullo.

Cuando la flor se abre, esa ninfa no podrá parar durante días de hablar del cosquilleo, esa sensación pulsante que se despierta en el centro de la flor.

Se puede hacer muy aburrido cuando pasas un año escuchando el mismo tema todo el rato según más y más de tus amigas van avistando ese momento definitorio de toda ninfa.

Porque es en ese instante cuando las ninfas más adultas deciden si ya estás lista para la ceremonia o no.

¿Qué se sentirá? ¿Cómo sabremos si nos pasa?

Lo hablamos mucho, pero hasta que no lo sentimos no tenemos ni idea de cómo describirlo, porque ni siquiera las ninfas más expertas que llevan años experimentándolo saben explicarlo.

Es indescriptible. Inconcretable. Lo bueno es que así, las ninfas mayores saben seguro cuándo las pequeñas estamos mintiendo, deseosas de explorar fuera de los confines del agua.

Esas son las lecciones más tempranas, pero según vamos creciendo pasamos de comprender el propio cuerpo a comprender el de otras.

El mensaje que más se repite, sin embargo, sigue teniendo que ver con nosotras, con nuestra salud.

“No debéis dar placer sin recibir lo mismo a cambio”.

Una y otra vez, hasta que lo tenemos tan metido en la cabeza que oímos esas palabras hasta en sueños, descontextualizadas.

Con cada repetición parece que ese mensaje cala más hondo, hasta que se vuelve parte de nuestro cerebro primitivo.

Y es que dar sin recibir no es bueno para nosotras de forma muy literal.

Si ese estado de desbalance se prolonga demasiado, nuestro brillo se apaga y acabamos por pasar nuestros días completos bajo el agua, sin buscar los rayos del sol que tanto nos hacen falta.

Todas hemos visto a alguna de estas ninfas, aunque sea complicado.

Se vuelven indistinguibles del fondo del lago –nadie las avistaría si no fuese porque se mueven lánguidamente por el fondo.