Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 Cántame al oído
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Cántame al oído

LAS LUCES ILUMINARON el escenario con un brillo inicialmente deslumbrante que se extendió con algo menos de intensidad por el resto de la sala.

Yo, que estaba al comienzo de la misma, podía ver a aquellos que se encontraban a mi lado tan bien como veía el escenario.

Estábamos todos embelesados mirando hacia los focos.

La emoción se respiraba en el ambiente. Para muchos, aquella sería una noche especial, divertida, pero no tendría ni punto de comparación con la mía.

Además de escuchar a una de mis artistas favoritas, podría conocerla.

Mi amiga Vero me había dicho que me pasara al backstage después del espectáculo para simular un encuentro casual con Maya y pedirle un autógrafo.

Estaba segura de que la artista no tendría ningún interés en que alguien viniese a molestarla tras el concierto, pero no podía dejar pasar aquella oportunidad.

El local era relativamente pequeño. Maya aún no era una artista archiconocida, pero justamente son los conciertos de estrellas nacientes los que merecen más la pena, si tienes buen oído.

Te ahorras el estrés de llegar horas antes para hacer cola porque, estés donde estés, el escenario es más que una simple miniatura en la distancia, y le puedes ver la cara a la artista que se desvive encima de las tablas.

Además, generalmente la sala no se llena, así que se puede disfrutar del show sin codazos en las costillas, y sin el sudor de los demás espectadores dándote en la cara con cada sacudida de sus cuerpos extasiados.

Aunque parece ser que yo a esta artista la había descubierto cuando rondaba el límite de la fama que empieza a incomodar.

Se podía ver que era una estrella en auge, y todas las personas que queríamos escucharla en vivo mientras todavía cantase en espacios acogedores y baratos habíamos acudido en masa.

Aquella noche estábamos más apretujados de lo normal; el pelo se me estaba pegando a la cara con la humedad de mi propio sudor y el vapor que acompaña siempre al gentío cuando se concentra en un sitio cerrado.

Intenté convencer a Maya telepáticamente de que saliera al escenario, a sabiendas de que en cuanto la viese se me olvidarían todas las molestias que padecía.

Parece que funcionó: apareció casi inmediatamente.

Se posicionó en medio del escenario y respiró profundamente varias veces con los ojos cerrados.

Su vulnerabilidad me recordó que era sencillamente humana, y no la diosa de la música en la que yo la había convertido en mi cabeza.

Sin embargo, aquella reflexión se esfumó en cuanto escuché su voz.

Abrió la boca ligeramente y sentí como el gentío aguantaba la respiración esperando a que comenzara.

La primera nota salió de entre sus labios como si fuese caramelo líquido: espeso, suave y deliciosamente cremoso.

Sentí que el diafragma se me derretía y que mi corazón y mi estómago se mezclaban lentamente; amor e instinto se hacían uno con su voz.

Había convertido mi ser visceral, una parte de mí que era desagradable en el mejor de los casos, en poesía física para mi disfrute individual.

La banda se unió a su voz tras unos segundos.

Juraría que ellos se habían quedado tan anonadados por su voz como yo.

La música me envolvió por completo y me hizo creer que estaba sola en aquel lugar.

Me creí Alicia en el País de las Maravillas cayendo por un hoyo tapizado con plumas, sin oír nada más que la música que me rodeaba.

Me asusté: no quería que algo tan efímero me transportase casi como una droga a una realidad paralela.

No quería reconocer que había otras cosas que tenían más control sobre mi mente que yo misma.

Abrí los ojos para reconectar con el presente, y aun así solo la podía ver a ella.

Parecía absorber la luz de los focos para reflejarla a continuación de vuelta hacia nosotros, pero cambiada.

Más oscura, como un espejismo de su voz. Me hallaba hipnotizada, como en trance.

No quería que el concierto terminase, no quería salir de la calma que me invadía al escuchar aquella música y, sin embargo, conseguí justo lo contrario: destrocé aquella paz en cuanto espoleé mi mente inquieta por naturaleza.

Me desboqué pensando que la tranquilidad se desvanecería en cuanto sonase la última nota.

Por suerte, mi velada no se acabaría ahí, pues todavía me quedaba el encontronazo “sorpresa” en el backstage.

Mientras la gente aplaudía, me escabullí por la puerta de atrás.

Me costó un buen rato zigzaguear entre la masa de espectadores que intentaban disfrutar de los últimos segundos en la que iban a poder ver a Maya, pero por fin salí de la sala.

Me puse el abrigo y la bufanda para protegerme del fresco traicionero de las noches de otoño.

En lugar de dirigirme hacia la parada del bus, giré a la derecha y di una vuelta por el exterior del edificio.

Giré de nuevo al final de la pared y llegué a la parte trasera del edificio, donde había una salida de emergencia bien amplia.

