Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 Piercings que queman #2
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Piercings que queman #2

Logré deshacerme de su agarre para colar mis dedos entre su cabello. Alentada por mi reacción, me agarró de la cintura y tiró de mí hacia su cuerpo. El papel que cubría la camilla crujió al perseguir a mi trasero por el asiento; las dos colisionamos en el borde.

Sus manos encontraron el camino hasta mis pechos, pero cuando tocaron el pezón donde se había clavado la aguja unos instantes antes, inspiré fuerte.

La zona aún estaba sensible, en el mal sentido.

La tatuadora se alejó un poco con cuidado de no hacer movimientos bruscos cerca de mi herida, y me dejó ver con su mirada que lo que tenía en mente para sanarme era de todo menos inocente.

Despacio, descendió por mi cuerpo, besando y mordiendo la piel de mi cuello hasta que llegó al dolorido semi-agujero.

Lo cubrió con sus labios y lo acarició con delicadeza.

La tensión que me había generado verla acercarse a aquella zona dolorida se esfumó ante la sensación calmante de su lengua y su saliva.

La estimulación hizo que mis pezones se endurecieran, y empecé a arquear la espalda, pretendiendo que mi nueva amante jamás se separase de mí.

Quería sumergirme en su boca, que me comiese entera.

Ante la imposibilidad de eso, decidí abarcar más de su cuerpo yo misma, y le desabroché los pantalones para poder deslizar mi mano entre sus piernas.

Casi de inmediato, noté su humedad calándole las bragas.

Cuando vi que respondía a mis avances con jadeos que se escapaban por debajo de la camiseta enrollada de mala manera por encima de mis pechos, decidí ir un paso más allá e introduje mis dedos por debajo de la tela.

Empecé a acariciarla, comenzando por los labios mayores, cubiertos con el rudo vello que protegía aquel tesoro.

Los jadeos se hicieron más fuertes: sentía los resoplidos contra mi pezón, donde se enfriaba la saliva que lo cubría.

Así me calmaba el dolor, a la vez que incrementaba las sensaciones placenteras.

Pasé a los labios interiores con cuidado de no arañarla y le acaricié despacio, disfrutando de la suavidad de sus pliegues.

Su concentración se tambaleaba, y al subir la velocidad de mis caricias, la atención que le había dedicado a mis tetas se volvió más esporádica.

Su agitada respiración se interrumpía de vez en cuando su lengua salía a explorar mi areola.

Pero parecía que esto no era suficiente.

Quizá consciente del estado de aquel pezón al que le había dedicado tanta atención, cambió al otro y mordió.

No fue un mordisco especialmente fuerte, pero sin duda en el pezón herido me hubiese hecho daño.

Yo quería ir más allá, así que introduje mis dedos en ella con la intención de subir nuestro encuentro aún más de temperatura.

Sin embargo, rápidamente me di cuenta de que aquello no era posible de forma coordinada, así que saqué mis dedos hasta dejar tan solo la punta cerca de su entrada, presionando.

Continué trazando círculos en su clítoris mientras variaba la presión sobre su abertura.

Gimió al poco tiempo con un sonido que me hizo vibrar, y subió con prisa hasta mi cuello, donde me mordió con mayor fuerza, quizá para intentar silenciar los sonidos que estaba haciendo, que dejaban poco a la imaginación.

Si alguien nos oía nos meteríamos en problemas.

Dio un paso atrás con una sonrisa diabólica dibujada en los labios.

Esa mirada iba a terminar por volverme loca.

Con una mano en cada una de mis rodillas, se agachó hasta el suelo y paseó sus manos con parsimonia por el interior de mis muslos, desnudos bajo mi falda.

Cerré los ojos y ladeé la cabeza; mi nerviosismo había desaparecido.

Era la primera vez que me pasaba algo así.

Quizá se debía a que nunca había deseado algo lo suficiente como para mandarlo todo a la mierda hasta ese momento.

La punta de los dedos de su mano derecha levantaron la tela de mi tanga y se colaron por debajo con demasiada discreción para mi gusto: no noté el roce de sus dedos hasta que se posaron intencionadamente sobre la parte más jugosa de mi entrepierna.

Y según sus dedos tocaron al fin el centro de mi vulva, alguien llamó a la puerta.

Sorprendidas, nos tapamos rápidamente y ella abrió la puerta. Oí la voz grave del hombre que me había atendido en la recepción.

—¿Va todo bien? Lleváis un buen rato aquí y hay más gente esperando.

Mi improvisada amante le echó tan discretamente como pudo, asegurando que tan sólo nos quedaban unos minutos, que los nervios me habían jugado una mala pasada, pero que ya casi estábamos.

