Antros #2
Cogí algo de fruta de la mesa y me senté a esperar.
Así al menos parecería que estaba ocupada.
Para tapar mi cobardía, seguía insistiéndome a mi misma en que simplemente estaba haciendo tiempo hasta que llegase mi jefa, mientras fichaba a alguna que otra de las mujeres que iban entrando en el cuarto.
¿Que cómo iba mi jefa a encontrarme? A eso ya no le daba tantas vueltas.
Después de un tiempo el recinto empezó a llenarse notablemente y mi soledad se hacía más que evidente.
Por suerte hay mujeres más valientes que yo, y una de ellas vino directa hacia mí y se sentó a mi lado.
—Hola, soy Verónica —me dijo.
Le respondí también con un simple “hola”, esperando que ella tomase la iniciativa para ver cómo funcionaba el tema en este local.
No sabía si estaba permitido liarse ahí mismo o si había que irse a otro sitio, por ejemplo.
Igual hasta tenía que pagar por la fruta que me estaba comiendo y nadie me había informado.
A pesar de que se había hecho el silencio entre nosotras, ella me miraba fijamente, buscando mis ojos.
Era una mujer algo mayor que yo, vestida con unas bragas altas con encaje a los lados y un top sin tirantes cubierto de purpurina que le daba un aspecto de diva del pop oscuro, y que le funcionaba bastante bien.
La Madonna del pop-rock. Su pelo corto parecía inspirado en David Bowie, aunque la exposición de sus curvas la alejaban bastante de la androginia.
Finalmente, intuyendo que esta mujer era una buena apuesta si quería que alguien me introdujese al protocolo esta noche, correspondí su mirada.
—Eres nueva, ¿no? Porque no te he visto nunca antes y no pareces saber muy bien qué hacer. La gente aquí no se queda sentada en un diván, esperando.
Se me escapó una risita nerviosa. Y yo que pensaba que estaba siendo discreta.
—Sí, la verdad es que no he venido nunca. Me invitó mi jefa esta semana.
—Anda, tu jefa —me contestó—. Qué cosa más curiosa, ¿no? ¿En qué trabajas?
—Soy fotógrafa, y he aceptado un trabajo hace poco con Madame Riox, no sé si la conoces, que consiste básicamente en fotografiarla desnuda, así que supongo que tan raro no es.
—Me imagino que eso dependerá de a quién se lo cuentes —Me sonrió, pero el silencio incómodo volvió a instalarse entre nosotras—.
¿Tienes experiencia? Fotografiar desnudos es de lo más difícil.
Capturar la belleza del cuerpo humano en su momento de mayor vulnerabilidad, con todas sus imperfecciones expuestas. .. hace falta buen ojo.
—He hecho muchos autorretratos que parecen gustar.
—Interesante. La belleza propia suele ser la más difícil de ver.
Aunque te sobre —dijo, mientras colocaba su dedo bajo mi mentón para alzar mi rostro y examinarlo.
La miré con el ceño fruncido. ¿Qué confianzas eran esas?
—. ¿Qué te parecería ser la cara visible de mi nueva campaña publicitaria?
Siempre es más fácil trabajar con modelos que saben estar a los dos lados de la cámara.
Me explicó que llevaba una empresa de juguetes eróticos, por el momento exclusivamente online, lo cual se traducía en promociones constantes en redes sociales, y necesitaba a alguien a quien la gente pudiese asociar con la marca.
Alguien que vendiese, o sea, una mujer joven y atractiva.
Me sonrió de nuevo, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.
Quizá pensaba que yo no podía ver que lo que me estaba diciendo le hacía daño.
Pero cuando te pasas las horas muertas fotografiando caras, buscando una emoción lo suficientemente fuerte como para que se vea a través del papel fotográfico, acabas por poder leer las pulsiones de las personas que tienes delante de ti sin ningún problema.
Incluso las más fugaces. Me aventuré a suponer que el dolor que le causaba su afirmación se debía a que la marca y los juguetes que diseñaba eran suyos, eran parte de su identidad.
Y, sin embargo, algún idiota “experto” en marketing le había dicho que sería mejor si encontraba a otra mujer para posar en sus anuncios.
Que ella no vendería. La habían desechado como si todo el esfuerzo que ella ponía en su marca fuese desdeñable.
O quizá esa había sido directamente su experiencia; el mercado no entiende de sensibilidades, ni del bien y del mal.
Lo peor es que desde mi punto de vista eso era absurdo, no sólo porque la estética no lo es todo, sino porque ella sí vendía.
Era una mujer mayor... bueno, si una mujer de cuarenta y tantos se podía considerar mayor.
En cualquier caso, desprendía un aura que la hacía irresistible, y era tan potente que yo la podría capturar sin problema.
