Las Bambis crecen
—CARI... —MARLENE ZARANDEÓ el hombro de la figura que dormía a su lado, de espaldas a ella—. Andy... ¿qué día es hoy?
—Mmmm.
—Venga, ¡que es un día muy especial! Tenemos tantas cosas por hacer que si no te levantas no vamos a poder pasar tiempo a solas. Y esa sería la mejor forma de celebrarlo, ¿no?
Marlene enterró su rostro en la curva del cuello de Andrea.
El olor delicioso de la inocencia del sueño se había convertido en su fragancia favorita desde que habían dormido juntas la primera vez.
Bueno, quizá su segundo aroma favorito. Había otro que le hacía perder la razón incluso cuando lo olía sobre sus dedos horas después de haberlos impregnado.
La figura, que hasta ese momento había parecido inerte en su profundo sueño, se revolvió ante las cosquillas que le hacía la respiración de su parlanchina compañera.
Eran las nueve de la mañana de un sábado, ¿por qué le hacía esto?
Había tiempo de sobra para celebrar su cumpleaños aunque se despertasen a las once.
De todas maneras, estaba acercándose a la edad donde los cumpleaños pasan de ser motivo de fiesta a un aliciente para enterrarse bien profundo bajo las sábanas y rezar por que el mundo no se dé cuenta de que has envejecido un año.
Echaba de menos la ingenuidad de la infancia y la despreocupación de la adolescencia, y veía demasiado cerca la pesadumbre de la madurez.
Tenía demasiadas responsabilidades en un mundo diseñado para llevarle la contraria.
Pero Marlene seguía insistiendo. Estaba siendo incluso más empalagosa que de costumbre. Sabía de sobra que Andrea no era persona de mañanas, y aun así le seguía comiendo la oreja para que saliese de la cama.
—Si te levantas, te hago un café mientras abres tu regalo. Uno de bar de diseño: con espumita, azúcar y canela. Quién sabe, igual cae también alguna galleta recién hecha.
Galletas caseras de Marlene. Andrea fingió desperezarse desinteresadamente, como si no hubiese estado gruñendo internamente y haciéndose la muerta hacía unos segundos. Le dio un beso casto a su compañera en los labios; no quería dejar escapar ni un suspiro de su aliento mañanero.
—¡Buenos días, cari! —exclamó Marlene. Después de tanto tiempo, Andrea seguía sin entender cómo podía estar de tan buen humor desde el momento en que abría los ojos.
—Buenos días, Mar —respondió Andrea a media voz.
Si bien el optimismo de su novia le podía parecer absurdo a veces, siempre se lo acababa contagiando.
Se le empezó a escapar la sonrisa que siempre le salía al darse cuenta de que podía despertarse otro día más a su lado.
Aunque habían pasado ya dos años desde que comenzaron a vivir juntas, aún recordaba la sensación de vacío que había sentido cuando eran pareja pero se despertaba sin sus caricias matinales.
—Venga, vamos a la cocina, que las galletas deben de estar a punto de quemarse.
Marlene arrancó las sábanas de la cama, y con ello disipó los últimos restos de somnolencia que flotaban en el ambiente.
A Andy no le pasó desapercibido que Marlene llevaba el pijama que tanto le gustaba porque contrastaba de forma tan elegante con su piel morena.
Era granate y sedoso, tan holgado que, cuando levantaba el brazo, la camisa se le subía hasta el inicio de las costillas.
Eso le permitía a Andy apreciar las curvas que habían estado ocultas tras la tela.
Sus favoritas eran las que seguían el contorno de la cadera de Marlene y apuntaban hacia el sur, hacia lo que comenzaba a insinuarse en la frontera de los pantalones de tiro bajo.
Siguió el olor de las galletas y el contoneo de su pareja hasta la cocina.
El calor del horno cargaba el ambiente, pero la cristalina luz de invierno que entraba por la ventana les permitió apreciar la atmósfera bochornosa; podían ver las estrellas de hielo al otro lado del cristal.
De todas formas era un precio razonable a pagar por los bocaditos dorados que salían en ese momento del horno.
Había otra cosa más que distraía la atención de Andy: el paquete rojo, casi tan rojo como el pijama de Marlene, que descansaba sobre la mesa.
Parecía que lo habían dejado ahí sin mucho cuidado.
El mantel se arrugaba bajo el rectángulo envuelto, y la planta que usualmente estaba en el centro de la mesa había tenido que recular ante aquellas olas de tela hasta colocarse ligeramente desviada de su tradicional posición central.
Eso no era propio de Marlene. Toda la seriedad que le faltaba cuando hablaba con otras personas la aplicaba cuando trataba con objetos: todo estaba siempre en su sitio, con ángulos perfectos de 90 o de 180 grados.
Cualquier arruga era inmediatamente alisada y todo tenía su sitio.
Aquel regalo debía de ser importante si había descuidado su dominio sobre la organización de un territorio tan suyo como era la cocina.
