Las Bambis crecen #2
Marlene se levantó de la silla y se dirigió hacia el pasillo, donde Andrea la alcanzó y le dio un azote que hizo rebotar sus carnosas nalgas. Brincó con fingida sorpresa y dejó escapar una risita aguda, nerviosa pero contenta de que fuesen a jugar.
Al llegar a la habitación, su pareja se dejó caer en la cama, lista para que se le tirasen encima. Pero, en lugar de eso, ella se dirigió al baño adosado a su habitación privada. No se había lavado los dientes aún.
—Un segundito.
Marlene se quedó esperando, retorciendo el edredón en su puño. Era la primera vez que se aventuraría a inspeccionar la parte trasera de su novia en detalle. Aunque Andrea le había dejado claro lo que le gustaba desde el principio, no se había atrevido más que a acariciar aquel agujero escondido.
Era de agradecer que Andrea hubiese entendido cada una de sus reticencias.
Primero la posibilidad de un escape, del olor, de no saber reaccionar.
Incluso cuando Marlene había soltado por fin la mayor de sus renuencias, la que más pesaba sobre su conciencia –el sexo anal.
.. ¿era para ellas, para las mujeres?–, Andy había tenido la paciencia para ilustrarla.
Andy le había contado cómo durante mucho tiempo ella misma se había negado por miedo el placer de explorar su ano.
Lo tenía asociado a la agresividad de los hombres, a la posesión.
Pensaba que el dolor sería un mal necesario para que el hombre (por otra parte ausente en cada una de sus exploraciones) recibiese el placer de deshonrar otro agujero más de la mujer.
Entonces, ¿dónde encajaba ella? Si el sexo anal era un sacrificio que las mujeres hacían por los hombres, una muestra de amor ligado a la esclavitud, ¿por qué ella, como lesbiana, lo deseaba?
No había podido frenarse en la soledad de su habitación de universitaria emigrada, ya libre del yugo doméstico que mataba su libido, y había explorado por detrás.
Primero con un dedo, después con dos, y así hasta llegar a los plugs y los dildos.
Había llegado a conocerse tan bien que sabía cuándo debía usarlos pegados en la pared de la bañera para no manchar las sábanas.
Sí, había mierda, pero era parte de los procesos naturales de su cuerpo, y ya no le daba miedo.
Tampoco le daba gusto, pero no iba a dejar que las excreciones funcionales de su anatomía limitasen su placer.
Primero había caído la regla, después el sudor, los pelos, la saliva, y, al final del todo, la mierda.
Su cuerpo era su bastión y conocía al dedillo todo su funcionamiento. Ya nada podía avergonzarla.
Marlene oyó la cadena del váter y el chorro de agua del lavabo.
Segundos después apareció Andy por la puerta.
Las dudas que estaban asediando a la primera se disiparon al ver a su compañera ahí, desnuda.
La tenue luz del baño y el fulgor que se colaba por los huecos de la persiana iluminaban a duras penas la pálida piel de su amante.
Sonrió al darse cuenta de que los puntos claros que se reflejaban sobre la piel de Andrea se asemejaban a las motas del pelaje de los ciervos, pero se guardó eso para sí.
No quería romper la atmósfera de intimidad que se había creado con un chiste.
Andy se apoyó en el quicio de la puerta, con su torso orientado hacia el marco, la espalda arqueada, y su culo formando dos perfectas cumbres redondeadas.
Sabiendo que Marlene estaba prendada de su figura, movió las piernas como si anduviese, haciendo que sus nalgas subieran y bajaran en un movimiento rítmico e hipnótico.
Las motas de luz bailaban en su piel, acentuando sus curvas, pintándola como un helado stracciatella de colores invertidos listo para devorar.
Marlene quería hincarle el diente empezando por su boca traviesa y terminando en aquel afrodisiaco melocotón.
.. ¿por qué había pasado tanto tiempo dudando?
Se levantó de la cama y se acercó a su Venus personal.
La besó en los labios, colando su lengua entre ellos.
Descendió por su cuello hasta su espalda y le mordisqueó la piel mientras le deslizaba las manos por la tripa hacia el triángulo de las Bermudas.
Andy estaba tan excitada anticipando lo que iba a suceder que ya estaba mojada, aunque Marlene sabía que podía dar mucho más.
Su amante se restregó contra la seda del pijama, tan suave que parecía una caricia de los ángeles, manchándolo de los efluvios que bien podrían ser manjar de dioses.
Marlene acariciaba los bajos de Andy con delicadeza, buscando una apertura para colarse entre ellos.
Sus dedos resbalaron hacia delante sobre la humedad de su amante, que aprovechó para atraparla entre las piernas.
