Cerezas y melocotones: Afrodisiacos #2 ¿Quién sospecharía? #3
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¿Quién sospecharía? #3

Inés nunca había sido fan del invierno. Este significaba que se acababan los almuerzos al aire libre y los paseos sin complicaciones, sin nieve, ya fuera a caballo o andando.

Significaba frío y oscuridad, y juegos de mesa en lugar de aventuras por las tierras de su familia sin tener que ser supervisada constantemente.

En verano podía al fin estar sola. Pero al llegar al convento, eso había cambiado.

Estaba segura de que echaría de menos los paseos por el jardín y la verdura fresca del huerto en verano, pero la madre superiora se vería obligada a darle a Clara y a ella una sala en el interior del convento cuando empezasen a bajar las temperaturas.

El camino hasta dicha sala sería más arriesgado, puesto que todas las muchachas que ahí se hospedaban andarían deambulando por los pasillos, pero una vez dentro, los candados asegurarían la posibilidad de desnudarse sin miedo.

Al contrario que ahora, en el jardín. Aunque el nerviosismo de Clara se había difuminado una vez habían comenzado los besos, Inés sabía que no se dejaría desnudar, tanto por vergüenza como por el desasosiego que le generaban la hierba y los bichos.

Inés tendría que lidiar con las faldas de Clara que se metían en medio y el corsé que bloqueaba sus pechos.

Era frustrante moverse entre la tela y las ramas del arbusto, pero tenía demasiada necesidad de Clara como para que esas nimiedades le frenasen.

Besó los pechos de su enamorada, rebosantes por la presión del corsé.

La certeza de hallarse tan cerca de aquella rosada piel que nadie más debía ver le provocó un escalofrío.

Tan visible y tan prohibida, la eterna dicotomía de las mujeres. Desvestidas pero recatadas.

Podía sentir en su lengua el contraste entre el frescor de la carne expuesta y el calor que manaba de entre los dos pechos. Un entrante tentador al calor del cuerpo de su amada, al que, por el momento, no podía acceder.

El pelo de Clara se enredó en los arbustos al echar la cabeza hacia atrás, liberando espacio para que Inés pudiese seguir lamiendo su piel.

Habían sido educadas en el silencio y, aunque generalmente tenían gran autocontrol, cuando Inés daba rienda suelta a su lujuria, a Clara le costaba mucho no unirse.

Si accedía a los primeros besos, se dejaría llevar y no podría parar hasta que su cuerpo clamase tregua.

Clara empujó la cara de su amante entre sus pechos.

Inés aprovechó para inspirar su olor. La cruz que se escondía entre los dos montes que tanto adoraba fue un indeseado recordatorio de la jaula que la contenía.

Entre las multitudes que promulgaban el amor al prójimo, la asfixia era todavía más palpable.

Si no encajabas en su molde, se hacía complicado respirar.

A pesar del armatoste que envolvía a Clara, Inés logró liberar los pechos a base de lametazos y pequeños empujones con la nariz, emancipando poco a poco la carne que quería devorar.

Observó como el corsé se contraía, elevando esas delicias por encima de los alambres.

Acto seguido, recorrió la piel translúcida hasta llegar al cuello, mientras Clara colaba sus manos por debajo de los atuendos de Inés, tocando una piel que tampoco había sido besada por el sol jamás.

Los ungüentos de las curanderas y la falta de trabajo, se habían encargado de mantenerla suave como la de un bebé.

El tiempo corría. Podían ver como el atardecer iba persiguiendo su deseo, y la angustia de la despedida sumaba a la agitación de ambas.

No había tiempo que perder, así que Inés se coló entre las faldas de Clara.

La fragancia de su cuerpo se concentraba bajo el manto de ropa, y se mezclaba con aquel más intenso que era específico de la joya entre sus piernas.

Le esperaba una delicia, una oportunidad de deleite entre tanta tristeza.

Dicen que la felicidad está en dar, y que es incompatible con el apuro del placer, y en aquel instante Inés no podía estar más de acuerdo.

Como si se tratara de las aventuras que corría de pequeña, Inés gateó por el túnel que formaban las piernas de su novia, besando aquellas extremidades que la habían traído hasta ella.

También agitada e impaciente, Clara elevó las caderas para que Inés pudiese bajarle la ropa interior.

Haber avistado el tesoro volvió algo demente a Inés y sonó un claro crack que indicaba que alguna costura había cedido.

A pesar del miedo que hubiese suscitado en Clara ese sonido si estuviese en sus cabales, lo ignoró y animó a Inés a seguir su exploración con un movimiento de cadera.

Inés, fascinada con el órgano húmedo y caliente que tenía delante, se tomó su tiempo en acceder a él, jugando con el deseo de su compañera, abriendo los labios primero para apartar el vello salvaje que le haría el abordaje más incómodo.

Su lengua se deslizó entre sus dientes, intrépida pero lenta: si comenzaba a lamer, aquella visión que tenía ahora delante desaparecería por la cercanía de su rostro al preciado tesoro.

A pesar de sus intenciones, Inés no pudo aguantar demasiado antes de buscar el suave tacto de los labios de Clara, así que intentando guardar en su memoria aquella esplendorosa imagen para momentos más solitarios, se acercó hasta ella para rozarla con su lengua.

Al tocarla, oyó algo como un carraspeo. No parecía la reacción habitual de Clara, pero siguió, creyendo que su amante pretendía ser discreta y aguantar el gemido que podía delatarlas.

Escuchó un segundo carraspeo, e instantes después la mano de Clara chocó contra su frente –por suerte acolchada por la ropa de la agresora– y la paró en seco.

Inés retrocedió como pudo hasta salir de entre las faldas, con el ceño fruncido.

Clara nunca la había parado anteriormente.

Pero cuando pudo ver su rostro, girado y más pálido de lo normal, supo que no era ella el problema.

Despacio, con las mejillas sonrojadas de antemano de excitación y vergüenza, siguió la mirada de Clara hasta encontrar el severo rostro de sor Ágata, que las estudiaba con los brazos cruzados.

Sus labios, que apuntaban hacia el suelo, sentenciaron lo evidente:

—Ya es la hora. Dense prisa.

Sor Ágata giró sobre sus talones y esperó.

Clara se levantó como si tuviese una fogata bajo las nalgas y se pellizcó varias veces la sensible piel en la que Inés se había deleitado hacía algunos momentos al intentar volver a colocar sus pechos en la prisión que era su vestimenta.

Inés, en apariencia mucho más calmada, se colocó el hábito y alisó las faldas de su amada.

Clara no podía siquiera mirarla a los ojos, pero le apretó la mano para darle las gracias por adecentarla.

En un ritual absurdo que Inés solo seguía para complacer a Clara, se dieron dos besos de despedida en las mejillas y se dijeron adiós como buenas amigas, con las frases generalmente vacías que prometen reencuentros tempranos y palabras amables para la familia.

Tras una última despedida silenciosa, Clara desapareció tras la esquina del arbusto, más preciosa que nunca por el color de la lascivia que permanecía en su rostro.

Inés esperó unos segundos antes de marcharse por el otro lado, decidida a vagar por el jardín un rato hasta que se le calmasen los ánimos para asistir a la misa de la tarde.

No albergaba mucho respeto por la institución que la había encerrado en una jaula de oro, pero no quería lidiar con los pensamientos intrusivos que supondrían las piernas abiertas de Clara estando rodeada de beatas rezando el Ave María.

Las asociaciones que podía acabar formando no le traerían nada bueno.