Antros #4
Esa visión se fue tan rápido como vino, pero la imagen irresistible que tenía delante seguía ahí.
Me subí de nuevo al diván y agité el bote.
Ya podía notar el sabor de la nata mezclada con la piel de Patricia y se me hacía la boca agua.
La delicia blanca hizo que el pecho libre de Patricia se asemejara a una montaña de deliciosa nieve.
Cedí ante mi impulso y me lancé a besar esa piel tan suave.
Ansiaba notar el frescor de la nata cediendo ante el calor de su piel.
Lamí aquella maravilla hasta que quedaron limpios su pecho y mis labios.
Aunque Verónica apareció a mi lado, imitándome en la elección de armas amatorias para con Patricia, no desvié la mirada de nuestra amante, tanto para seguir sus reacciones y perfeccionar mi estrategia como para evitar que Verónica supiese que seguía pendiente de cada uno de sus movimientos.
Patricia parecía no enterarse de la batalla silenciosa que estaba teniendo lugar entre nosotras y simplemente disfrutaba de nuestros cariños.
Repetí el proceso de pringarla de blanco para probar nuevas ideas.
Pasé la punta de mis dedos por la curva de su pecho para coleccionar aquel dulzor y después disfrutarlo en la boca.
No pude evitar que se me escapase un quejido de placer ante el pico de azúcar en mis labios.
Patricia me miró y se mordió la sonrisa, pero sus ojos me pedían que volviese a ella.
Chupé toda la extensión de piel sobre la que aún quedaban restos de mi diversión y pasé a succionar con fuerza su pezón, para después mordisquearlo una vez iba tomando forma entre mis labios.
Me maravillaba cómo su rostro iba cambiando de expresión ante mis cuidados.
No lograba discernir claramente sus gemidos, puesto que se apagaban en el ambiente cargado de la habitación debido a los sonidos que hacían las demás parejas.
Intuía que las paredes estaban insonorizadas y sentía que la atmósfera se había vuelto densa de todo el calor y el sudor de las mujeres que estaban divirtiéndose entre ellas.
Fue entonces cuando vi que Patricia había pasado a agarrar a Verónica del pelo.
Intentó abrir las piernas, que se encontraron con las nuestras antes de poder salirse del diván.
Entonces miré hacia Verónica, que me estaba observando ya.
Se separó un poco del pecho de Patricia y trazó un círculo alrededor de su pezón, perfectamente erecto, con la lengua extendida, para que yo pudiese verlo con óptima definición.
Me guiñó un ojo antes de seguir con lo que hacía. ¿Estaba intentando fardar?
Mi competitividad me incita a autoengañarme.
Cuando creo que puede ser que pierda, me digo que no es una competición aunque en mi fuero interno sigo rivalizando, buscando la forma de sacar ventaja a cada momento.
Si al final gano, sigo como si nada. Si pierdo, me enfado y me callo por orgullo, pero no lo dejo estar.
Sigo en mi competición imaginaria hasta que consigo ganar, aunque el momento haya pasado, aunque nadie más sepa que estoy compitiendo.
Una vez gano dentro de mi competición inventada, me calmo y se acaba la pelea.
Por eso es por lo que no podía dejarlo estar.
Por mucho que me hubiese dicho a mí misma que estaba ahí para disfrutar del sexo, se plantease con Patricia, con Verónica o con ambas, Verónica había empezado una lucha que yo parecía destinada a perder, y no podía ignorarlo.
No podía aceptar la derrota aunque Verónica pareciese más versada en el sexo, aunque estuviese siendo vencida en cada batalla.
Aunque a Patricia le diese exactamente igual quién hacía qué.
Sus gemidos más altos tenían que surgir gracias a mí.
Buscando posicionarme más cerca de la victoria, deslicé mi mano hacia el sur de Patricia mientras seguía concentrada en pintar su pezón con mi saliva.
Su semi-desnudez ayudó a que pudiese levantar el borde de su tanga sin tener que mirar.
Seguí bajando hasta que noté el vello que rodeaba el comienzo de su entrada.
Llegué a la parte más blanda del cuerpo de una mujer, esa que nos gusta confundir con almejas, todo para no decir la palabra sucia, maldita: vulva.
Llegué hasta los labios que me habían hecho perder la cabeza en tantas otras situaciones, aunque con otras mujeres.
Pero me retraje. Esta vez tenía que concentrarme en ella, no en lo que yo quisiera de ella. Si no sería imposible salir ganando.
