Equipaje
IGUAL NO LO SABES, pero nuestra mente tiene una capacidad infinita para reinventarse.
Creemos que recordamos todo tal y como pasó, pero resulta que no.
Adornamos nuestros recuerdos, ya sea a propósito o sin querer.
Añadimos detalles superfluos, los cambiamos para que se parezcan más a cómo querríamos que hubiesen ocurrido.
Lo bonito se vuelve más bonito, lo feo más feo.
Otras veces los remodelamos tanto que parecería que dos personas contando el mismo suceso presenciaron dos eventos distintos.
¿Cómo podemos, pues, fiarnos de nuestros recuerdos? No podemos. Sólo nos queda rememorarlos como lo que son: un relato bañado de nuestra subjetividad. A todas nos gusta contar historias, y más si podemos oscilar en la frontera entre ficción y realidad.
Entonces, quizá, la historia que voy a contarte esté endulzada en los momentos bonitos y tenga un toque más ácido, como si me hubiese pasado con el limón, en los momentos más tristes.
Pero tómala como lo que es: una película antigua revelada en la parcialidad de su creadora.
A todas nos gusta escuchar historias, y más si oscilan en la frontera entre ficción y realidad.
ERI ERA GUAPA, DE ESO no cabía duda, aunque no fuese una belleza tradicional de ojos azules y pelo rubio.
Pero eso no fue lo que me llamó la atención.
Lo que me hizo sentarme a la mesa donde estaba ella charlando con otros de tantos mochileros que mataban el tiempo en el patio del hostal fue su risa.
Una risa tímida que parecía querer ocultar algo, quizá la plenitud de su diversión, pero que a pesar de ello rebosaba por las comisuras de sus labios y terminaba adornando sus ojos.
Me acerqué a ellos con el vaso de vino que había pedido en la ventanita del bar del hostal que daba hacia el exterior y me acoplé a la conversación como si tal cosa.
No es muy difícil cuando viajas sola. Fue interesante charlar con el grupo de estudiantes recién graduados, pero tanto Eri como yo aún éramos universitarias de primer año; teníamos la ilusión casi intacta y no entendíamos el cansancio y la apatía que los demás profesaban hacia sus carreras.
Ellos se marchaban de vuelta a Madrid al día siguiente, muy temprano, así que se despidieron pronto.
Eri y yo nos quedamos charlando, enfrascadas en una conversación que parecía no agotarse nunca.
Hablamos de Madrid, mi casa, y, por casualidad, el siguiente destino de Eri.
Le describí las callejuelas del centro, mi lugar favorito de toda la ciudad: un viaje al pasado en medio del bullicio.
Obvié que el contraste con las calles gigantes que nacen de Sol y la Gran Vía la dejaría sin aliento; prefería dejarle alguna sorpresa.
Ahora el recuerdo de narrar las maravillas de mi casa me sabe como el caramelo quemado.
Seguimos hablando. Yo dominaba la conversación, envalentonada al ver el entusiasmo con que Eri escuchaba mis historias sobre la ciudad de mis sueños.
Al cabo de un rato me preguntó por dónde se podía salir en Madrid.
Andaba buscando una forma de calmar su libido y experimentar el aparentemente famoso fragor de las mujeres españolas.
Nuestras miradas se encontraron, la suya con los ojos entrecerrados, pícara, y la mía sorprendida de que me lo pusiese tan fácil. No perdí ni un segundo.
—Puedes salir por Huertas, Chueca... Hay muchos sitios, depende de lo que quieras hacer. Pero para descubrir el 'arte amatorio español' —dije con sorna— no te hace falta esperar hasta mañana. Me tienes aquí delante.
—Has caído en la trampa a la primera. —Volvió a reír de esa forma tan suya y esta vez me uní a ella—. Me ha salido el truco redondo, ¿eh?
Recogimos nuestras cosas y subimos a su habitación.
Me instó con un susurro a no hacer ruido porque sus compañeros de habitación, los otros españoles, debían de estar ya dormidos.
Entramos de puntillas y cogimos un par de mantas que ofrecían en el albergue (no había calefacción).
Al salir nos hicimos también con uno de los cojines gigantes del sofá del descansillo de aquella planta.
Subimos las escaleras hasta el tejado. Eri me explicó que sabía de la terraza que había ahí arriba porque se lo había enseñado uno de los otros españoles, intentando impresionarla con las vistas nocturnas de aquella metrópoli.
Los encantos del paisaje urbano no la habían encandilado, pero Eri había fichado el lugar para futuros líos improvisados. Así que ahí estábamos.
Estiramos las mantas la una encima de la otra para poder tumbarnos en el suelo más cómodamente y nos recostamos mirando al cielo.
Nos quedamos así unos minutos. Cuando me cansé de adivinar dónde se escondían las estrellas tras tanta luz artificial, me giré hacia ella y vi por primera y última vez su sonrisa al completo, con dientes y todo; la había pillado por sorpresa.
