Cántame al oído #2
—Mm, no, no trabajo aquí, pero soy amiga de Vero.
No sé si la has conocido directamente. Es técnica de sonido —Maya me miraba con cara de póker—.
Bueno, es igual. Me dijo que podía pasar más tarde al backstage.
.. para conocerte. Pero ha sido una tontería, mejor me voy y te dejo tranquila.
La verdad es que tu música nos hechiza y se nos ocurren ideas estúpidas. ..
Silencio. Maya me miraba muy seria, y yo no encontraba la fuerza para devolverle la mirada.
Aunque había dicho que me iría, tenía la esperanza de que me invitase a quedarme, así que me moví hacia los lados, fingiendo que comprobaba si me dejaba algo en la sala que había invadido apenas unos segundos antes.
Tenía la idea absurda de que yo debía de ser especial para ella, puesto que yo sabía muy bien que era su fan número uno.
Pensaba, en ese espacio mental irracional que todos albergamos para los momentos que nos parecen más reseñables, que Maya podría detectar la pasión que yo tenía por su música y por ella, con un sexto sentido que seguro que había desarrollado por arte de magia.
—Ya veo —dijo de repente, cuando mi permanencia en el camerino se había vuelto más ridícula de lo justificable y me disponía a salir, ahora sí que sí.
Me había resignado a llevarme conmigo la pesadumbre de haber malgastado aquella oportunidad creyéndome más importante de lo que era—.
Bueno, ya que estás aquí, ¿me puedes ayudar a salir de esto?
Sus dedos señalaban el corsé.
Oh. ¿El sudor en las manos es instantáneo?
Pensaba que los procesos biológicos necesitaban al menos algunos segundos para empezar, pero nada más ver lo que esperaba de mí dudé de si podría agarrar los cordones que aquella prenda sin que se me escurriesen entre las manos.
Al imaginarme la escena sentí cosquillas en mis bajos; esa era la razón por la cual me había lanzado a esta aventura, aunque jamás lo hubiese admitido en alto, por lo improbable que era.
Prefiero ir con pocas expectativas y deslumbrarme que acumular demasiada ilusión que luego no tenga vía de escape.
Aunque en este caso ni siquiera el más optimista de los panoramas que había imaginado podía compararse con la realidad.
Me acerqué a ella mientras se daba la vuelta para desatarle el corsé tal y como me había pedido.
Mi corazón empezó a latir más rápido; me ensordecía con su bombeo.
Mi deseo se había acrecentado tanto que sentía el pecho contraído y las manos me temblaban mientras intentaba deshacer los nudos.
No me gustaba aquella sensación tan intensa, más cercana a la angustia que al deseo al que estaba acostumbrada.
Tampoco quería que ella se enterase de lo que estaba ocurriendo en mi cabeza, así que respiré hondo para obligarme a salir del nerviosismo que me envolvía, y tiré de uno de los cordones.
Mi truco de relajación no funcionó, así que acabé tirando demasiado fuerte y ella se vio obligada a dar un paso atrás para mantener el equilibrio.
Su cuello acabó justo en frente de mí, desnudo salvo por un collar de oro.
Tuve que echar mano de toda la fuerza de voluntad que tengo para no morderlo.
Concentrándome en los lazos negros que sujetaban la ropa en su sitio para evitar pensar en lo que había debajo, seguí deshaciendo los nudos uno a uno.
Cuando el corsé por fin cayó al suelo di un paso atrás apresuradamente, como si le hubiese prendido fuego.
—Un momento, aún no he terminado contigo. Ayúdame con esto también —me dijo, todavía ignorante de mis palpitaciones.
Movió las caderas hacia atrás. Su top no era una camiseta, como yo había pensado en un inicio, sino un body, un mono de aquellos que se habían puesto de moda y que se abrochan justo en la entrepierna.
Yo me había comprado uno hacía un par de meses y lo había dejado indefinidamente en el armario tras la primera puesta, al ver las acrobacias que aquella prenda requería para re-abrocharla cada vez que terminaba de descargarme en el baño.
Podía ver los botones del suyo, que parecían observarme fijamente mientras esperaban que los hiciese estallar.
Mi cerebro no era capaz de procesarlo, había cortocircuitado.
Supongo que debieron de pasar varios segundos sin que me moviese, porque Maya se giró para ver a qué estaba esperando.
Su media sonrisa burlona me dio a entender que, al contrario de lo que yo había pensado, ella sabía perfectamente el juego al que estábamos jugando.
Aquellos botones eran demasiado fáciles de desabrochar como para que su petición fuese creíble, pero mi cerebro abotargado no había sido capaz de darse cuenta.
A pesar de que mi sueño se estaba haciendo realidad no estaba del todo a gusto con lo que parecía que iba a pasar.