La temperatura de la sala se había incrementado y aun así mis dedos notaron el cambio al llegar a su núcleo.
Me pareció un poco raro que el cambio fuese tan definido.
No fue cuando llegué a su pubis, ni siquiera cuando mis manos se deslizaron entre sus ingles, sino cuando tocaron su sexo.
Lo achaqué a mi excitación; estaba tan desesperada por tocarla que alomejor mi cerebro había exagerado el momento.
El caso es que estaba donde quería estar para intentar sonsacarle un gemido tan profundo que hiciese vibrar el ansia en mi cuerpo.
Abrí los dedos de la victoria y tracé la forma de Patricia, acariciando el corto pelo que le quedaba por aquella zona.
Estaba suave, casi como si fuese el de la cabeza.
¿Qué haría para cuidarlo? A la vez me despegué al fin de su pezón y le mordisqueé el contorno del pecho, delicioso y terso en su pequeñez.
Redoblé mis esfuerzos sobre Patricia, concentrando mi frustración por la frialdad de Verónica en ella y transformándola en agilidad entre sus piernas.
Mis dedos se habían colado entre sus labios menores.
Con una destreza que llevaba años entrenando, me empapé los dedos y esparcí su jugo por toda su vulva.
Cuando mis dedos pudieron resbalar libremente por sus pliegues, los volví a juntar en el centro y los dejé resbalar desde la cúspide de su monte de Venus hacia el diván.
Pasé primero por encima de su clítoris y después sobre sus labios, que se volvieron a abrir a mi paso.
Hubo un cambio muy sutil: arqueó ligeramente la espalda y las cejas, sus labios formaron una pequeña grieta y se le tensaron los hombros. Lo estaba logrando.
Tracé el mismo recorrido varias veces a distintas velocidades, intentando averiguar cuál de ellas funcionaba mejor, fijándome en las reacciones más mínimas para descifrar a la mujer que tenía ante mí.
Por unos instantes me olvidé de Verónica, de fijarme en si ella estaba contribuyendo al placer de Patricia o no.
Sólo me di cuenta de que el juego había cambiado cuando noté movimiento a mi derecha y vi que Verónica se levantaba.
Pensé que había vencido. Sin perder ni un segundo me moví hasta el interior del diván, entre las piernas de Patricia, que las había abierto tanto que podía ver algo del delicado vello asomando por los lados de su tanga.
Deseando ver la inmensidad de su belleza, me arrodillé y le quité la ropa interior.
Parecía palpitar, latir como si tuviese vida propia.
Me asusté un poco. ¿Acaso estaba alucinando?
Igual me había deshidratado por el calor que hacía ahí y mi cerebro me estaba jugando malas pasadas.
¿O es que el vapor de la sala estaba compuesto por algo más que el sudor de las presentes? ¿Había drogas ‘vaporizables’?
Verónica me sacó de esas cavilaciones tan raras.
No se había ido. Simplemente se había quitado la ropa y ahora se encaramaba al diván de nuevo, pero lejos de mí, en el otro extremo de Patricia, que sonreía como una hippie a la que le van a dar su siguiente chute.
Verónica, sin embargo, no la miraba a ella, sino a mí.
Con esa sonrisa que estaba empezando a odiar por la mezcla de deseo y frustración que revolvía en mi interior, descendió sobre el rostro de Patricia con su coño, bloqueando mi foco principal de información.
Además se extendió sobre el diván para agarrar las manos de su presa y llevarlas hasta su torso y sus nalgas, guiándolas sobre su cuerpo para indicar exactamente cómo quería que la tocasen.
No sólo no podía ver ya la cara de Patricia, sino que Verónica se había adueñado de todo el placer que Patricia podía activamente regalar.
Pero no iba a conseguir lo que quería. Al menos no a gusto.
Dispuesta a hacerle ver lo que se estaba perdiendo, descendí por el cuerpo de Patricia hasta posicionar mi rostro entre sus piernas.
Alcancé la lata de nata que había dejado al lado de nuestro asiento y pinté la sonrisa vertical de Patricia con un bigote blanco.
A la vez que Verónica se sentaba definitivamente sobre el rostro de Patricia, yo saqué la lengua y la lamí por primera vez, llevándome la nata conmigo.
Sin ningún disimulo acabé con la nata escapando por las esquinas de mi boca.
Saqué la lengua de nuevo lo máximo que pude, estirándola para que fuese visible desde la posición de Verónica.
Nuestras miradas se encontraron. No sé si en la suya había enfado o lujuria.
