Cerca de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

El aire fresco del exterior fue un alivio para las mejillas acaloradas de Jace. La tensión que lo había atenazado se fue disipando mientras Helen actuaba.

La actuación fue increíble, y eso lo hacía estar doblemente agradecido. Pero algo en las palabras de Helen había conmovido a Tess, eso estaba claro.

Ahora volvía a sentirse tenso mientras seguía a Tess hacia el pequeño parque infantil que había más allá del aparcamiento. El cabello de ella brillaba en el crepúsculo incipiente, y su vestido verde pálido resplandecía con una luz etérea.

Cuando la vio sentada a la mesa, se quedó sin aliento. Tuvo que contenerse para no agarrarla de la mano, apartarla de la multitud y exigirle respuestas.

«Mira qué bien te funcionó la última vez», pensó con cinismo.

Las farolas comenzaban a encenderse a medida que el crepúsculo se adueñaba del cielo. Una brisa suave susurraba entre los grandes árboles mientras Tess caminaba hacia una pequeña mesa de picnic junto a un tobogán.

Se detuvo un momento, jugueteando con las cuentas del collar, y luego se sentó.

Jace quería mantener la ventaja, así que se quedó de pie.

—Dijiste que tenemos que hablar —dijo, irguiéndose ante ella—. ¿Por qué no empiezas tú?

Tess entrelazó las manos sobre el regazo, con la mirada fija en algo que estaba justo detrás de él. No dijo nada, pero Jace sabía que, tarde o temprano, rompería el silencio.

—¿Recuerdas aquel verano en que me fui? —dijo por fin, con voz suave. Serena.

—¿Cuando te largaste sin decir palabra? Sí. —¿Cómo iba a olvidarlo?

—Me pasó algo...

—¿En Europa?

—No. Antes de eso. —Sus hombros subieron y bajaron con una respiración larga y lenta—.

La noche antes de irme, estaba trabajando hasta tarde.

En la oficina. —Se detuvo ahí, con la mirada baja, fija en sus manos, que ahora se retorcían sobre el regazo—.

Estaba haciendo unas fotocopias para el cliente en el que trabajábamos tú, Chuck y yo.

La máquina se había atascado y yo estaba inclinada sobre ella, comprobando algo.

Carson se acercó por detrás. Hizo un comentario sobre que yo lo provocaba.

Que le había hecho creer que estaba interesada en él.

Pensé que bromeaba. Me agarró y me dio la vuelta.

Jace frunció el ceño mientras un escalofrío le recorría las venas.

—¿Qué? —La palabra le salió áspera.

Ella levantó la mano.

—Nada hasta que termine. Nada.

El tono duro de su voz le hizo comprender lo seria que estaba.

Así que asintió.

Ella inspiró hondo, con un aliento largo y tembloroso.

—Carson me agarró y... me... me empujó contra la fotocopiadora. Me... me... levantó la falda... me dijo que yo lo había estado pidiendo... y luego me atacó.

Se detuvo, retorciéndose las manos, mientras unos dedos helados le oprimían el cráneo a Jace. Luchaba por asimilar lo que ella acababa de decir. Por conciliarlo con el hombre que conocía y respetaba.

—Cuando terminó, me dijo otra vez que yo lo había pedido —continuó, sin mirarlo, con los ojos perdidos en algún punto distante—.

Me dijo que no se lo contara a nadie, y que si lo hacía, él negaría que hubiera pasado y me denunciaría por difamación.

—Le tembló la voz—. Le tenía miedo. Sabía lo duro, poderoso y persistente que podía ser.

Estaba aterrorizada, y me sentía desesperadamente avergonzada.

No me atreví a contárselo a mis padres. Ni a ti. A ti menos que a nadie.

El frío se convirtió en astillas de hielo que lo apuñalaban con cada palabra.

—¿Te violó? —Las palabras le salieron en un susurro, como si pronunciarlas más alto les diera demasiada sustancia.

Tess asintió y luego lo miró. Sus rasgos eran una máscara inexpresiva.

—¿Carson MacGregor...? —Jace se quedó mirando aquel rostro hermoso e inocente mientras intentaba imaginar al hombre al que había admirado durante tanto tiempo, el hombre al que le debía tanto, haciendo algo tan atroz.

No podía pensar. No sabía qué procesar primero.

Su novia, la mujer que una vez había considerado pura... e inocente.

¿Violada por su jefe?

—Eres el primero a quien se lo cuento —dijo Tess, con voz serena en el aire del atardecer—. Ni siquiera mis padres lo saben.

Jace cerró los ojos, intentando concentrarse. Intentando encontrar un lugar para aquella nueva información.

«Por favor, Señor, no sé qué hacer con esto», rezó. «No sé cómo asimilarlo».

Tenía que moverse, hacer algo. Se alejó para darse espacio, para poder pensar y entender las implicaciones de aquella horrible confesión. Se apoyó contra el tobogán infantil; el metal duro de los postes se le clavaba en la espalda.

La semana anterior había pensado que él y Tess podían dejar el pasado atrás. Durante unos preciosos momentos esa noche, se había aferrado a la tenue esperanza de que ella cambiara de opinión y se mudara a Vancouver.

¿Pero esto? ¿Podrían siquiera superar esto?

Ella se lo había contado por una razón. Ahora que se lo había dicho, tantas cosas encajaban: la repentina partida de Tess aquel verano, cómo lo había apartado de su vida, el cambio completo en su comportamiento cuando regresó. Todo tenía sentido ahora.