No alcancé a ver la cara del hombre, así que no sé si estaba convencido, pero se fue sin añadir nada más.

Ella volvió a cerrar la puerta y me miró, con un signo de interrogación prácticamente dibujado en la cara.

Pero por desgracia la magia se había perdido, y la intimidad se había marchado por la puerta junto con el recepcionista.

Yo también me marché de la tienda poco después, con algo menos de dinero y la excitación aún latiéndome entre las piernas.

Me planteé si volver al día siguiente, pero rechacé la idea nada más se me ocurrió porque no quería leer entre líneas y terminar asumiendo algo que no era real.

Tal y como había quedado la cosa, era una aventura, una anécdota que recordar cuando la frustración de no saber cómo hubiésemos acabado se hubiese diluido un poco.

Si lo dejaba estar, al menos el recuerdo mantendría el hechizo que me había capturado.

Si lo dejaba estar, no tendría que teñirlo de decepción; no le dejaría saber a ella (¿a mí?) que andaba tan desesperada que iría a perseguir una casualidad a su lugar de trabajo.

Algo decepcionada, decidí darme placer yo sola aquella noche para calmarme y olvidarme de las locuras que se estaban aglomerando en mi cabeza.

Igual recobrar el nerviosismo no estaría tan mal en aquel momento para evitarme hacer el ridículo innecesariamente.

Sin embargo, cuando llegué a mi portal y saqué las llaves, cayó un papel con algo escrito al suelo.

Abrí la nota que había llevado en el bolsillo y vi que había un número de teléfono y un mensaje con letras apresuradas debajo:

«Por si necesitas un chequeo de ese piercing a medio hacer.»

RESULTÓ SER QUE AL final no tuve que pasar la noche sola.

Pero qué os voy a contar que no sospechéis ya.

Opté por mandarle un mensaje en lugar de llamarla, pero fui directa al grano.

Supongo que saber que me deseaba había convertido mi nerviosismo en un recuerdo obsoleto de una vez por todas.

Le mandé un saludo breve y mi dirección.

Luego me arrepentí y le mandé otro mensaje menos seco, con un “si te apetece” y un “si estás libre”.

«Nos vemos a las ocho.»

Y, efectivamente, a las ocho en punto sonó el timbre de mi casa.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me limpié el sudor de las manos en los pantalones antes de abrirle la puerta.

Me pareció más atractiva al verla iluminada por la suave luz del pasillo.

Las lámparas fluorescentes como las de su taller son mejores para trabajar el detalle, de eso no hay duda, pero diría que los seres humanos no estamos diseñados para que nos iluminen con esa intensidad; no solemos salir bien parados.

No hubo saludos hasta después. Cuando ya había recorrido cada centímetro de su piel con la lengua, cuando ya había dejado mi rastro sobre sus labios, cuando su entrepierna chapoteaba al pasear mis dedos entre sus pliegues, entonces fue cuando afloraron las primeras palabras.

Nos susurramos los nombres que nos habíamos tragado por el ansia y nuestros jadeos reverberaron en los milímetros que quedaban entre nosotras, en el microcosmos en el que yo me hubiese quedado a vivir.

Después, nos reímos juntas, tiradas en mi cama con las sábanas a los pies. Traje unos vasos de agua y me sorprendí al ver que no se había tapado en absoluto. Su piel seguía reflejando la luz amarillenta de mi lámpara de techo, y a mí me seguía apeteciendo mordisquear cada doblez de su cuerpo.

Ella no parecía sentir pudor. Yo ya me había puesto las bragas y una camiseta, puesto que mi casa tiene ventanas enormes que hacen de mi vida privada un show para los vecinos.

Pero incluso en aquella situación vulnerable, desnuda en casa de una extraña, su energía invadía la habitación.

Me contagié de su desparpajo y me volví a desnudar mientras le sostenía la mirada.

Me olvidé de mantener la compostura y me lancé sobre la cama para besarla, lamerla, chuparla y morderla de nuevo.

Tracé la tinta que la adornaba con los dedos.

¿El dolor le habría dejado más espacio para el disfrute?

¿Qué sentía ahora que eran mis dedos y no una aguja los que trazaban los dibujos?

Pasamos la noche así, entrelazadas la una en el cuerpo de la otra, buscando resolver los misterios del placer en nuestras curvas, en los estertores del orgasmo, y en la semi-inconsciencia posterior.

Descansábamos un par de horas tras cada encuentro carnal en un duermevela que nos recargaba de energía para el siguiente asalto.

Sobre si fue un encuentro único o uno eterno prefiero no hablar, porque aún no lo tengo claro.