Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 Equipaje #2
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Equipaje #2

Las mallas, tan cómodas para llevar y tan difíciles de quitar, cayeron tras una corta pelea, seguidas rápidamente de las bragas.

Su cuerpo me devolvía el calor del día como las piedras tostadas por el sol.

Pensé que su piel debía de ser muy bonita bajo la luz de la luna, la cual apenas se adivinaba tras el halo de todas las farolas y la luz de las ventanas vecinas.

Apunté esa idea al fondo de mi mente, pensando en usarla luego para convencerla de que pasease de noche conmigo por los pueblos más pequeños de Francia hasta la montañosa frontera con España.

Igual hasta podríamos disfrutar de una noche salvaje al lado de algún río, durmiendo en el coche que había alquilado para el viaje.

Nos enredamos. Un brazo por aquí, una pierna por allá.

Nuestras lenguas volvieron a cruzarse a la puerta de nuestros labios, pero no nos quedamos ahí.

Sus pequeños pechos se posaron sobre mi boca, primero el derecho y luego el izquierdo, intercambiándose cuando mis dientes rozaban sus puntas, que se endurecieron al mojarse de mi saliva.

Sus nalgas cabían perfectamente en mis manos, pero no era ahí donde ella las quería.

Sin ningún disimulo, elevó las caderas y prácticamente lanzó mi mano contra su pubis.

Para acatar sus deseos, sin embargo, tenía que cambiar de posición; mi mano por el momento no era contorsionista.

Deslicé a Eri sobre mí hacia un lado. Mientras me deleitaba entre sus mechones, ella se agarró a mi carne, dejándome la marca de sus uñas como un recordatorio pasajero que me torturaría durante varios días.

Notaba que la tensión de su cuerpo iba in crescendo.

Su espalda se arqueaba, echaba la cabeza hacia atrás y subía los hombros, de modo que sus orejas casi los tocaban.

Tenía el ceño fruncido y se mordía los labios.

Sonrojada y con los cabellos esparcidos por la manta y su rostro, parecía al mismo tiempo presa y cazadora de su deseo.

Con la misma violencia que antes, como si yo fuese una muñeca de trapo, apartó mi mano de su entrepierna y me empujó para que me quedase boca arriba de nuevo. ¿Por quién follaba ella? ¿Por mí, por ella o por las dos?

Agarró mi mano y buscó los dedos que estaban mojados de su flujo.

Los introdujo en su boca y sorbió hasta la última gota, incluso colando su lengua entre mis dedos y rebuscando entre las dobleces de las falanges.

Me abrió entonces las piernas y bajó para inmiscuirse entre ellas.

Suspiré al notar su saliva. La imagen de ella relamiendo mis dedos estalló como un fogonazo en mi mente.

La parte quizá más íntima de ella se estaba mezclando ahora con la mía.

Miré hacia abajo, buscándola, y me encontré con sus ojos, que refulgían como antes cuando había jugado conmigo para que confesase mis intenciones y así evitar tener que mojarse ella primero.

Sentí su lengua aplanada contra mi vulva: humedad, calor y fuerza.

Parecía empeñada en volver a limpiarme, esta vez de mí misma, trazando círculos amplios cubriendo la totalidad de mis labios.

Había decidido que para ello tenía que mover la cabeza al completo, jugando con la excitación que me provocaba ver una coreografía tan evidente de lo que hacía entre mis piernas.

Su cabello me hacía cosquillas en las ingles cada vez que pasaba por su lado.

El movimiento era nuevo, y por ello podría decir que fue incluso excitante durante algunos momentos, pero era demasiado burdo para que surtiese efecto por sí mismo.

Empecé a mover la cadera para seguir el recorrido de su lengua de forma que me tocase donde yo necesitaba, pero ella no me dejaba.

Cambiaba la dirección repentinamente, paraba y volvía a empezar a otra velocidad.

Mi exasperación crecía por momentos. ¿Acaso era yo la primera mujer con la que se acostaba?

¿Nadie le había dicho que eso no funcionaba?

Dudaba mucho que aquel movimiento le gustase siquiera a ella misma cuando se tocaba a solas.

Supongo que mi exasperación se hizo patente en mi cara, en la tensión de mi cuerpo, en la agresividad de mis movimientos de cadera.

Cuando estaba a punto de reunir la suficiente valentía para pararla, apretó mis caderas contra las mantas y me sonrió.

No era la sonrisa despreocupada de antes, sino una que nacía del placer de tentarme y frustrarme, a sabiendas de que ella tenía en su poder mi satisfacción.

Recorrió de nuevo mi vulva con la lengua, esta vez en línea recta, hasta llegar al clítoris.

Ahí se paró y trazó círculos mucho más pequeños que los anteriores. Tras un par de vueltas dijo:

—Ahora sí, ¿verdad?

La sonrisa oscura volvió a sus labios. O igual nunca se había ido; desde mi posición no podía verle la mitad inferior de la cara cuando estaba ocupada entre mis piernas.

Siguió. Me di cuenta de que no la entendía, y de que, por tanto, no podía predecir lo que iba a hacer, ni saber por qué actuaba de esa manera algo retorcida, buscando más mi irritación que mi satisfacción.

Una semilla de duda germinó en mi interior.

¿Quería de verdad volver a verla si me generaba esta inquietud?

Pero no quería pensar en eso ahora. Me limité a disfrutar.

No soy de orgasmo fácil, con lo cual sabía que iba a necesitar mucho tiempo para llegar al clímax.

Si es que llegaba. Las lenguas se cansan rápido cuando no reciben nada a cambio.

