Ruinas y rascacielos #3
Me gusta esta narrativa épica, pero en el fondo sé que mi historia es mucho menos emocionante que un libro sobre la guerra.
O eso me hacen creer los descendientes de Tolstói.
De todas formas en realidad no hubo siquiera cañones metafóricos durante mi resurrección, sino grietas que se hicieron tan grandes que se llegaron a asemejar a los boquetes que dejan las bolas de cañón.
«Tú quieres estar dentro de mí y yo quiero estar dentro de ti».
Sí... eso nunca lo había podido negar. La desazón que me había consumido desde el instante en que la volví a ver fue demasiado evidente como para ignorarla.
Antes de saber que a ella le pasaba lo mismo, nos veíamos y yo volvía a casa inconsciente y alterada.
No podía parar de dar golpecitos con los pies; toda yo era una melodía arrítmica de nervios.
Me sudaban las manos cuando Antonio me preguntaba por la velada.
Hasta que no oía el sonido del móvil diciéndome que tenía un mensaje nuevo no podía parar.
Nunca se me ocurrió escribirle a ella primero hasta que Antonio se mudó.
¿Cuál de las dos cosas era mayor traición? ¿Los nervios o el mensaje?
«Olvídate de lo que fue y concéntrate en lo que será. Piensa en el primer amanecer en el que nos despertemos juntas. Piensa en el sexo mañanero, en el sabor del café en mi boca y el olor de la noche entre mis piernas».
No podía esperar a saborearla. Zambullirme entre sus piernas, comprender la gloria de mi propio sexo a través del suyo.
Un mar viscoso de lujuria. Podríamos alcanzar la sincronía perfecta, yo nadando en ella y ella nadando en mí.
Me imaginé sus caderas lo mejor que pude, adivinando sus formas por lo que se insinuaba bajo las faldas de tubo que le gustaba llevar.
Había tenido yo tantos prejuicios; no podía conciliar su apariencia de mujer formal, trabajadora, con los mensajes que esperaba de madrugada oculta tras la mampara de la ducha.
La luz desaparecería de mi campo de visión cuando Raquel se quedara suspendida a unos milímetros sobre mí.
No habría problema porque la oscuridad es mi amiga; escondida en mi sombría habitación había llorado lágrimas de pena y de felicidad.
No había podido explicarme ni siquiera ante mí misma y, puesto que mi desconcierto no parecía dispuesto a disolverse pronto, había preferido el silencio a las miradas de asombro de otros. No necesitaba más piedras en el camino.
Pero de la oscuridad impuesta por la figura de Raquel podría salir más fácilmente.
Ella se colocaría sobre mí, y cuando se volviese a levantar, magia: no más llantos, no más miedo.
Sería un bautizo de fuego que me llevase hasta mi nuevo equilibrio.
¿Qué sería lo que me hiciese estar segura de que había tomado la decisión correcta?
¿Su sabor, su olor? No. Sería mi deseo consumado. Y que ella se quedase después.
En mi cabeza se había quedado fijada la imagen de sus posaderas bloqueándome la luz de forma que solo lograse discernir, a muy detallada escala, su sexo frente a mí. No necesitaba ver nada más. Saqué de mi cajón un juguete que encajaba a la perfección con aquello que tanto deseaba.
«¿Abrirás las piernas ante mí? Quiero verte bien desplegada para poder rebañarte hasta la última gota».
Escupí sobre el juguete; no todo en el sexo es elegante.
Encendí aquella esfera vibrante y la coloqué entre mis piernas.
La palanquita, dura y maleable al mismo tiempo, giraba y me rozaba el clítoris, pasando también como por despiste sobre mis labios húmedos.
Poco a poco me iba llenando y mi entrepierna pasaba a reclamar toda mi atención.
La vibración de aquel artefacto de color lila se extendía por mi vulva, de forma que parecía que alguien –Raquel– lamía mis labios y murmuraba contra mi sexo simultáneamente.
Quizá ella sería tan atrevida en la cama como por mensaje.
Quizá me diría todo lo que todavía me deseaba hacer mientras su lengua se perdía entre mis pliegues, haciendo chocar sus palabras contra mi entrada.
Quizá el eco de su voz me hiciera cosquillas por dentro.
O quizá sintiese su aliento hinchándome, tal y como sentía que me llenaban ahora las vibraciones.
Era una sensación extraña. Consumía mi atención hasta tal punto que tuve que olvidarme de las manos, de los pechos, de todo salvo mi vulva, que lo absorbía todo y parecía crecer como una esponja con aquella tensión que se transmitía por el aire.
Dejé caer mis manos a los lados, manteniendo la bola de placer automático sujeta entre mis ingles.
Tan sólo podía sentir e imaginar. Reproduje la imagen de Raquel descendiendo sobre mí a cámara lenta.
Me fijé en cómo su coño iba ganando definición con cada replay.
Al principio solo veía los labios carnosos acercándose a mi rostro.
En la segunda vuelta, aprecié el brillo de su flujo bañando aquella zona.
En la tercera ya podía ver las arrugas. La diferencia entre realidad e imaginación se volvía difusa.
Quise agarrarla para atraerla hacia mí, pero ni ella estaba, ni mis brazos me obedecían.
Quizá mi mente aún conservaba algo de consciencia y no quería romper la ilusión.
Su cuerpo se acercó una última vez, y mi imaginación no pudo con aquello; me vi sobrepasada. Raquel venía hacia mí y ya no me quedaban trucos para volver a alejarla.
«Necesito que me devores».
Ahí estaba, justo encima. En mi imaginación, su lengua era la que trazaba el camino que recorría la protuberancia de plástico que me masajeaba, buscándome el orgasmo.
Estiré la lengua, intentando darle todo el realismo que pudiese a aquella fantasía de la que me veía incapaz de salir hasta que mi cuerpo se liberase.
Si Raquel realmente estuviese colocada sobre mi rostro, sin duda mi boca no hubiese tardado ni un segundo en posarse bajo su delicatessen rosada.
Cuando creí que su piel blanda y jugosa tocaba el final de mi lengua estirada, aceleré la máquina que vibraba en mi entrepierna.
Se me tensó el cuerpo, como si la energía de aquella batería cargada al máximo se colase en mis músculos y fuese fluyendo poco a poco hacia mi clítoris, donde su lengua giraba sin descanso.
Las vueltas habían acelerado, y con ellas también se incrementaba la velocidad a la que la Raquel imaginaria descendía sobre mí.
Mi lengua, creí yo, había desaparecido entre sus pliegues que ahora se colaban entre mis labios.
Sus caderas oscilaban con una cadencia similar a los giros del vibrador que amenazaban con romper el velo ilusorio.
Pero no debí temer que ficción y realidad se desacompasasen, puesto que entonces irrumpió en mi mente el mensaje que me deshizo.
«Te voy a hacer ver las estrellas tan de cerca, que vas a creer que estás en el cielo».