Al verla así, relajada y gozosa, me invadió un deseo intenso de saborear esa felicidad.
Cogí su rostro entre mis manos y posé mis labios sobre los suyos.
Me quedé quieta disfrutando de la suavidad de su piel y la delicia de su sabor, que aún contenía trazas del vino que habíamos estado bebiendo.
El sabor se intensificó cuando abrió la boca y su aliento me invitó a seguir mi exploración.
Nuestras lenguas se encontraron a mitad de camino, en la ranura entre nuestras bocas por la que aún se colaba el fresco de la noche.
Nos deslizamos la una sobre la otra, y nuestra saliva se mezcló primero casi por ósmosis, sin fuerza, sin intención.
Luego, a medida que alimentábamos la lujuria, batallamos como dos serpientes de agua hasta que ya no podíamos distinguir dónde empezaba ella y dónde terminaba yo.
Su pelo me cayó sobre la cara cuando se irguió sobre el codo para besarme más cómodamente.
Olía a menta. No recuerdo a qué olía yo.
Probablemente a polvo y gas, los olores de la urbe, tan grandiosa en las fotos como sucia en la realidad.
De un impulso me coloqué encima de ella y escondí mi cara en la curva de su cuello; también olía a menta. Quizá fuese ese el olor del jabón genérico del hostal, de esos que te salvan de un apuro a base de destrozarte la piel. Fuese como fuese, olía deliciosamente.
Sus manos se enredaron en mis rizos cuando inspiré profundamente contra su piel. Besé la suavidad de los rincones ocultos de su cuerpo, imaginando como de sedoso debía de ser aquello que tenía entre las piernas. ¿Olería también a menta?
Aún no era el momento de averiguarlo; ya se sabe que las prisas no son buenas, y menos en el sexo.
Volví a subir hasta sus labios pasando por los deliciosos bocados con sabor a chicle que demostraron ser sus orejas.
Estaba absorta en mi camino de descubrimiento, no parecía que fuese a tener suficiente jamás, pero ella me apartó de repente y con una sonrisa me dijo:
—Qué pena que no nos hayamos conocido en otro lugar.
—¿Dónde? —le pregunté yo, confusa y molesta por esta distracción que a mi parecer no venía a cuento.
—En mi ciudad, cuando todavía vivía ahí, o en la ciudad donde estudio. O incluso en la que estudias tú. Quizá nuestra historia sería distinta.
—¿Y eso lo deduces tan solo de los besos?
—Los besos son una forma muy sencilla de saber si alguien te tiene en cuenta a ti, o si sólo piensa en sí misma. ¿Tú me besas por ti o por mí?
—Por las dos.
—Exacto.
Y siguió besándome como si nada. Yo aún no sabía que su decisión de irse de la ciudad al día siguiente era definitiva.
No sabía o no quería saber. Aunque mientras charlábamos en la terraza yo había insistido en que pospusiera el viaje a Madrid unos días más para que pudiésemos viajar juntas a mi hogar, ella se había mantenido firme en que se marcharía al día siguiente.
Sin embargo, yo todavía albergaba algo de esperanza de que se quedaría, convencida por mis proezas sexuales.
Superficial, sí. Ingenua, quizá. Pero, ¿qué otra forma tenía de hacer ver a una extraña que le merecía la pena alargar su viaje para quedarse conmigo?
Supongo que es muy bonito fantasear con otros desenlaces cuando ni siquiera te planteas intentar darle un giro a la historia.
Quizá si no hubiese tenido miedo de cortar el momento, hubiese insistido más en que “nuestra historia” la escribíamos nosotras; nosotras decidíamos cómo de larga sería. Pero no fue el caso.
Rodamos de nuevo y quedó ella encima de mí.
Me besó el mentón y la mandíbula, y bajó por mi cuello hasta la clavícula.
Trazó la línea de mi escote con su lengua, dibujando un triángulo isósceles entre mis pechos.
Me molestaban los pantalones, los zapatos, la camiseta; a pesar del fresco de la noche de verano tardío todo aquello que se interpusiera entre su piel y la mía sobraba.
La levanté de encima de mí y me deshice de la ropa. Las deportivas salieron volando hasta el borde del tejado y lancé la camiseta hacia atrás, mientras que mis vaqueros quedaron hechos un gurruño al final de las mantas.
Agarré a Eri del brazo y tiré de ella para que se colocara sobre mí de nuevo.
Su calor me templó, pero necesitaba el contacto de su piel contra la mía.
Sus manos recorrieron mi desnudez, calmando la piel de gallina que se me había puesto tras quitarme la ropa.
Yo, mientras tanto, intentaba ser delicada, pero mis manos parecían más bien zarpas al arrancarle la ropa.
Primero la camiseta, e inmediatamente después, el sujetador negro, apenas distinguible en la oscuridad.
Es curioso como la ropa puede ser clave en el atractivo de una persona, pero en seguida nos estorba una vez hemos seducido al objetivo. Es el cebo y la traba, todo en uno.