Cerca de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 3) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Sweet Creek es un lugar encantador. Sé que Chuck ha hablado de construirse una casa de verano allí. Ahora que la estación de esquí está bajo nueva dirección, le veo potencial turístico. Y estando tan cerca del pueblo, también hay muchas posibilidades de desarrollo.

Aunque su negocio consistía precisamente en hacer lo que Carson sugería, a Jace le sorprendió la punzada de ira que sintió al pensarlo.

No tienes ningún apego a este lugar, se recordó. No tienes ningún deseo de quedarte.

Pero incluso mientras esos pensamientos lo interpelaban, surgieron otros.

Recuerdos de cabalgar por las colinas con Tess.

De robar besos en la soledad del río. La libertad que sentía, a pesar de lo que el rancho representaba, cuando estaba fuera arreando ganado y haciendo pacas de heno.

Mientras su madre siguiera siendo dueña del rancho, sentía que esos recuerdos aún eran suyos, que seguían vivos.

Apartó esa idea de su mente, reconociéndola como la tontería sentimental que era.

—La llamaré esta noche para hablarlo con ella —dijo Jace.

—Excelente.

Carson parecía bastante satisfecho consigo mismo, lo que provocó otra punzada de inquietud en Jace. Sabía cómo trabajaban Chuck y Carson, y sobre todo lo despiadado que podía ser Chuck. ¿Qué tendrían pensado para la finca de su padre?

—Dime lo que decidáis tu madre y tú —dijo Carson—. ¿Ya has tenido ocasión de reunirte con la Cámara de Comercio?

—No. En su última reunión tenían el orden del día completo, y todavía no tengo claro qué enfoque adoptar.

Jace cogió un expediente de su escritorio y pronto él y Carson estaban hablando de negocios. Cuando terminó con Carson, Jace intentó llamar a su madre, pero no contestó. Le dejó un mensaje y luego encendió el ordenador para adelantar trabajo de clientes.

El día pasó volando, y para cuando su secretaria se marchó, Jace sentía que había hecho el trabajo de dos días en uno.

Levantó la vista del ordenador y miró el reloj parpadeando.

Las 5:36 de la tarde. Sonrió. Tess había dicho que pasaría con un cuadro.

Tendría ocasión de insistirle con lo de la película.

Pero una hora y media después, Tess seguía sin aparecer ni contestar al móvil. Jace recordó el comentario de Carson. ¿Sería poco fiable?

¿O simplemente tenía miedo de volver a verlo?

Esperó diez minutos más y la llamó a casa, pero nadie contestó.

No tuvo ocasión de averiguar por qué no había ido porque al día siguiente partió hacia Vancouver. Tenía trabajo acumulado allí.

Aunque se repetía que no le importaba Tess ni su falta de responsabilidad, eso no evitó que revisara el móvil y el correo personal mientras estaba en la ciudad. En todo ese tiempo, no recibió ningún mensaje de ella.

¿Lo estaba haciendo otra vez?

Intentó ignorar ese pensamiento insistente. ¿Le molestaba porque su ausencia confirmaba lo que Carson había insinuado sobre ella? ¿O porque lo estaba evitando? Había creído que aquel momento junto al río, el beso que compartieron, la había afectado tanto como a él.

Harto de darle vueltas a todo y de que Tess volviera a ocupar sus pensamientos, llamó a su madre desde el apartamento. Ella contestó al tercer tono, y el placer en su voz lo hizo sentirse culpable de inmediato por haber tardado tanto en llamarla.

—Me han dicho que estabas de vuelta en Sweet Creek —dijo ella, con un deje de esperanza en la voz—. ¿Te estás quedando en el rancho?

—Claro que sí. Como en los viejos tiempos.

Su madre guardó silencio un momento.

—¿Te alegró volver?

Jace se acercó al ventanal de su apartamento y contempló el bosque de edificios.

No ganaba lo suficiente para permitirse las residencias de lujo de Coal Harbor, pero si ladeaba la cabeza en el ángulo justo, alcanzaba a ver el sol reflejado en el agua del puerto, el verdor de Stanley Park y, un poco más allá, una franja de montañas.

Comparó mentalmente aquel lugar con la casa destartalada del rancho, aunque allí las vistas desde su dormitorio eran increíbles. Las montañas y el valle que cobijaban, sin nada que interrumpiera el panorama.

—Estuvo bien.

—¿Solo bien? —bromeó ella, aunque Jace percibió un deje de dolor en su voz.

—La verdad es que me alegró volver —le aseguró.

—Qué pena que ya no estén los caballos. Podrías haber salido a montar.

—No pasa nada. Ando bastante liado con el evento benéfico.

Estuvieron hablando del evento un rato. Luego la conversación derivó hacia otras personas de Sweet Creek, y Jace consiguió evitar mencionar a Tess, aunque sabía que su madre se moría por preguntarle por ella.

Tendría que enterarse por sus otras fuentes de Sweet Creek, pensó.

Habló con su sobrina —sonrió al oír su parloteo entusiasmado—, charló un momento con su hermana y, cuando su madre volvió a ponerse, fue directo al motivo de su llamada.

—Oye, Carson me ha estado hablando del rancho. ¿Algo de que lo vas a vender?

—Sí. Bueno. Estoy muy a gusto aquí, y tú te irás pronto. Cuando Chuck me llamó con la oferta, pensé que había llegado el momento de vender y pasar página.