De momento sentía estar por encima de la situación, pero si me intentaba besar, sabía que no podría ganar al deseo simplemente con mi autocontrol.
O igual sí, si me esforzaba para ello, pero no lo haría.
Sabía que lo que me estaba manteniendo a una distancia prudencial de ella no era una reticencia a lo que estaba ocurriendo, sino la certeza de que cuando todo acabase comenzaría la montaña rusa de incertidumbre.
¿Lo habría hecho bien? ¿Le habría merecido la pena?
Y un sin fin de preguntas del mismo estilo.
También sabía que comerme el tarro y perderme aquella aventura por mi inseguridad era absurdo.
Me debería dar igual lo que pensara Maya de mí una vez me fuese de aquella habitación: al fin y al cabo era altamente improbable que la volviese a ver.
Y mi pasión por su música no iba a cambiar porque tuviésemos sexo mediocre.
Sin embargo, no podía dejar ir la sensación de inutilidad que me invadía.
Solamente podría deshacerme de aquella inquietud que me revolvía el estómago lanzándome a la piscina de una vez; mi mayor angustia y la única liberación se hacían indistinguibles. No sabía si sería capaz.
Me moví hacia delante para intentar desabrocharle los botones solo con la punta de los dedos, sin tocar demasiado.
Mi discreción no funcionó. En cuanto me sintió cerca, Maya prácticamente se sentó sobre mi mano.
Podía sentir la diferencia de temperatura entre sus ingles y lo que me atraía entre ellas.
Mi mente se volvió a congelar por un segundo.
Después se sobrecalentó y deslicé mis dedos hasta el otro lado del body que acababa de intentar desabrochar.
No había bragas. No había previsto eso (no había previsto nada de esto, a decir verdad), pero ya no quería dar marcha atrás.
En lugar de tirarme yo a la piscina, Maya me había empujado para que cayese de golpe en el agua, y ahora me encontraba chapoteando como una niña que aprende a nadar.
Estaba tan absorta en hacerlo bien que me había olvidado de dónde estaban las escaleras de salida.
La presión extra de mi mano hizo que los botones se abriesen con un clic que se oyó claramente en el silencio del vestuario.
Se me había dado acceso completo a la entrepierna de Maya, pero la verdad es que no sabía qué hacer y no quería preguntar, por si quedaba como una inútil.
Por si no era evidente ya, me ponía muy nerviosa relacionarme con mujeres.
Mis interacciones previas con el sexo femenino no habían ido demasiado bien.
Siempre acababa yendo demasiado deprisa o demasiado despacio, y al final, o no llegábamos a la cama o no me llamaban de vuelta.
Maya, probablemente ignorante del dilema interno que yo estaba viviendo, me empujó hacia atrás con el culo para poder darse la vuelta y mirarme.
Sus labios tocaron los míos con un beso duro y profundo.
Nuestras lenguas se enroscaron en el interior de mi boca, peleándose en un encuentro amistoso.
Abrí los ojos y me encontré con los suyos, del color del caramelo al que me recordaba su voz, observándome.
Se rio despreocupada y siguió besándome, con los ojos cerrados de nuevo.
Me vino a la cabeza la película Eyes Wide Shut de repente.
¿Era esto igual de raro e improbable que aquella peli?
Una voz que no reconocía como mía, aunque lo era, dijo «Deja de pensar.
¡Concéntrate, coño!». Pero los nervios son una de las sensaciones más difíciles de acallar con la razón.
Respiré hondo y aparté los mechones sueltos de sus rizos que estorbaban.
Recorrí a besos un camino imaginario que descendía por su cuello y saqué mi mano de entre sus piernas.
Era demasiado temprano para juguetear por ahí.
La subí hasta sus pechos y la acaricié por encima de la tela, acompañada de mi aliento tenue sobre su cuello.
Le recorrió un escalofrío, y a mis labios se asomó una sonrisa orgullosa. Iba por buen camino.
Le quité el body y ella hizo lo propio con mi camiseta. Maya no llevaba sujetador... ¿acaso esta mujer nunca llevaba ropa interior?
El brillo de su sudor me llamaba; nunca había visto una piel tan perfecta, aunque igual tenía esa impresión por la incredulidad que manaba de mis ojos. Incluso bajo la dura luz del camerino destacaba lo lisa que era, y me invadió un deseo arrollador de lamerla.
Sin embargo, ella interrumpió mis impulsos al liberar mis pechos de su prisión de encaje y succionó mis pezones a la vez que trazaba círculos lentos a su alrededor con la lengua.
Mientras tanto, me desabrochó los pantalones y me los bajó, aunque no pudo llegar hasta abajo del todo.
Se me agitó la respiración y todas mis preocupaciones, aunque todavía podía sentirlas flotando por mi mente, se volvieron menos concretas.