—Si me das tu número puedo ponerme en contacto contigo cuando estemos en un ambiente más.
.. profesional —dije, señalando con la cabeza a una pareja que se besaba en el sofá que teníamos al lado—.
Puedo enseñarte mi porfolio, quizá mientras nos tomamos un café.
Igual te interesa más que sea la fotógrafa que la modelo. Podemos verlo.
Mi tono no era tan neutral como me hubiese gustado y la voz me temblaba un poco.
Su mirada tenía algo que me atascaba las palabras en la garganta, y estaba segura de que a otros les haría comprar sus juguetes, aunque la viesen desde el móvil.
La sonrisa de mi acompañante se extendió por fin a todo su rostro, a la vez que un susurro de risa salía de entre sus labios.
—No creo que sea necesario ese café, ¿no?
En realidad conozco a tu jefa y sé que tiene buen ojo.
Puede que me pase alguna vez por su estudio y acabe en frente de tu objetivo.
—Me guiñó un ojo—. Una pena. Quizá si no fuésemos posibles compañeras de trabajo podríamos haberlo pasado bien esta noche.
No folles donde comes, o como se diga. Seguro que la Madame ya te lo ha dicho, ¿no?
—me guiñó un ojo—. Pero podemos apañar una reunión en mi oficina para que veas si te interesa lo que tengo que ofrecerte. Puedes pasarte por...
—¡Hola! ¿Qué tal? —Una mujer había aparecido de repente a nuestras espaldas—.
Soy Patricia. Os he visto aquí cotilleando y he pensado que, ya que hemos sido de las primeras en llegar, habría que conocerse.
Así que aquí estoy. Además es que sois tan guapas, que no me he podido resistir, es como que algo me empujaba hacia vosotras.
O igual es que he leído demasiadas novelas eróticas.
Para inspirarme, ya sabéis... bueno, o igual no, ¡porque no me conocéis!
Al contrario que a mi anterior interlocutora, la sonrisa de esta mujer le llegaba a los ojos, casi literalmente. Parecía el gato Cheshire. Tanto era así que llegaba a ser inquietante. Además, ¿había respirado en algún momento desde que había empezado a hablar?
Miré alrededor. La sala estaba llena y su cara no me sonaba; no recordaba haberla visto al principio del todo, cuando solo éramos cuatro.
Verónica y yo nos volvimos a presentar. Ella, mientras se acomodaba entre nosotras, nos contó que era una escritora de erótica que había aprendido de la existencia de la vida nocturna del local a través de sus servicios diurnos.
Usaba las salas que ahora estaban cerradas como estudios para escribir.
Añadió que la decoración le ayudaba a inspirarse, cosa nada sorprendente.
Una noche se había quedado demasiado tiempo en la sala y había empezado a escuchar el latir de la música y al salir de su retiro literario, se había encontrado con esto.
—De hecho, la primera aventura que tuve aquí me salió gratis, ¡pero shhh! —dijo mientras se llevaba el dedo índice a los labios.
A juzgar por las ojeras, que en la penumbra violeta se intuían como manchas más oscuras bajo sus ojos, era una asidua visitante de la nocturnidad del edificio.
Se la veía extremadamente cómoda a pesar de estar expuesta casi por completo.
El tanga que llevaba se abrazaba a su pequeña cintura y hacía que sus esbeltas piernas pareciesen aún más largas.
Vestía además un estrecho top que apenas cubría sus pequeños pechos y que dejaban adivinar unos pezones que me hicieron salivar de inmediato.
Esa reacción me sorprendió; aquella joven no me había inspirado más que una ligera irritación hasta que se había sentado con nosotras.
Ahora estaba tan cerca de mí que podía oler su perfume a lavanda como si hubiese zambullido mis manos entre un matojo de esa planta.
Ese olor estaba reclamando mi atención de manera tan ineludible que sentía como si en lugar de dos extrañas fuésemos los dos lados contrarios de un imán.
Seguimos charlando un rato sobre nuestros trabajos.
Quizá en otras situaciones ese tema hubiese sido una forma perfecta de alejarse de cualquier insinuación sexual, pero en nuestro caso nos acercaba peligrosamente.
Yo miraba a Verónica y Verónica me miraba a mí, y mientras tanto Patricia intentaba interponerse entre nosotras con sus preguntas.
Yo luchaba como podía contra esa repentina atracción que me inspiraba nuestra nueva compañera, pero no la lograba desestimar, a pesar de que no la sentía como mía.
Me debatía entre echar a Patricia educadamente, pues quien me interesaba realmente no era ella, o dejarlo estar, ya que estaba haciendo un trabajo espectacular calentando el ambiente con el relato de su último trabajo.
A decir verdad, tenía miedo de que si decidía largar a Patricia, Verónica se fuese también, y más ahora que nos consideraba “compañeras de trabajo”.