Todavía colocada detrás, coló su otra mano en la ranura del lado contrario.
Recorrió aquel esfínter tan intimidante sin prisa, acariciando sus duras arrugas.
Fue casi mágico como Andy comenzó a relajar la tensión que ni siquiera era consciente de haber acumulado al darse cuenta de que su novia sabía lo que hacía.
Marlene se escupió en los dedos, puesto que estaba jugando en un lugar donde no disponía de lubricante.
Deslizó de nuevo la aventurera mano hacia abajo, y combinó ambas para introducir un dedo de cada una en el interior de su novia.
Aquello no le resultaba especialmente cómodo, y la maniobrabilidad era nefasta, pero el gemido de Andy la retuvo en su sitio.
Siguió moviendo los dedos en su interior.
Se tocaban por dentro a través de la fina película que los separaba.
Andy estaba ya acostumbrada a aquella sensación, aunque no por ello le parecía menos excitante.
Pero era precisamente la novedad lo que estaba encendiendo a Mar.
Se notaba la entrepierna humedecida, aunque nadie se estuviese encargando físicamente de ello.
No quería que su enamorada tuviese que concentrarse en nada que no fuese su propio placer, así que Marlene se arrodilló y se coló bajo ella, colocando sus labios sobre la ostra de la que sus dedos aún no se habían zafado.
Los sacó instantes después para posarlos sobre su propia perla, incapaz de contener las olas de lujuria que la estaban hostigando.
Marlene parecía ser una persona con especial talento de circo; cada extremidad en uso de su cuerpo se movía a su propio ritmo y con un patrón singular.
El dedo trasero se movía surcando suavemente el interior de su novia, mientras los que se paseaban sobre su propio cuerpo lo hacían en círculos veloces.
Si hubiesen estado en un vaso de agua, habrían formado un torbellino.
Su lengua, entretanto, trazaba veloces líneas de saliva sobre el clítoris de su amada.
Deseosa de estrenar el juguete, Andy condujo un segundo dedo de la aprendiz hasta su orificio trasero.
Entró, pero la sensación no fue tan agradable como la primera vez, puesto que el lubricante escaseaba de nuevo.
Se miraron y Andy tiró de la mano de su pareja para sacarla de su interior y corrió a coger la botellita azul del cajón de su mesita de noche.
Marlene se levantó con las rodillas doloridas de posarlas contra el duro suelo de madera, y fue a paso más lento hasta la cama.
Andy la esperaba ya allí, arrodillada y con las piernas abiertas para que se pudiese colar entre ellas.
Andy estaba tan nerviosa que el pegote de lubricante que exprimió del bote cayó sobre la tripa de Marlene, quien pegó un respingo al contacto con el frío líquido.
Entonces se rio y lo recolectó con los dedos.
El líquido se calentó, y cuando Marlene lo extendió en la entrada trasera de su compañera, ésta se estremeció.
Retomando el ritmo pausado que aquella práctica requería, Marlene introdujo primero su dedo índice.
Asegurándose de que su compañera de juegos no había perdido la dilatación con tanta emoción, introdujo el dedo corazón unos segundos más tarde.
Andy se sentó sobre los labios de su enamorada, dejándole el suficiente espacio para que pudiera maniobrar bajo ella, pero a una distancia a la que su lengua pudiese volver a acariciarla.
Así prosiguieron durante un tiempo, Marlene succionando el néctar de Andy mientras ella gemía y empujaba para sentir el rozamiento de cada milímetro del cuerpo que la tocaba.
Andy se levantó y cogió la cola que tanto había pedido.
Desde donde Marlene se encontraba no se podía ver cómo la punta de silicona se adentraba en las profundidades, pero sí la cara de gusto que se le quedó a la más atrevida de las dos al sentir como aquel objeto duro y suave se fijaba en su ano.
El coño de Marlene palpitaba de deseo porque aquella mujer la tocase, por tocarla de nuevo a ella y por darle el mayor placer que le había ofrecido hasta el momento.
Su amante le tiró de los brazos para que se encaramara mejor a la cama.
El cuerpo de Marlene se asomó entre los pliegues de su pijama.
Aunque Andrea adorase aquella prenda, estimó que era hora de quitársela.
Deslizó la camiseta hacia arriba mientras Mar se despojaba de los pantalones retorciéndose sobre las sábanas y empujando con las piernas.
Las bragas acabaron formando una bola encima de la sedosa ropa instantes después.
A continuación, una vez ambos cuerpos estuvieron plenamente despiertos y descubiertos, Andrea se colocó a cuatro patas encima de Marlene y hundió su rostro entre las piernas de su reflejo a la vez que bajaba las caderas para encontrarse con la barbilla de su amante.
