¿Quién sospecharía?
SOR ÁGATA SE PRESENTÓ en los nuevos aposentos de Inés sin llamar. El respeto a la privacidad no era una de las virtudes que se predicaban en aquel convento.
—Ya está aquí la señorita Clara, hermana Inés.
—Gracias. En seguida salgo a recibirla.
—Recordad que habéis de tener cuidado. La zona trasera del jardín estará vacía hasta dentro de unas horas pero nadie debe veros caminar solas hasta ahí.
—No se preocupe, sor Ágata. Lo último que desearía es que hubiese un escándalo concerniente a este convento. De ser así, me mandarían a otro, en el mejor de los casos, y dudo que haya muchas congregaciones religiosas en las que se practique el amor al prójimo y la compasión tanto como aquí.
Aquel tono burlón solía espantar a las mujeres que habían intentado meter a Inés en vereda –jamás podrían responderle con tanto desparpajo–, pero sor Ágata era imperturbable. Al ver que no se marchaba, Inés continuó.
—Le estoy muy agradecida, no tiene nada que temer por mi parte.
Sin embargo, me consta que es usted la única conocedora de quiénes somos las pecadoras.
Todas sabemos que hay más, pero no conocemos sus nombres.
Eso nos deja en una posición de vulnerabilidad que a mí, personalmente, me incomoda, ¿entiende?
Sor Ágata tenía la mirada perdida y una sonrisa contenida en el rostro.
Parecía mirar a través de su interlocutora, un truco que usaba mucho cuando pretendía evitar algún tema.
Pero Inés sabía que era solo una fachada.
Sor Ágata no tenía ni un pelo ni de ingenua ni de inocente.
De ser así, los ejecutores de la moral hubiesen quemado el convento, ajusticiado a las monjas y disgregado la congregación años atrás.
No eran buenos tiempos para cuestionar a los líderes de la Iglesia.
Bueno, ni a los líderes de la casa tampoco.
Ni a los del reino. Inés no sabía si su intenso desagrado hacia los hombres se fundamentaba más en la avidez de poder que profesaban o en la violencia que ejercían contra todo lo que no les incumbía directamente.
En cuanto oyesen que había un grupo de mujeres al que no habían conseguido someter, ni a través de la religión ni del matrimonio, el convento sería reducido a cenizas.
—Estoy segura de que, si así lo deseáramos, podríamos encontrarnos fácilmente —terminó Inés, dándose un ligero apretón en los pechos y guiñándole un ojo a su superiora antes de taparse con el hábito de monja.
No era el traje que acostumbraba a llevar cuando se encontraba a solas, algo que ocurría con frecuencia debido a su posición económica.
Prefería andar en ropa interior o incluso desnuda durante sus momentos de intimidad antes que colocarse la vestimenta que representaba su encierro.
—Ni su actitud ni el cumplimiento de su palabra le vendrá bien, hermana.
El silencio es esencial para que este convento sobreviva, especialmente con eslabones tan débiles como usted.
Si me viese obligada a elegir entre la hija de unos nobles y el resto de mis protegidas, no crea que su rango social le salvaría de nuevo.
Al fin, sor Ágata se marchó, cerrando la pesada puerta de madera tras de sí.
Inés esperó un tiempo prudencial antes de volver a abrirla con cautela y mirar hacia los lados al salir.
El eco de los pasillos le confirmó que no había ni una sola alma en pena por ahí.
Se preguntó si sor Ágata tendría algún cuaderno escondido en su habitación con todos los nombres, las horas, y las parejas perfectamente organizado para evitar encontronazos problemáticos.
Qué bonito sería; una lista eterna de todas las herejes lesbianas que habían pisado ese templo sagrado sin arder.
Se preguntó también si la propia sor Ágata se encontraría entre esas hojas.
¿Habría comenzado a investigar los pasadizos secretos, los rincones ciegos del jardín y las salas con pestillo para coincidir a escondidas con alguna de sus compañeras de vocación?
¿Había sido este un convento pecaminoso ya antes de que ella fuese la máxima responsable?
Seguramente nunca lo sabría, puesto que esa información, de existir, estaría muy bien guardada en los aposentos de sor Ágata, la cual jamás compartiría ese secreto con nadie, y menos con Inés.
Daba lo mismo. Ahora lo único que le importaba era llegar hasta el jardín sin ser vista y reunirse ahí con Clara. Hacía ya dos semanas que nos se veían y su corazón –y, para ser sinceras, también su entrepierna– palpitaban de la emoción.
Clara era una delicia para los sentidos.
Todos los señoritos de la región se postraban ante sus pies ansiando que eligiese a alguno como marido.
