¿Quién sospecharía? #2
Inés intentó una nueva sonrisa, pero no le salió.
Aun así alcanzó el rostro de Clara con la mano y acarició la piel suave y perfumada de su amante.
Había pensado largo y tendido sobre su situación, lo tenía todo clarísimo en su mente y, sin embargo, cuando intentaba explicarlo, las palabras se le agolpaban en la garganta, perdía la resolución, y sólo le salía llorar.
La única forma que le quedaba de comunicar su angustia era a través de su cuerpo.
Lograba liberar el estrés que le empañaba los días, y le ayudaba a canalizar el agradecimiento que sentía de que al menos Clara no la hubiese abandonado.
Amar a su compañera sin restricciones le permitía tirar por la borda la reserva y la responsabilidad que le intentaban inculcar en aquel lugar santificado, y le hacía sentir que aún estaban tan unidas como lo habían estado en su hogar, al amparo del jaleo de las galas que organizaban sus padres, escondidas por el secretismo de una habitación iluminada con una sola vela.
—Siempre estás pensando en lo mismo. Ya no quieres hablar conmigo de nada más.
—Eso no es cierto —dijo Inés, deslizando sus brazos alrededor de las caderas de Clara—.
Es que apenas tenemos tiempo para vernos y no quiero contagiarte mi pena porque no hay nada que podamos hacer.
Desgraciadamente, esto es lo que consume mi alma, pero cuando vienes tú, me das un soplo de aire fresco.
Hasta hueles distinto a este polvoriento convento.
Me traes alegría y, claro, eso reaviva mi llama. ..
Inés se acercó a la boca de Clara mientras le sostenía la mirada. Cerró los ojos cuando sus labios se tocaron. Pero el beso duró poco. Clara se separó casi al instante, mirando alrededor. Sus ojos se movían de lado a lado a una velocidad casi increíble. Ella aún tenía mucho que perder.
—No hay nadie, ya sabes que sor Ágata se encarga de eso.
A pesar de hablar con semejante seguridad, Inés se quedó meditando qué hacer. Clara seguía sin estar cómoda, eso era evidente.
—Quizás sea mejor que nos sentemos un rato en la hierba. Vayamos al fondo del jardín si eso te hace sentir mejor.
Agarró a su compañera del brazo en lugar de la cadera, para que se relajase.
No estaba dispuesta a presionarla y arruinar las breves ocasiones en las que podían disfrutar juntas.
Como vio que a pesar de sus intentos y su conversación más amena Clara no se tranquilizaba, Inés sacó el tema que, a veces, en las noches más duras, le impedía dormir.
—Clara... ¿quieres seguir viniendo? Igual esto no es bueno para ti. Corres el riesgo de que tus padres descubran la verdad, y entonces ¿qué? Te aseguro que estar encerrada aquí no es nada agradable.
—¡Inés! Ni se te ocurra decir eso. Nadie me obliga a venir y soy perfectamente consciente de lo que puedo perder.
Pero no te abandonaré así como así. No quiero estar con otra persona.
No eres un complemento de quita y pon, así que voy a seguir viniendo, al menos hasta que me lo prohíban.
O nos descubran... pero si empieza a ser demasiado arriesgado de nuevo, podemos vernos sin besarnos, ¿no?
Como amigas. Hasta que se calmen las aguas, como hicimos al principio del todo —Inés frunció el ceño—.
¿O es que eso es lo único que quieres de mí?
—No, ya te lo he dicho. Pero entonces solo seríamos amigas, ¿no crees? Y nosotras somos bastante más que eso. Ya no quiero adornar quien soy para que los demás estén cómodos.
—Entonces ¿son solo las relaciones carnales las que nos hacen pareja, las que nos hacen peligrosas?
Yo te quiero con y sin... eso. —Clara se comenzó a sonrojar.
No estaba acostumbrada a decir palabras malsonantes tan a la ligera, pero el enfado le hacía perder el control—.
Te pondría a ti antes que a casi cualquier persona.
Eso es el amor, ¿no? Parece que no supieras que nuestra relación despierta inquietudes aun cuando piensan que somos solo amigas.
Mis padres no me querían dejar venir a verte, no porque pensaran que nos traíamos algo entre manos nostras dos, su hijita querida nunca haría eso ¡sino porque no entendían que nuestra amistad fuese más fuerte que el ostracismo!
Así que no intentes convencerme de que mantenga relaciones contigo como demostración de amor.
Esa es la estrategia más baja que jamás he presenciado, y no creas que no la he oído antes.
Habían continuado paseando por el jardín, adentrándose cada vez más hacia el final del mismo. Se sentaron detrás de unos arbustos de flores púrpura que marcaban la linde de la verde extensión que era propiedad del convento. Ahí nadie las vería.