Haciendo alarde de la travesura de su niña interior, Andy se sentó encima de la mesa, intentando ocultar la sonrisa malévola que amenazaba con delatarla demasiado pronto.
Marlene se volvió al ver su movimiento por el rabillo del ojo, siempre atenta a todo lo que ocurriese sobre su propiedad.
Andy estiró el mantel, cerciorándose de que no quedase ni una sola imperfección. Sabía que Marlene estaría absorta hasta ver el resultado final, aun con la bandeja de galletas quemándole la mano.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Andrea, coqueta.
Marlene chasqueó la lengua.
—Déjame, que sabes que cuando me pongo nerviosa se me va. Abre el regalo, anda, que así me relajo.
—No, no, mejor primero las galletas. —No era frecuente ver a Marlene alterada, y Andrea quería aprovechar que las tornas habían girado para jugar un poco.
Se sentaron a la mesa, pero Marlene no podía evitar echarle vistazos rápidos al paquete que destacaba contra el pálido mantel, creyéndose discreta.
Andrea intentó comerse las galletas despacio.
El placer que le daba notar la masa caliente y mullida ceder ante sus dientes y las pepitas de chocolate a medio derretir quemarle la punta de la lengua no podía competir con el de alargar la pueril inquietud de su novia.
Sin embargo, la intención le duró poco, puesto que aquellas delicias le pedían a gritos que las devorase.
Las galletas desaparecieron de su plato en unos minutos, y los ojos de Mar seguían danzando entre Andy y el paquete.
—Anda, vale, que ya lo voy a abrir. ¿Por qué estás tan nerviosa? Solo es un regalo.
La cumpleañera rompió el envoltorio sin cuidado alguno.
Vio la primera caja y frunció el ceño, concentrándose en mantener sus ilusiones a raya.
Giró la mano para poder ver el lateral del segundo paquete y así confirmar o desmentir sus sospechas.
Efectivamente, era lo que había pensado.
Relajó el ceño y sus labios dibujaron una sonrisa igual de pícara pero algo menos maliciosa que la de hacía unos minutos.
Su novia la miraba atentamente, buscando su reacción.
Habían hablado del regalo hace meses, pero Marlene se había mostrado muy reticente a explorar allá por donde Andy la quería llevar.
El salto mental que había tenido que dar era merecedor de una medalla.
Había necesitado mucho tiempo para entender que Andy tan sólo buscaba una forma de recuperar la inocencia que le habían arrebatado en su infancia.
Vivir con su padre no había sido fácil, como tampoco lo era visitarle en la actualidad.
Disfrazarse era una forma de bajar las barreras que tanto le costaba tanto eliminar incluso con la persona que más segura la hacía sentir.
Marlene hacía lo que podía, pero intentar reconstruir la autoestima de Andy no era tarea fácil.
Tampoco era su responsabilidad, en cierto sentido, pero había logrado enfrentarse a sus propios prejuicios para tenderle una mano a su novia.
Dar un paso más hacia el absurdo, hacia hacer el tonto, no le parecía tan difícil a Andy en la cama como se lo parecía en público.
Opinaba que el sexo, aún siendo el momento más digno que tenemos como seres humanos, era ridículo por naturaleza.
Se le iluminaron los ojos al darse cuenta de lo que el regalo implicaba.
El juguete era lo de menos; se sabía escuchada.
Sacó los paquetes del envoltorio como si fuese el contenido, y no su compostura, lo que amenazaba con romperse.
Abrió el primer paquete, el más liviano, y se puso la diadema con orejas en la cabeza.
Pensó que a Marlene no debía haberle resultado demasiado difícil encontrarla en aquella época festiva.
A continuación abrió el segundo paquete.
Del interior sacó un precioso pompón con forma de cola de gamo, unido al inicio a una pequeña punta de silicona negra.
El tacto de aquel material le encantaba.
Esa suavidad rígida pero moldeable le parecía tan sensual como el acto mismo de introducir el juguete en su interior.
Acarició sus suaves curvas, ensimismada.
Le calmaba aquella pelambrera que a otros podía incomodar.
Le daba un espacio para perder mínimamente la cabeza y recobrarla de nuevo con un ritual claro; se iniciaría al ajustar la diadema en su cabeza y tocaría a su fin al destaponar la puerta de atrás de nuevo.
Aquella ceremonia estaría ahí siempre que la necesitase.
—¿Te gusta?
Mar sacó a su amante de sus cavilaciones.
Sí, sí que le gustaba. Le gustaba tanto que se había olvidado del por qué del regalo, y de que seguía en la cocina con otra persona.
A modo de respuesta Andy agitó el pompón y miró traviesa a Mar por la pequeña rendija que dejaban sus párpados entornados, buscando la complicidad en la mirada de su enamorada: aún tenían un par de horas antes de ir al restaurante a comer con su familia.