Puede que las dos. Empecé a trazar círculos finos, tan sólo con la punta de la lengua, pero firmes.
Verónica empezó a moverse en círculos también sobre la cara de Patricia, mientras que esta última dejó caer las piernas por los lados del diván, dándome vía libre.
Planté cada mano en una de sus ingles y lamí casi desde la tela del mueble hacia arriba por sus labios.
Ya no había casi nata, pero aproveché para rebañar hasta las últimas trazas.
Introduje los labios de Patricia en mi boca y los masajeé entre los míos usando la lengua.
Verónica se dejó caer sobre ella, obligando a Patricia a imitar mis movimientos sin saberlo.
Parecía que a Patricia eso le gustó, puesto que entrelazó las piernas sobre mis hombros y me empujó hacia ella, sin dejarme respirar apenas entre sus pliegues.
Sabía dulce y salada, quizá por las frutas que había comido antes.
En cualquier caso, era una delicia. Instigada por el sabor, redoblé mi actividad entre sus piernas, lamiendo sus labios, introduciendo mi lengua en su interior, intentando exprimirle todo su jugo.
Con las manos a ambos lados de su vulva, le abrí los labios, despejando el camino y apartando el ligero vello que la cubría.
Estiré la lengua lo máximo que pude y volví a mirar a Verónica mientras rebañaba el flujo de Patricia.
Sus ojos se entrecerraron, frunció el ceño y apretó los labios.
Patricia sonreía como podía bajo el peso de Verónica.
Yo me empleé a fondo en las delicias que saboreaba.
Por un segundo me olvidé de que había más que placer en juego, de que la competición no había concluido aún, aunque sólo fuese mía, aunque fuese inventada.
Cerré los ojos y lamí y relamí. Disfruté de la maleabilidad de los labios de Patricia y de la dureza de su clítoris erecto, bien notable, reclamando mis atenciones.
Pero entonces escuché a Verónica gemir y volví al presente.
Se movía con desenfreno sobre Patricia, que ahora estaba agarrada a sus caderas, no sé si por gusto o por pura supervivencia.
Nuestros ojos se encontraron y parecía que hubiese un hilo uniéndonos, tan helado que quemaba.
Pensándolo más tarde no pude comprender de dónde había salido tanta furia.
Supongo que mi ego necesitaba saber que Verónica se había adentrado en ese juego, no por Patricia, sino por mí, pero la intensidad de las emociones había sobrepasado los límites de lo racional.
Y supongo también que a Verónica le pasaba lo mismo.
En ese momento daba igual. Seguía bebiendo del flujo de Patricia como si no hubiese un mañana, casi obsesivamente, mientras miraba a Verónica.
No podía aguantar más y hacerme la dura, así que comencé a tocarme.
Fue como un fogonazo de sensaciones que se transformó en un empeño sobrenatural por darme placer y dárselo también a Patricia.
Sus gemidos se hicieron tan sonoros que se podían oír por encima de los ruidos de Verónica sobre el diván y los del resto de mujeres de la habitación.
Eso hizo que el tercer componente de nuestro trío perdiese el control y llegase con un escandaloso grito, no sin antes abrirse el coño para darme una visión lo más extensa posible de él sin que pudiese llegar a tocarlo. Visión HD a distancia.
Fue demasiado. Bastante más discreta que mi compañera y competidora, llegué con un resoplido contra los labios de Patricia.
Sentí como si se me saliese la fuerza por la boca, un agotamiento absoluto que vi reflejado también en Verónica, que estaba a cuatro patas con los ojos a medio cerrar todavía subida encima de Patricia.
Esta última, sin embargo, parecía vigorizada y resplandeciente de una forma muy literal.
El efecto no duró más de unos instantes.
Igual era consecuencia de ese cansancio que parecía haberme invadido tan repentinamente.
Teniendo en cuenta que debían ser las cuatro de la madrugada y acababa de bajar de un pico de excitación tremendo, no me extrañaba.
Mientras Verónica y yo nos recuperábamos, Patricia se escabulló hasta la mesa y trajo de vuelta un buen surtido de fruta.
Sin decir ni una palabra, comenzamos a comer, no, a engullir la comida mientras Patricia nos sonreía.
Cuando nos hubimos acabado el plato de fruta, se levantó y se despidió como si nada.
—Hasta luego chicas, ya nos veremos por aquí otro día, ¿no?
A continuación nos dio la espalda y se marchó sin más. Aun cuando su silueta ya había desaparecido tras la puerta, yo estaba segura de seguir sintiendo su extraña sonrisa por la sala.