Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 Piercings que queman
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Piercings que queman

ME TEMBLABAN LAS MANOS mientras esperaba sentada en la recepción de la tienda de tatuajes.

Notaba aquella sensación pegajosa del sudor frío en las palmas ¿Quién me mandaría ir allí?

Yo misma me había intentado disuadir de todas las formas posibles antes de aquel día.

Había paseado cerca de la tienda varias veces, con el objetivo de ver salir a la gente envuelta en papel film ensangrentado, o con la lagrimilla en el ojo.

Había entrado con la excusa de comprarme unos aros para las orejas para ver si escuchaba a alguien gritar o dar golpes.

Esperaba detectar quizá un piercing que hubiese salido mal, pareciese eso lo que pareciese.

Pero la probabilidad estaba en mi contra.

En lugar de eso vi salir de la tienda a tantas personas con la felicidad trazada en el rostro que más que disuadirme, fue el último empujón para conseguir convencerme.

Yo también quería mi propia marca, una señal voluntaria que me diferenciase de los demás, y que me hiciese encajar en un molde a la vez.

Pero al sentarme a esperar mi turno aquel día, mi parte instintiva, la que le tiene algo de miedo a las agujas y una sensibilidad muy alta al dolor, empezó a despertar.

Además mis preferencias no eran de las más inocuas: en lugar de elegir algún lugar de la oreja, quizá incluso en el labio si nos poníamos aventureras, había elegido los pezones.

Bravo por mí. El lugar más doloroso a excepción, probablemente, del clítoris.

Pero allí estaba. Me había acercado a la tienda a mediodía, decidida a hacerme la perforación antes de comer para luego darme un buen atracón para recompensar mi valentía.

Sin embargo, la bravuconería había brillado por su ausencia; ya eran las dos y hacía apenas diez minutos que había entrado por la puerta.

Esas dos largas horas entremedias las había pasado en el bar a dos portales de distancia, donde me había pedido un par de cervezas y un chupito, para bajarme el miedo.

Mi parte racional quería que echase a correr para escapar del dolor inevitable de agujerearse la piel.

Suerte que el alcohol te deja el córtex frito y la racionalidad se esfuma ante la excitación de lo novedoso.

De todas maneras, esa parte que mantiene las cosas en orden ya me había hecho perderme muchas cosas, así que había tenido que aprender a acallarla, aunque fuese a costa de un par de neuronas.

Se me había metido entre ceja y ceja que iba a tener un piercing en el pezón y nadie me lo iba a impedir, ni siquiera yo misma. Suerte que aguanto bien el alcohol.

Sin embargo, la ansiedad, la adrenalina, tenían que salir por algún lado.

Acabé tamborileando con los dedos sobre mis muslos, y marcando un ritmo imaginario con las puntas de los pies.

Llevaba los cascos puestos para disimular; quizá la gente pensase que seguía el ritmo de batería de alguna canción, aunque en realidad escuchaba música clásica.

Así me obligaba a concentrarme en la música, que bajaba y subía de forma impredecible para una muggle como yo.

Así no había estribillos ni repeticiones que dejasen vagar mi mente hacia la imagen ultradefinida de una aguja clavándose en la tierna carne de la punta de mi pecho.

Mientras tanto mis ojos viajaban de un extremo a otro de la habitación, y el repiqueteo de mis zapatillas agotaba la paciencia del resto de personas que estaban esperando en aquel pasillo.

Me levanté e inspeccioné de cerca cada una de las opciones de aros, bananas y palos que ofrecía la tienda, intentando borrar con cuestiones estéticas el nerviosismo que ocupaba mi cerebro.

Incluso me detuve ante los adornos para los genitales masculinos, unos que jamás vería fuera de la vitrina.

Al fin dijeron mi nombre y me dirigieron a una de las salas enanas destinadas a la decoración del cuerpo.

Tan nerviosa estaba que no fui consciente de quién me acompañaba hasta que estuvimos encerradas en aquel lugar claustrofóbico donde solo cabía una camilla, un pequeño armario con agujas y dos personas que pretendían quedarse la una a centímetros de la otra.

Precisamente por la estrechez del cubículo me vi obligada a mirar de cara a la mujer que me haría el piercing aquel día.

No tenía muy claro que me pudiese poner más nerviosa de lo que ya estaba al saber que se acercaba el momento en que la aguja atravesaría mi piel, pero en aquel momento descubrí la respuesta: sí podía.

Aquella mujer era apabullante, de una belleza que te hacía querer esconderte en un rincón porque sabías que no te saldrían las palabras si se dirigía a ti.

Y encima venía repleta de adornos: tenía un septum, las orejas llenas de aros y dos piercings en el labio inferior de los cuales quería tirar en ese mismo instante.