Bajé la barra de la puerta y empujé con fuerza.

Esta produjo un chirrido horrible contra el suelo, pero nadie vino a ver qué había sonado, así que entré de nuevo en el edificio.

Recorrí varios pasillos, más perdida que un pulpo en un garaje.

No veía señal alguna que me indicase hacia dónde debía ir para llegar a la sala u oficina donde se reunía la plantilla de aquel lugar.

La segunda ronda de aplausos anunció el fin del vis y mi paso se aceleró.

No quería perderme la oportunidad de conocer a Maya por estar deambulando sin rumbo por el entramado de galerías.

Iba tan concentrada en desentrañar qué se ocultaba tras cada puerta que me cruzaba que no me di cuenta de que mi sueño se iba a cumplir más rápido de lo que esperaba.

Para cuando la vi estaba tan cerca que no tenía ninguna vía de escape antes de que nos cruzásemos.

Se me pararon la respiración y los pasos.

La luz amarilla y tenue del pasillo oscurecía su piel y se reflejaba en ella con un tono dorado.

Podía ver las gotas de sudor atrapadas en el nacimiento de su pelo rizado.

Lo llevaba recogido en un moño alto, pero algunos rizos habían conseguido escapar y enmarcaban su rostro a la perfección.

Me centré en aquellos tirabuzones para evitar mirarle a los ojos. Me daba miedo la calidez de su mirada.

Su top apenas le cubría el escote, tapado con una tela negra semitransparente que se volvía opaca justo a la altura de sus pechos.

Estos estaban rodeados de un corsé de terciopelo verde oscuro anudado sin demasiada fuerza.

Si no ¿cómo hubiese logrado cantar? Pero la belleza seguía estando por encima de la plena comodidad, sobre todo para mujeres que, como ella, estaban en el punto de mira.

Incluso aunque la mayoría de su audiencia fuesen también mujeres.

La industria no podía perder la oportunidad de reforzar la idea de que para triunfar hay que agradar a la mirada; la masculina, por supuesto.

Igual era ella misma la que había decidido llevar ese conjunto, quién sabe, pero eso era indiferente.

Al final el mensaje era el mismo. Yo me pregunto: si hubiera decidido dar sus primeros conciertos en chándal, ¿la hubiésemos llegado a ver en aquel escenario?

Además del corsé llevaba unos pantalones de cuero atados a la cintura con una tira también verde que atraía la mirada a sus caderas. Pero yo seguía ensimismada en su pelo rizado, concentrada en acallar los impulsos que la música había despertado en mí.

Inmersa en mi lucha de autocontrol, me pregunté si realmente querría conocerla.

Igual sería mejor si simplemente me daba la vuelta y hacía como si no hubiese pasado nada.

Dicen que los famosos en persona siempre decepcionan.

Probablemente, ni siquiera sería ella misma delante de una extraña.

Aunque por otro lado, ¿podemos realmente ser otra persona?

¿O son nuestras reacciones distintas facetas de la misma esencia?

Sabía que si comenzaba a filosofar estaría perdida: si pienso, no actúo, y no tendría tiempo suficiente para reaccionar antes de que Maya llegase a mi altura.

Recurrí a la pregunta que sirve para solucionar cualquier situación: ¿de qué me arrepentiría más, de irme sin decir nada o de intentarlo aunque las cosas no fuesen como yo había imaginado?

No sirvió para nada: antes de que tomase la decisión, Maya me vio e increpó.

—¿Me habéis cambiado la mujer del atrezzo? —Se me quedó mirando, pero no me salían las palabras—. Bueno, da igual, pasa y ayúdame.

Incluso sin la armonía de una canción que la acompañara, su voz sonaba como malvaviscos calentitos reblandeciéndose sobre una llama.

Maya entró en la única habitación que había entre nosotras.

Me llegó la corriente de aire que generó al pasar.

Olía a sudor y colonia, ese olor ácido que todas aquellas que hemos salido de fiesta conocemos muy bien.

Un olor que nos hace arrugar la nariz cuando no conocemos a quien que lo emana, un olor que asfixia cuando te envuelve con la humedad del baile y el agobio de las feromonas que invaden cada milímetro de aire.

Un olor que cuando vino de ella me hizo querer inspirar más profundamente para llenar mis pulmones con su aroma.

Asomó la cabeza por la puerta de nuevo cuando vio que no la seguía.

Sin saber muy bien qué hacer y con la lengua paralizada por la vergüenza, entré tras ella.

Al verme pasar mientras esperaba junto a la puerta para cerrarla, pareció entender algo de repente.

Me miró de arriba a abajo y, viendo que no llevaba la ropa de los empleados de aquel lugar, me dijo:

—Tú no trabajas aquí, ¿verdad?

Me había pillado, menuda sorpresa.