Cuánta vergüenza debió de sentir.

¿Pero Carson? ¿El hombre que le había dado tanto? ¿Que los había contratado a él y a Tess? ¿Que los había ayudado a ambos?

Rodeó el tobogán para reunirse con ella, para hablar de aquello.

Justo cuando iba a hablar, una voz lo interrumpió:

—Tess, ahí estás. Te he estado buscando por todas partes.

La madre de Tess. Se materializó de entre la oscuridad, con las luces formando un halo a su espalda. Se dejó caer junto a su hija, le pasó el brazo por los hombros y la abrazó.

—Dios mío, niña, tienes los brazos helados. ¿Qué haces aquí fuera sola y sin chal? —Deborah la atrajo hacia sí—. Tienes que volver al pabellón. Tenemos una sorpresa especial para ti.

Pero Tess no miraba a su madre. Tenía los ojos fijos en él, la expresión dura. Lo único que él podía hacer era devolverle la mirada. No podía decir nada. No sabía qué consuelo ofrecerle. Cómo asimilar todo aquello.

—Venga, no te entretengas —dijo Deborah mientras ponía a Tess de pie—. La gente está esperando.

Mientras Deborah sacaba a Tess del parque, de repente vio a Jace.

—Dios mío...

Su voz se apagó mientras miraba de Tess a Jace y de nuevo a su hija.

—Lo siento, no creía estar interrumpiendo nada...

—No lo estabas, madre —dijo Tess con voz inexpresiva—. Jace ya se iba.

Le lanzó una mirada, le hizo un breve gesto de despedida y se marchó con su madre, arrebatándole así la oportunidad.

Jace las vio alejarse y sintió que el corazón se le hundía con cada paso que ella daba.

Había metido la pata. No debería haberse apartado de ella.

Debería haberla estrechado entre sus brazos, haberla consolado, haberle dicho que no importaba.

¿Qué otra cosa podría haber hecho? Lo habían pillado desprevenido.

Carson MacGregor violó a mi novia.

Esas palabras eran una abominación para él. Las dos personas más importantes de su vida y... ¿esto?

Jace se pasó las manos por el pelo y se agarró la nuca. Tenía que salir de allí. Tenía que decidir qué hacer.

Echó a andar. No tenía ningún plan; solo necesitaba mantenerse en movimiento.

¿Tendría razón Tess sobre Carson?

Sintió el peso de la deslealtad. ¿Cómo podía pensar que ella mentía? No era de extrañar que estuviera tan enfadada con él. Y sin embargo... ¿Carson? ¿El hombre al que había admirado? ¿El hombre al que le debía su carrera?

Los acordes de «Cumpleaños feliz» lo siguieron mientras se alejaba del bullicioso recinto, subía a su coche y arrancaba. Su mundo se había desmoronado y no tenía dónde apoyarse. Ningún lugar firme donde recuperar el equilibrio.

Condujo por la calle principal, atravesando un charco de luz tras otro, cuyo ritmo intermitente parecía marcar el compás de las palabras que no podía borrar de su mente.

Carson violó a Tess.

Pasó junto a tiendas a oscuras, junto a la cafetería de Claire, junto a su propia oficina. Mientras conducía, alargó la mano hacia el teléfono una docena de veces, solo para retirarla.

No debería haberse alejado de Tess.

Redujo la velocidad al llegar a la carretera que llevaba al parque donde habían hecho el picnic y, desde allí, siguió por la calle hasta el apartamento de Tess. Las luces estaban apagadas.

Recordó la pelea que habían tenido. Cómo él había ido exigiendo respuestas y ella le había echado de su casa.

Siguió la calle, luego tomó la carretera que salía del pueblo y se dirigió al rancho. Quince minutos después, bajaba del coche frente a la casa.

Le vinieron a la mente los recuerdos de las ganas que había tenido de marcharse de aquel lugar.

Sin embargo, desde que había vuelto, había empezado a ver la vida de sus padres allí desde otro ángulo. Sí, tenían poco dinero, y sí, las cosas habían sido difíciles, pero sus recuerdos no coincidían con lo que otras personas pensaban de su familia.

Se apoyó en el coche y, cuando sus ojos se acostumbraron por fin a la oscuridad, contempló el lugar e intentó verlo como lo verían otros.

Intentó ver el potencial. Su padre no había conseguido sacar adelante el rancho.

Mientras le daba vueltas al asunto, le volvieron a la mente los comentarios de Aiden, tentadores.

¿Podría quedarme aquí?, se preguntó. ¿Sacar adelante este lugar como mi padre no pudo?

Pensó en Tess y se le encogió el estómago. ¿Me aceptaría?, se preguntó.

Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Los dedos rozaron algo y sacó una caja alargada y estrecha. El regalo de cumpleaños de Tess. Se había olvidado de dárselo.

Lo había comprado en el mercadillo el día antes de ir con Tess a recoger la silla del señor DeVries.

¿Y ahora qué?

No podía pensar en eso ahora. Había metido la pata con Tess, pero no había tenido manera de prepararse para lo que ella le había contado.

Por favor, Señor, dale fuerza, dale consuelo, rezó mientras entraba en casa. Al dejarse caer en la cama, pidió valor para lo que tendría que hacer al día siguiente. La conversación que sabía que debía mantener.