Capítulo 12 #3
Helen miró a Charlie, que le devolvió la sonrisa.
Luego se volvió hacia Tess.
—Cuando firmé mi primer contrato discográfico, pensé que mi vida se encaminaba por la senda que había imaginado para mí desde que mi padre me compró mi primera guitarra. Tenía sueños y durante muchos años se estaban haciendo realidad. Tenía éxito y adulación. Tenía dinero.
Miró al público de nuevo, con esa forma desconcertante que tenía de ver más allá de la fachada, hasta los secretos ocultos.
—Pero no sabía lo mal que me irían las cosas. No sabía con qué facilidad una sola persona podía destrozar y descartar los sueños de otra.
Tess no pudo evitar una brusca inspiración. Lo está haciendo, pensó. Va a desnudar su alma frente a estos desconocidos.
La voz de Helen se volvió más baja, más queda, mientras relataba el terrible giro que dio su vida cuando un hombre en quien había depositado su confianza, que había prometido cuidar de ella, la encontró sola una noche.
Mientras compartía su historia, Tess sintió como si Helen estuviera sacando a la luz, con dolorosa precisión, sus propios secretos para que todos los vieran. Sintió la vergüenza de aquella noche. El dolor. La humillación. Y luego el miedo.
Quería que Helen se detuviera, deseaba con todas sus fuerzas que la historia terminara. No podía con aquello.
Tenía que salir. Tenía que irse. El enorme recinto se cerraba sobre ella, se hacía más pequeño, la asfixiaba.
Se llevó la mano al pecho, sin poder respirar.
Guárdame, oh Dios, porque en ti busco refugio.
El versículo bíblico acudió a su mente y se aferró al consuelo que le ofrecía. Había buscado refugio en Dios. Le había costado tiempo, pero confiaría en que Él la ayudaría a superar aquello.
Para su absoluta sorpresa, sintió la mano de Jace posarse sobre la suya. Cedió a un impulso y entrelazó los dedos con los de él.
Solo estos pocos momentos, pensó, deleitándose con la calidez de su tacto, saboreando la fuerza de su mano. Solo estos preciosos momentos más.
Charlie seguía rasgueando la guitarra, creando un suave contrapunto a las palabras de Helen.
Helen miró al público con una sonrisa asomando en las comisuras de los labios.
—Me di cuenta de que el viaje que estaba haciendo iba desde considerarme indigna del éxito y la felicidad, hasta descubrir que Dios me mostraba que mi valor no estaba ni está en quién soy para el mundo, sino en quién soy para Él.
Se volvió hacia Charlie.
—Y lo más importante: Dios me abrió los ojos a una red de apoyo. Ojalá no me hubiera llevado tanto tiempo encontrar una comunidad a la que poder llamar hogar. Si lo hubiera hecho antes, podría haber marcado la diferencia en mi recuperación.
Se volvió de nuevo hacia el público.
—Quiero retaros a todos a buscar a los heridos y cansados para darles descanso.
Recibí ayuda y esperanza en el momento en que dejé entrar a otras personas en mi vida y en mi dolor.
Espero que este centro ofrezca a otras almas perdidas y heridas de esta comunidad la oportunidad de encontrar paz y aceptar ayuda.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Por eso quiero cantar esta última canción que escribí mientras vivía aquí en Sweet Creek.
Una canción que marca un hito en mi camino.
Espero que pueda dar a cualquiera de vosotros que esté luchando con un dolor y una vergüenza secretos algo de esperanza, un poco de dignidad y valor para enfrentar vuestros miedos.
Comenzó a cantar, y Tess sintió que el corazón le rebosaba de alegría con las palabras.
La canción de Helen era un himno de esperanza, de ser fuerte al tener la valentía de mostrar el dolor oculto.
Mientras cantaba, Tess sintió que recibía fuerza.
Y con la mano de Jace sosteniendo la suya, sintió esperanza.
La última nota de la voz cristalina de Helen flotó en el auditorio en silencio y luego se desvaneció. Una pausa cargada de emoción, más elocuente que cualquier aplauso, cayó sobre los presentes.
Y entonces la gente se puso en pie de un salto, aplaudiendo con fervor.
Mientras Tess se ponía de pie, supo lo que tenía que hacer.
La mano de Jace apretó la suya.
—¿Estás bien? —se inclinó hacia ella, hablando justo lo bastante alto para que pudiera oírlo.
Ella se volvió hacia él, y Jace alzó la mano y le tocó la mejilla, secándole una lágrima que ni siquiera se había dado cuenta de haber derramado.
—¿Qué te pasa, Tess? —la preocupación de él reforzó la decisión de ella. No había sido justa con él, y no podía dejarlo marchar antes de abrirle el corazón. Se lo había ocultado durante demasiado tiempo.
Estaba cansada de esconderse. Cansada de huir. Como había dicho Helen, su valor estaba en cómo la veía Dios, no en lo que le había sucedido.
Si Jace no podía aceptarlo, ese era problema suyo, no de ella.
—Tenemos que hablar —dijo ella.
—¿Dónde?
La gente seguía de pie, aplaudiendo y pidiendo un bis. Nadie se fijaría en Tess y Jace si se marchaban ahora.
Ella abrió camino hacia los bastidores y encontró una salida. Quería estar lejos de la gente, al aire libre, cuando por fin le contara todo.