Eran perfecta simetría, mostraban una armonía tal que hasta el más puro de los puritanos se vería conmovido por su belleza.
Andy lamía el jugo de Marlene como si fuese agua fresca del río. Su nariz rozaba contra los labios de la otra, incitando a Marlene a que subiese las caderas para sentirla durante más tiempo. Mientras tanto, ella le devolvía el favor a Andrea jugando con la cola que ahora asomaba entre sus nalgas.
Sus gemidos se mezclaban en el continuo que formaban sus cuerpos. Sentían que eran una misma mujer, que la tensión de una aumentaba la de la otra, y que aquella excitación se esparcía por sus dos figuras como una nube que augura tormenta.
Y así siguieron hasta que, llevadas por el ardor, el cariño y la sencillez física de lo que estaban haciendo, llegaron al clímax.
Andrea calló rendida sobre Marlene, exhausta por un placer tan envolvente que la había dejado noqueada.
Por su parte, Mar disfrutaba del calor que le daba su amante, y de la sensación de sentir su piel desnuda.
Y, por qué no decirlo, también de las vistas que ahora podía disfrutar con mayor calma y admiración con la cabeza pegada al colchón.
Aquel juguete, tan discreto como llamativo, parecía encajar perfectamente dentro de su novia.
Le desconcertaba tanto ver un objeto extraño decorando su trasero respingón que no lograba dejar de mirarlo para estudiar el contorno de su amada alrededor del mismo.
Aburrida del letargo, Andy se levantó y fue de nuevo al baño.
—Oye, ¿y si me lo dejo puesto para ir a casa de mis padres?
Marlene frunció el ceño, sin saber muy bien hacia dónde estaba yendo la conversación.
—Le puedo hacer un agujero a los pantalones y sacarla por ahí, ¿qué te parece?
Marlene abrió los ojos como platos nada más oír aquellas palabras, y en su boca se dibujó una mueca de preocupación.
La escena del padre de Andy gritando nada más ver aquella clara señal de lascivia se había presentado en su mente de golpe.
Aquello no acabaría bien, pero sabía que intentar convencer a Andy de que cambiase de opinión una vez había tomado una decisión era inútil.
Debía pensar bien qué decir para intentar que aquel capricho no les arruinase la velada; Andy era cabezota, pero su padre lo era más, y cada uno de sus comentarios iría cargado de veneno.
Sabía que si se aventuraban a una discusión, sería la hija la que saldría peor parada: su padre conseguía que volviese a ser la niña que había intentado continuamente complacer a un hombre tan recto que dolía.
Mientras escuchaba el agua de la ducha caer, caviló sobre cómo podría enfocar aquello sin que la causante de su angustia se pusiera a la defensiva.
Entonces no solo discutiría con su padre, sino también con ella.
Marlene, todavía sentada en el borde de la cama, se estaba mordiendo el labio con fuerza cuando Andy salió del baño.
Ésta se la quedó mirando en el umbral que antes habían usado como soporte.
—¿No creerías que iba en serio? ¡Claro que no me voy a recortar los pantalones para provocar a mis padres!
He aprendido la lección: me quieren mucho, siempre y cuando me comporte como la niña buena que no soy.
—Andy guiñó un ojo—. Prefiero tener la fiesta en paz hoy.
Al fin y al cabo, es mi cumpleaños. No quiero que nadie me amargue el día.
¿Para qué forzarlo si ya tengo mucha otra gente menos idiota que me quiere hacer pasar un buen rato?
Marlene sonrió aliviada, aunque no demasiado.
Sabía que aunque esta vez parecía que no iba a tener que presenciar ningún escándalo en público, con aquel hombre nunca se sabía.
Había ido aprendiendo qué temas podían ser peliagudos, y había confeccionado una lista bien completa.
Los peores temas eran leches veganas, política, por supuesto, y cualquier alusión a que Andy y ella eran pareja o novias.
“Amigas” o “compañeras” parecía ser la línea en la que mejor podían evitar pasar una tarde pasivo-agresiva.
—Ey, —dijo Andy, acercándose hasta ella— sé lo que estás pensado. Sabes que es duro para mí, pero cada vez me afecta menos. Sé cuál es mi familia, y a quién tengo que escuchar realmente.
Andy frotó su nariz contra la de Marlene y la ayudó a levantarse. Cuando entraron ambas en la ducha, Marlene vio aquel juguetito, que tantos dolores de cabeza le había traído, guardado de nuevo en su caja de plástico, a salvo de miradas indiscretas.