Antros #3
A pesar de que nos sentíamos más cómodas mientras charlábamos, ninguna se decidía a dar el paso definitivo de invitar a las demás a abandonar la sala e ir a otro sitio más privado.
Por curiosidad, decidí preguntar si todo el mundo que estaba ahí era trabajador del mundo de la erótica.
Patricia se rio y contestó que obviamente no, que ese edificio, por fortuna, no estaba dedicado solamente a gente de ese ambiente laboral, ya que eso sería bastante endogámico y aburrido.
El interés por la exploración sexual no es sólo para los profesionales.
Ella había sido testigo de ello, y de hecho podía enseñarnos alguna que otra prueba, dijo, guiñándonos un ojo.
Creo que ni Verónica ni yo entendimos a lo que se refería, pero con cada broma nos íbamos relajando un poco más; Patricia parecía encajar mejor tras arrancarnos una carcajada.
Junto con nuestra tensión se fueron liberando nuestros brazos, y empezamos a tocarnos.
Una mano sobre un muslo con la excusa de un chiste, unos dedos que acariciaban la comisura de unos labios eliminando los restos de nata que habían quedado ahí atrapados tras comer alguna fresa.
.. Patricia parecía la más desenfadada. Definitivamente era la que nos empujaba más hacia un encuentro sexual que hacia el descubrimiento de nuevas amistades.
Y he de decir que se lo agradecí muchísimo, porque Verónica era un hueso duro de roer.
¿Era una mujer fiel a sus principios, o simplemente no quería ceder bajo ningún concepto?
Evitaba tocarme demasiado, pero sus ojos se deslizaban hacia mí cada vez que Patricia soltaba alguna perlita soez.
Miradas a escondidas de Patricia, pero que sabía que yo vería porque no podía despegar mis ojos de ella.
¿Qué quería? ¿Estaba jugando conmigo o me estaba invitando a algo más?
Mientras nuestra conversación avanzaba, veíamos cómo se iban formando otras parejas, tríos e incluso grupos más grandes.
Nuestro comportamiento destacaba, pero por su formalidad.
El ambiente se iba caldeando a nuestro alrededor.
El aire estaba enrarecido con la tensión que se había acumulado, y las tres nos estábamos contagiando al respirarlo.
Finalmente se hizo evidente lo que iba a pasar.
Nos habíamos acercado poco a poco y ahora apenas había espacio entre nuestros cuerpos.
Con bastante elegancia para lo que esperaba de ella, Patricia nos acercó hacia sí y besó la comisura de nuestros labios.
Me lo esperaba, pero a la vez fue una sorpresa, y esa sensación de relax y asombro hizo la experiencia aún más excitante.
Notaba los labios de ambas; los de Patricia abiertos, invitándome a entrar, y los de Verónica cerrados, aún secos.
Sin embargo, en apenas unas milésimas de segundo se abrieron también para besar exclusivamente a Patricia en los bordes del morado de su pintalabios, que sabía a cerezas.
Después extendió el rastro púrpura del beso por sus mejillas y el contorno de sus ojos, dejándome a mí al margen de todo ello.
No voy a mentir: me frustró su actitud. Me alejé del rostro de Patricia, confundida, y vi cómo Verónica me miraba por el rabillo del ojo y sonreía.
No me lo iba a poner fácil, si es que se planteaba siquiera incluirme en algún momento.
Me tenía que ganar sus atenciones, parecía.
No obstante se había topado con alguien igual de adicta a esa dinámica; alguien que siempre se salía con la suya.
La competición había comenzado. Yo no sabía quién de nosotras dos vencería hoy, pero sin duda sería Patricia la que saldría ganando.
Su sonrisa, que me había parecido inquietante al principio, me parecía ahora sencillamente sobrenatural.
Había espacio en esa sonrisa tanto para Verónica como para mí sin que nuestros labios se tocasen.
Sin embargo estaba sujeta a las limitaciones de su rostro y, por tanto, introducir nuestras lenguas dentro de Patricia sin que coincidiesen en el espacio estaba descartado.
Verónica se me adelantó y vi la serpiente rosada y húmeda salir de entre sus labios y adentrarse en el morado de Patricia, manchándose de su sabroso carmín.
Miré a Verónica algo enfadada por habérseme adelantado, y vi un refulgir travieso en sus ojos.
Indignada, pero pretendiendo ocultarlo, me distancié de la boca de Patricia y descendí trazando su definida mandíbula desde la barbilla hasta el nacimiento del cuello, donde me enganché a su pequeña oreja, de lóbulo casi inexistente.