Algún día tendría que pasar. Inés intentaba convencerse de que el corazón de la mujer que amaba siempre sería suyo, aunque con todas las dificultades que suponía su presidio de cadenas invisibles, la relación se volvía cada vez más tirante.
Desde el momento en que entró en el convento, Inés se empezó a dar cuenta de que la vida fácil que había vivido hasta el momento se había convertido en una maldición.
Nadie deseaba la vida de la plebe, pero haber vivido entre almohadones hacía que el mínimo inconveniente se tornase un obstáculo inabarcable.
Y lo que le había ocurrido aquella primavera no era mínimo en absoluto.
Horas marcadas de sueño, comida escasa y simple, normas y más normas.
.. y, lo más importante: el encierro. El rechazo de su familia. La vergüenza.
Clara no entendía muchas de las sensaciones que Inés le intentaba transmitir para que la comprendiese, y a veces perdía la paciencia con su humor hostil.
Después hacían las paces, pero la situación cada vez era más precaria.
Sin embargo, Inés confiaba en que terminarían por solucionarlo; al fin y al cabo, Clara no la había abandonado aun cuando hubiese sido la salida más fácil.
Después de que estallase el escándalo, rápidamente acallado pero aun así lo suficientemente aireado, Clara había hecho una semana de huelga de hambre y de silencio para que sus padres la dejasen visitar a Inés en el convento.
Y estos sólo habían accedido tras cerciorarse de que nadie salvo la madre superiora supiese que había estado ahí.
Temían que se le asociara con esa aberración de la naturaleza, pero no se les pasaba por la cabeza que su hija tuviese motivos más allá de la pura amistad para visitar a Inés en el convento.
Y precisamente por esa misma reacción, Clara sabía que, por mucho que quisiera a Inés, protegería su propio secreto costase lo que costase.
No podría resistir ver el asco reflejado en los ojos de sus progenitores.
Y si para evitarlo debía casarse con alguno de aquellos imbéciles que se arrodillaban ante ella con la baba empapando el suelo y sus grasientas manos tanteando el aire para tocarla, lo haría.
Por el momento, sólo quedaba esperar. Clara había oído rumores de que el hijo del señor de las tierras de al lado planeaba visitarla en breve.
Su familia estaría encantada, puesto que ellos, aunque ricos, eran nobleza baja, mientras que la familia vecina era casi familia directa del rey.
Esa distinción era la razón por la que había tardado tanto en venir; la belleza y riqueza de Clara no eran mérito suficiente para los padres de aquel muchacho como para casar a su hijo con ella de buenas a primeras.
Había tenido que hacer una campaña intensa a su favor para convencerles.
Y eso le hacía mucho más obstinado, y mucho más peligroso si ella hubiese pretendido decir que no; suerte que en cuanto le viese entrar por la puerta accedería a casarse con él.
Así se trasladaría a tan sólo un día de viaje del convento, y podría ir a visitar a Inés con frecuencia.
¿Quién iba a sospechar de dos amigas de la infancia después de que una de ellas se casara con la realeza?
Cuando Inés vio a Clara esperándola con el sombrero rosa, que estaba segura de que acababa de comprar, casi le dio la risa.
Se le había olvidado cómo era aquello de adornarse cada vez que salía a la calle o había visita.
Aquel ritual era una de las pocas cosas que no echaba de menos de vivir en sociedad: llevar el pelo tirante y el corsé de forma que apenas le dejara respirar, o andar siempre pendiente de que no se le viesen siquiera los tobillos.
Prefería los hábitos de monja, aunque tenía que admitir que si le ofreciesen volver a pisar el mundo exterior, retomaría ese baile ridículo de galantería sin pensárselo dos veces.
Clara sonrió al ver a Inés, pero las comisuras de sus labios parecían cargar tal peso que bajaron de nuevo casi instantáneamente.
—Hola. ¿Cómo estás? —le preguntó desabrochándose el ridículo sombrero.
La mirada de Inés le aclaró la respuesta mejor que las palabras.
—¿Cómo voy a estar? Ando aquí encerrada desde hace meses.
No he visto a mi familia desde aquel día, no tengo contacto con el exterior salvo por ti.
—A pesar de la negatividad que emanaba de ella, Inés le dedicó una sonrisa fugaz a su interlocutora, consciente de que aquello era un riesgo para Clara y que podía perderla fácilmente.
Se le hizo un nudo en el estómago, pero siguió.
— Jamás podré ser libre de nuevo porque otros se avergüenzan de mí.
—La sonrisa, que había estado teñida de angustia y tristeza, se transformó en lágrimas que se quedaron al borde de sus ojos, dudando si caer o no—.
Pero no es el momento de hablar de eso ahora.
Apenas tenemos unas horas para vernos, así que mejor hablar de cosas felices o, mejor incluso, no hablar.