O eso me digo yo para justificar la culpa que me invade cuando estoy tumbada esperando el final que nunca llega.

¿Cómo va a llegar, si estoy más perdida en mi cabeza que entre las sábanas?

Mi solución: dar más que recibir para que. .. ¿le merezca la pena?

Por eso la tumbé de nuevo sobre las mantas y me coloqué sobre ella dada la vuelta: mi cabeza entre sus piernas y la suya entre las mías.

Su entrepierna no olía a menta, pero eso no me desalentó.

La humedad me cubrió al acercar mi rostro a su vulva.

Era una humedad pegajosa pero efímera en mi boca, una delicia que no era menos suculenta por abundante.

Me empapé de ella y deseé que fuese de aquellas mujeres cuyo aroma persiste en la piel incluso tras lavarse la cara varias veces.

Si hubiese sabido que se iría sin mirar atrás igual no hubiese deseado lo mismo.

Su lengua volvió a controlar mi placer. Ahora que yo también me hallaba inmersa en sus delicias, notaba que sus exploraciones entre mis pliegues eran más intensas pero menos controladas.

Yo misma notaba ese efecto en mí, luchando entre la concentración que necesitaba para hacerla gemir y la desconcentración en la que inevitablemente caía cuando su lengua rozaba mi clítoris.

Sentía cómo el orgasmo se iba cargando entre mis piernas.

Para mí suele ser un camino largo, como he dicho antes, pero una vez empiezo es difícil distraerme del objetivo.

Poco a poco tensaba las piernas, los pies, el abdomen, los brazos y, finalmente, el cuello.

Lo único que permanecía relajado, puede que incluso más de lo usual, era mi coño.

Todas mis preocupaciones eran execradas a través de mi vagina.

De tanto en tanto me venían pensamientos que pretendían asfixiarme, insinuando que cuando aquello terminase, terminaría también todo lo demás, pero no lograba mantener aquellas ideas en mi cabeza por mucho tiempo.

Las pulsiones de mi entrepierna iban expulsando mis demonios.

Por eso cuando terminé lento, a mi ritmo, tras llevarla al orgasmo un par de veces, todo parecía maravilloso.

Creía haber hecho una buena gestión de mis expectativas, aunque no me había permitido contemplar ninguna alternativa a ellas.

“No voy a posponer mi avión” significaba en realidad, a mi parecer, que aún no había tomado la decisión de hacerlo.

Pero lo haría, cambiaría de opinión. ¿Cómo iba a viajar al día siguiente después de lo que yo le había dado?

No se me ocurría pensar que, en realidad yo para ella no era más que una desconocida que le había proporcionado un par de orgasmos, ojalá memorables.

Pero un orgasmo o dos, para aquellas con la suerte de tenerlos asegurados, no son nada.

Los pueden sacar de cualquier parte, incluso de entre sus manos.

Nos quedamos tiradas encima de las mantas un rato, hasta que el fresco combinado con nuestro sudor nos invitó a taparnos. Nos pusimos la ropa en silencio. Cuando bajábamos por las escaleras Eri empezó de nuevo a dejar fluir las palabras.

—¿Podemos ir a tu habitación a dormir? En la mía todas las camas están ocupadas y es imposible compartir una individual entre las dos.

—Sí, en la mía hay un par que están vacías.

Me costó un rato dormirme. Le estaba dando vueltas a esto último. Si en lugar de irse de vuelta a su habitación había venido a la mía, si en lugar de usarme únicamente para su placer me buscaba después del clímax, ¿significaba que se quedaría? ¿Querría pasar más tiempo conmigo?

Me despertó a las nueve con un par de empujones.

Su delicadeza, que yo había creído innegable por su dulce sonrisa cuando nos conocimos, no había incrementado ni un ápice tras el descanso.

Dijo que no le quedaba tanto tiempo, puesto que se debía marchar al medio día, y me sugirió desayunar juntas.

Croissants, zumo de naranja, tostadas y despedidas.

O sea que no se quedaba. Seguí la conversación como pude mientras mi cabeza le daba vueltas a lo que había pasado.

No lo podía entender. ¿Por qué seguía hablando conmigo, por qué quería mantener la relación amistosa si no nos volveríamos a ver?

Fue triste comprender que mi falta de autoestima era tal, que incluso cuando se me trataba como algo más que un medio de gratificación sexual, no lo lograba asimilar.

Y ha sido duro comprender que, hasta habiéndolo asimilado, no sé cómo poner en práctica semejante evidencia.

Al final, antes de irse, hizo quizá lo peor que podría haber hecho por mí. Me dio esperanza. O así lo leí yo.

—¿Me das tu número?

Extrañada, le pregunté por qué lo quería, puesto que se marcharía de Madrid antes de que yo llegase.

—Aún me quedan tres años de estudio por aquí cerca. Quién sabe, igual me gusta tanto Madrid que me vuelvo a pasar por ahí. Y si voy, me gustaría volver a verte, si te apetece.

Al ver mi sonrisa (¿era la primera vez que sonreía tan honestamente desde que nos conocíamos?), aclaró:

—Pero no me esperes. Que vuelva no depende de ti.

A pesar de su advertencia, que me borró la sonrisa de sopetón, le di mi número.

Aún con la sensación de agitación que me floreció plenamente en ese momento, sentía que necesitaba dárselo, mantener la puerta abierta.

Si me volvía a escribir, sería una nueva oportunidad para demostrar que merecía la pena.

Así que ahora ando aquí, esperando en mi propia ciudad a una visitante pasajera por una promesa tambaleante.

Por un “quizá” y un “¿qué pasaría si...?”