Además, de debajo de su camiseta de manga larga y de la zona donde había descuidado el rapado de su corto pelo, asomaban los trazos de sendos tatuajes geométricos.

Miré hacia todas partes excepto hacia su rostro, intentando que no se notase que se me había hecho un nudo en el estómago. Sin embargo, el frenético vaivén de mis ojos no hacía más que empeorar la situación. No podía haber sido más evidente que me estaba poniendo a mil.

—Siéntate aquí —me dijo, dando unos toques sobre la camilla.

Mientras me acomodaba, moviendo el culo como si quisiera erosionar el papel que cubría el asiento, no se alejó ni un centímetro.

Acabamos muy, pero que muy cerca. Probablemente podría haberle visto los poros de la piel si me hubiese atrevido a mirarla por encima del ombligo.

En lugar de eso me puse todavía más nerviosa, y le sonreí tímidamente a su estómago, intentando parecer simpática y segura de mí misma.

Viéndolo en retrospectiva, no entiendo cómo terminamos como terminamos.

—¿Qué has venido a hacerte?

—Un piercing en el pezón, en el derecho —dije con un susurro de voz.

—Perfecto, entonces quítate la camiseta y el sujetador.

—Se dio la vuelta y comenzó a preparar la aguja y la barra que decoraría mi piel una vez hubiese terminado la tortura voluntaria.

Me desnudé de cintura para arriba, algo más tranquila al no tenerla mirándome, aunque todavía me notaba las mejillas ardiendo.

El respiro duró poco. En cuanto se dio la vuelta, volví a notar las manos húmedas.

Ella, imperturbable, marcó con un rotulador dónde iría el piercing.

Sentí un tirón entre las piernas, una llamada de atención que no se correspondía con el momento.

Aún siendo plenamente consciente de ello, no podía controlar que me excitase la imagen de sus dedos sujetando con delicadeza mi pecho, como si de una figura de porcelana se tratase.

Parecía una artista que miraba la tela donde se disponía a pintar, lista para hacerla desaparecer bajo sus trazos punzantes, llenos de pasión, pero consciente de la delicadeza del proceso.

La brutalidad de la aguja y el cariño de su tacto parecían incompatibles y, sin embargo, allí estaba ella, demostrándome que no era el caso.

Pero yo no estuve a la altura. No fui capaz de aguantar ni siquiera el primer empujón.

La sensibilidad de mis pezones había jugado siempre a mi favor hasta aquel momento.

El nerviosismo y la excitación inapropiada que me hacía sentir aquella mujer tampoco ayudaron.

Mi chillido debió de oírse en todas las salas de la tienda.

—Para, para, ¡por favor! —Cerré los ojos y tomé una bocanada de aire para contener la lágrima que pretendía caer sin mi consentimiento.

No había estado preparada para aquel dolor tan concentrado, tan intenso, ni tan siquiera tras haber visto una infinidad de vídeos del mismo proceso en Internet—.

He cambiado de idea. Creo que es mejor que me vaya sin piercing ni nada.

Me miró, arqueando una de sus cejas perfectamente perfiladas que se asomó por encima del marco de sus gafas.

Sacó la aguja sin avisar y pegué un brinco ante el suave recuerdo del dolor de hacía unos segundos.

Dejó la aguja sobre la mesita a nuestro lado tan rápido que pudo sujetarme las muñecas antes de que lograse levantarme.

Aunque me llevé otro susto, este fue bastante más agradable y además la laxitud de su agarre me hizo pensar que aunque quería retenerme, no lo haría contra mi voluntad.

—Me sentiría mal si hubieses venido hasta aquí para hacerte un piercing y te fueses con las manos vacías —susurró—. Creo que te deberíamos ofrecer algo más, ¿no te parece?

Quizá por primera vez en mi vida, mi cerebro estaba en blanco.

No había ráfagas de pensamientos que intentar bloquear, ni verborrea difusa que intentar concretar para verle el sentido a la angustia que me atenazaba el corazón.

En este caso, no podía hacer otra cosa que mirarla con los ojos abiertos como platos, sin saber qué decir.

Mi ¿ex?-torturadora personal también me miraba, inquisitiva.

Cuando mi cerebro logró reaccionar cual motor de tractor listo para el desguace, lo primero que pensé fue que sí, quería esto.

Me relajé: mis hombros bajaron, volví a respirar y mi cara pasó del susto a la seriedad propia de un encuentro sexual improvisado con una Afrodita del grunge.

Ella encajó su cintura entre mis piernas y me las abrió para acercarse más a mí y poder besarme.

Cerré los ojos y me sumergí en el beso. Sus labios eran esponjosos como las nubes de gominola, aunque aquella fantasía de algodón estuviese atravesada por dos aros de metal.

La mezcla de dulzura y acero resultó ser una metáfora perfecta de su personalidad, aunque eso no lo descubriría hasta más tarde.