A Jace le sorprendió la punzada de irritación irracional que sintió. Que Chuck hubiera hablado con su madre antes de comentárselo a él.

Es propiedad de tu madre.

Pero aun así...

Se contuvo.

—¿Andas mal de dinero? —le preguntó a su madre. Le enviaba un cheque todos los meses desde que empezó a ganar un sueldo decente.

—No. Ya te lo dije, estoy muy bien con lo que tengo, y puedes dejar de enviarme esos cheques. Es un detalle precioso y te lo agradezco mucho, pero la verdad es que los he ido guardando en una cuenta para los nietos.

—Entonces, ¿por qué quieres venderlo?

—¿Y tú por qué quieres quedártelo?

La serena pregunta de su madre le tocó una fibra más profunda, más joven.

La parte de él que guardaba otros recuerdos de los tiempos con su padre.

Aunque siempre había dicho que no veía la hora de largarse de Sweet Creek, últimamente ni el trabajo ni el dinero que ganaba lo llenaban.

No había querido admitirlo, pero esos pensamientos afloraban cada vez con más fuerza.

—No lo sé.

—Entonces no creo que debamos venderlo todavía.

—Se lo diré a Carson y a Chuck —dijo, sorprendido por el alivio que sintió.

Apartó la sensación mientras recorría el apartamento con la mirada, recordándose la diferencia entre aquel lugar y la casa del rancho.

Le iba bien, y si el trabajo que estaba haciendo en Sweet Creek dejaba satisfecho a Carson, le iría aún mejor.

Podría comprarse un piso en primera línea de mar, un coche mejor y...

¿Y?

La pregunta inconclusa atravesó sus planes como un fantasma inoportuno y se instaló en el rincón de su mente que albergaba un sueño que no se atrevía a formular.

Se suponía que iba a compartir esa vida con Tess. El plan había sido trabajar duro, casarse. Formar una familia. Y en algún lugar, al fondo de esos sueños, flotaba la vaga idea de volver a Sweet Creek cuando hubieran ahorrado lo suficiente. Quizá reformar el rancho.

Sacudió la cabeza para ahuyentar el sueño. Su realidad era el trabajo de aquí y el encargo de Carson.

Terminó la conversación con su madre y deambuló por el apartamento sin rumbo fijo.

Frustrado por su propio descontento, cogió las llaves del coche.

Poco después estaba conduciendo por la ciudad, sin saber muy bien adónde iba.

Quizá fuera a cenar a ese restaurante nuevo del que Chuck no paraba de hablar.

Había llevado allí a su última cita. Pero Jace no logró encontrarlo y, sin darse cuenta, acabó conduciendo por Stanley Park.

Encontró sitio para aparcar y salió al aire fresco del atardecer.

Aún no había llegado el verano del todo, así que cuando el sol se ocultaba tras las montañas refrescaba, sobre todo allí, entre los árboles.

Igual que en el rancho.

Metió las manos en los bolsillos. Unos minutos después caminaba por el malecón, solo, batallando con una sensación de descontento que no había sentido en años. Desde que vivía en el rancho de sus padres, de hecho.

Aquello no tenía sentido. Se había mudado allí precisamente por ese descontento, y ahora volvía a acosarlo, sembrando dudas sobre sus decisiones. ¿De verdad había sido el rancho lo que había provocado aquella sensación de querer más? Tenía más, ¿y aun así seguía sintiéndola?

Se sentó en un banco y, sin pensarlo, llamó a Tess. Quería preguntarle por qué no había ido. Quería saber por qué había pasado de ser la mujer responsable de siempre a aquella persona perdida y sin rumbo.

Por supuesto, ella no contestó. Se metió el teléfono en el bolsillo, preguntándose qué demonios hacía. Por qué dudaba ahora. Por qué su vida no era todo lo que había esperado. Por qué seguía importándole Tess, que había cambiado tanto.

Cuando Jace aparcó frente a la tienda de segunda mano, le hizo gracia la ironía de ver su coche de lujo allí fuera. La incertidumbre le roía por dentro. Esa mañana, de camino a Sweet Creek, no había dejado de darle vueltas a qué hacer. Qué pensar.

Pero al cruzar el río y entrar en Sweet Creek, había decidido que estaba harto de tanta incertidumbre. La madre de Tess le había dicho que esa mañana trabajaba en la tienda de segunda mano. No, iba a entrar y preguntarle a Tess, sin rodeos, qué había pasado.

Caminó por la acera, empujó la puerta y esperó a que sus ojos se acostumbraran tras el sol brillante de fuera.

Tess estaba clasificando una bolsa de ropa detrás del mostrador. Levantó la vista, y su expresión de sorpresa le produjo a Jace una extraña satisfacción, a pesar de lo frustrado que estaba con ella.

—¿Así que guardaste el cuadro en tu casa? —preguntó sin rodeos—. Esperé en la oficina un buen rato la otra noche.

Tess frunció el ceño.

—Dejé un mensaje con tu secretaria. Mi amiga me llamó justo después de que salieras de la cafetería. Me dijo que dejaría el cuadro en tu oficina por la tarde.

—Callie no me dijo nada antes de irse ese día, ni me dio ningún mensaje.

—Le pedí expresamente que te lo dijera.

Tess le dedicó una sonrisa fugaz que lo descolocó y aplacó su enfado.