Inés decidió dejar las insinuaciones por un rato, puesto que parecía evidente que para Clara era un tema sensible y que ya había quedado algo emponzoñado.
Continuaron charlando, e Inés redirigió la conversación a temas más relajados.
Hablaron de cómo estaban los padres de Clara, del nuevo potro que habían adquirido, y finalmente, de la fila de galanes que se extendía cada semana a la puerta de su mansión.
A Inés le dolía y le emocionaba a partes iguales.
Cuando se asomaba un poco más al interior de su mente, se daba cuenta de que su fijación por reencontrarse con la carne de Clara cuando la veía no venía tanto de un deseo irrefrenable por su figura, sino más del miedo, siempre presente, de que Clara eligiese el camino sencillo.
Por eso quería tenerla siempre lo más cerca posible, piel con piel.
Porque, ¿y si la semana siguiente no volvía?
Clara aún estaba a tiempo de casarse y tener hijos, en definitiva, de vivir una vida normal.
Sería, sin duda, más fácil que seguir con las mentiras, escondiéndose de todo el mundo tras arbustos sobrecrecidos.
¿Podría forzarse Clara a amar a un hombre por lograr encajar y amoldarse a lo que se esperaba de ella?
Y, sin embargo, en lo profundo de su corazón sabía que las dudas que tenía sobre la lealtad de Clara no estaban fundamentadas, aunque aún conservara el miedo que las dos habían sentido cuando se encontraban en secreto en sus aposentos en las noches de gala.
En aquel momento, Inés también hubiese hecho cualquier cosa para que no las descubriesen, quizá incluso casarse, pero la habían pillado demasiado pronto.
Suerte que se habían escrito las cartas con pseudónimos y que Clara había quemado las suyas tras leerlas.
Estaba claro que ella era la más inteligente de las dos.
Clara haría todo lo que pudiese para mantener la fachada que las protegía: organizaría una boda y múltiples bautizos, incluso, pero su amor sería siempre para Inés.
No quería ni pensar lo duro que sería eso para ella.
Al menos Inés ya no tenía que llevar careta, y podía jactarse de saber que, pasase lo que pasase en la mansión de Clara, ella volvía una y otra vez al convento, a Inés.
Llevada por la emoción y por el dolor de su difícil existencia, Inés miró a Clara fijamente.
No vio nada distinto, aun visto bajo otra luz.
Vio a una mujer como cualquier otra, y vio al amor de su vida.
El que había resistido cuando las cosas se habían puesto difíciles, manteniendo el equilibrio con maestría en una cuerda floja de medias mentiras que podría haber acabado con su libertad para seguir viéndose.
Que había domesticado el miedo, aunque volviese a mostrar su feo rostro de vez en cuando.
Clara parecía tan frágil. Pálida, delgada, asustada.
No era consciente de su propia fuerza. La intensidad de la mirada de Inés hizo reír a Clara mientras esquivaba su mirada.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
—Por nada. Simplemente me encandilas.
A Inés no le interesaba seguir hablando, y mucho menos hablar del dolor que sentía ante la ingenuidad de su amante. Juzgando por la posición del sol, ya no les debía quedar mucho tiempo juntas. Quería respetar los nervios de Clara, pero no quería irse sin un beso al menos.
El sonido de las hojas moviéndose bajo su peso alertó a Clara de que Inés se acercaba.
Esta posó sus labios sobre los de su novia, aprovechando que se había girado para mirarla.
El primer instinto de Clara fue tensarse, pero se relajó al recordar que estaban en un lugar seguro.
El calor de sus bocas les hizo olvidar la prudencia. ¿Cómo podía estar mal sentirse en casa?
Besarse era como girar el reloj de arena de la paciencia, del aguante. La saliva de la otra les daba la vida. Nadie les había explicado lo que tenían que hacer y, sin embargo, habían perfeccionado el ritual.
Inés deslizó el reverso de su mano por la mejilla de Clara, alzando su barbilla al final del trazo.
El rojo de sus labios se había corrido por su rostro, y tanto en las manos como en los labios de Inés quedaron restos del carmín cuando intentó limpiarlo, pero Clara la apartó rápidamente.
Ya tendría tiempo en el carruaje de arreglarlo.
Inés, sin embargo, iría corriendo más tarde a verse en el espejo, para recordar las emociones que sentía ahora al mancharse.
A pesar de haber repartido el pintalabios entre las dos, los labios de Clara seguían luciendo un rojo intenso, irritados e hinchados de rozarse con los de su Inés, interrumpidos esporádicamente con mordiscos.
Ambas sentían que se les acababa el aliento y aun así seguían, se alimentaban como podían del hálito de la otra y del poco aire fresco que se colaba por los resquicios que dejaban sus rostros.