Su piel parecía seda al tacto de mi lengua.
Volví a mirar a Verónica, cuya mirada había sentido en mi nuca desde que me había movido.
En cuanto nuestros ojos se encontraron, desvió la vista y pasó a devorar los labios de nuestra compañera como si yo no estuviese ahí.
Ocupó casi todo el cuerpo de Patricia, dejándome fuera salvo por el rinconcito de piel al que yo ya estaba adherida.
Hasta aquí habíamos llegado. Intentando que no se notase, planté mi hombro contra la curva de su pecho y fui abriéndome paso de nuevo hasta el centro de Patricia, desviando su atención con besos.
Una vez asentada en mi nueva posición empecé a dibujar círculos con la lengua que pasaban por encima de su yugular, dejando que la vena rebotase hasta la superficie antes de hundirla de nuevo.
Acompañé los desvaríos de mi lengua con mordiscos que hicieron que Patricia enredase sus dedos en mi pelo.
Parecía más débil de lo que era: su mano me tenía bien fija contra su cuello.
Cuando paré un segundo a respirar, incrementó la presión; no había pausa que valiese.
No parecía una persona que se preocupase demasiado por lo que dirían los demás, y además trabajaba como escritora, aislada en una sala, así que empecé a succionar la fina piel de su cuello, segura de que una marca en el mismo no sería una preocupación para ella.
Fui inmediatamente recompensada con un suspiro que hizo vibrar mi deseo y, unos instantes después, con el granate de la sangre fresca pintando un círculo en su impoluto cuello.
No sé que pretendíamos con esa competición improvisada y absurda, pero no me extrañó que Verónica se pusiera las pilas y decidiese dar un paso más allá.
Tiró del tirante del fino top que llevaba Patricia y lo bajó hasta exponer el pezón izquierdo.
Era de mis favoritos, con la areola blanda y respingona.
Verónica se chupó el pulgar mientras captaba la atención de Patricia y pasó a acariciarle el pezón, haciendo que brillase de saliva.
Mi envidia se elevó hasta niveles insospechados.
¿Por qué se había empeñado esa mujer en torturarme de esta manera?
¿Por qué se negaba a tocarme, cuando en realidad lo estaba deseando?
¿Me saldría mejor rendirme, obedecer sus deseos, y simplemente esperar a que ella decidiese venir hasta mí?
¿Me daría eso una mejor posibilidad de que yo acabase en su punto de mira?
No, así no es como yo funciono. No me doblego. Así que seguí en mis trece, en una lucha con la que no había contado cuando acepté venir a este antro. Si ella iba a intentar vencerme en esta falsa competición, yo iba a usarla como diversión para la noche. Win-win.
El barullo de la sala se había acallado.
Eché un vistazo alrededor para descubrir que la aparente calma que ahora reinaba en la habitación era consecuencia de que las bocas de las presentes se hallaban, como las nuestras, entretenidas en otros quehaceres distintos al habla.
La sala se había vaciado ligeramente, ya que los grupos más grandes no cabían en los divanes, que ahora estaban todos ocupados por parejas y tríos a todos los niveles del sexo; desde besos y caricias a cuerpos desnudos que estaban siendo el festín de otros, embadurnados en nata y decorados con frutas. Un peep show para todos los gustos.
Incliné a Patricia sobre nuestro diván. Quedó semi-reclinada sobre los cojines del final, apoyada en el respaldo.
Aunque no hubiese sido mi primer objetivo, no podía negar su belleza y la apetecible textura de su piel bajo las luces, que con su tono morado la hacía parecer exótica, extraterrestre.
Retiré el tirante que quedaba y bajé el top para descubrir el segundo pecho, pequeño y tentador.
Su pezón me instaba a lamerlo, a apretarlo entre mis labios hasta que se endureciese y prestase resistencia.
Sin embargo, antes de eso quería ampliar nuestra experiencia.
Las otras parejas me habían dado una idea.
Me levanté del diván y corrí hasta la mesa, donde agarré la primera botella de nata que encontré.
Volví hasta donde se encontraban mis amantes lo más rápido que pude, apenas evitando los picos de los otros muebles desperdigados por la habitación.
Al ver la imagen de Patricia estirada, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos mientras Verónica la tocaba, sentí una pulsión entre mis piernas que me obligó a parar un segundo.
Me invadió una necesidad imperiosa de tocarme, quizá incluso de adornar mi vulva con la nata que acababa de robar, para hacerla más apetecible, para que no tuviesen más remedio que venir a mí y devorarme.
Quizá entonces Verónica no tendría problema en declararse perdedora.