Cerca de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

—Café. Tueste medio para tomar aquí. —Jace se plantó frente a Tess y pidió con voz inexpresiva.

Los lunes por la mañana, Tess trabajaba para Claire, y cuando llegaba Cory, la otra ayudante a tiempo parcial, ella se iba a la tienda de segunda mano por la tarde.

Él no tenía tiempo para andar con esas cosas, pero aun así, dejó el montón de trabajo acumulado en su escritorio y bajó por la calle hasta la cafetería.

Todo con la esperanza de aprovechar el pequeño avance que había logrado con Tess en su «cita».

Tess llenó una taza de cerámica y la dejó sobre el mostrador. Cuando extendió la mano para recibir el dinero, alzó la vista, y él captó el más leve indicio de anhelo en sus ojos.

Desde el sábado, se moría por llamarla para asegurarse de que estaba bien. Lo único que podía hacer era rezar y confiar en que el beso que habían compartido fuera el comienzo de algo. De lo que fuera. Había esperado que ella fuera a la iglesia. Pero llegó el domingo, y no apareció.

—¿Mucho movimiento esta mañana? —preguntó él, mientras le entregaba el dinero.

—No más de lo habitual. —Se cruzó de brazos—.

Por cierto, una amiga mía va a donar un cuadro original, pero no puedo recogerlo hasta las seis de la tarde.

Sus obras suelen venderse bastante caras, así que no me hace gracia dejarlo en mi apartamento toda la noche.

—Hizo una pausa—. ¿Vas a quedarte trabajando hasta tarde otra vez?

¿Otra vez? ¿Se había dado cuenta?

—Sí. Claro. —Si Tess iba a pasar por allí, él estaría. Se apoyó en el mostrador con el codo, acercándose un poco más a ella—. Entonces, ¿qué planes tienes para el fin de semana?

—Nada especial. ¿Por qué lo preguntas? —Para su sorpresa, ella también se acercó.

Esperó un momento.

—Me preguntaba si te apetecería ir a ver la película que ponen en Eastbar este viernes.

Cualquier otro habría pasado por alto la reacción de Tess, pero Jace la captó. Un ligero oscurecimiento de su mirada, los labios que se apretaban.

Entonces, para su sorpresa, ella se encogió de hombros.

—He oído que es divertida.

—Divertida me vale. —Esperó. Ella no había dicho que sí, pero tampoco que no.

La campanilla de la puerta tintineó y entró otro cliente.

Jace se apartó del mostrador con su café.

Se sentó donde pudiera observar a Tess. Cada vez que la miraba, la pillaba observándolo también. Entonces ella desviaba la mirada.

Un paso a la vez, pensó, bebiendo su café mientras se observaban mutuamente.

Ella estaba enjuagando una jarra de café vacía en el fregadero cuando él se levantó para retomar lo de la invitación al cine. Le sonó el móvil y vio que era Carson.

En lugar de invitarla a salir, Jace se despidió con la mano y contestó el teléfono.

—Hola, Carson —dijo, mientras abría la puerta de la tienda—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Solo quería saber cómo van las cosas —dijo Carson, con su voz grave resonando al otro lado de la línea—. He oído que estás haciendo un gran trabajo allá en Sweet Creek.

—Las cosas parecen estar encajando tanto dentro como fuera del trabajo —dijo Jace mientras bajaba por la calle. Oír la voz de su jefe bastaba para que enderezara la espalda y acelerara el paso.

—Sí, he oído que convenciste a una cantante muy conocida de salir de su retiro para cantar en la recaudación de fondos. Es todo un logro. Estoy orgulloso de ti, hijo.

Aunque la admiración de Carson le llegó al alma, tenía que reconocer el mérito de quien lo merecía.

—Me temo que no tuve mucho que ver con Helen Lennox. Eso fue todo cosa de Tess.

—¿Sigue involucrada en la recaudación de fondos?

Carson sonaba sorprendido. Si era sincero consigo mismo, Jace tenía que admitir que la dedicación de Tess también lo sorprendía.

Aunque había ganado el desafío, seguía encontrando gente dispuesta a donar.

El viernes había traído un jersey tejido a mano de una anciana que se había enterado de la recaudación por una amiga de una amiga.

Y ahora este cuadro de otro de sus contactos.

—Tess y yo hicimos una pequeña apuesta a ver quién conseguía más donaciones, y me ganó de calle. Tuve que invitarla a cenar.

—En serio. Como en los viejos tiempos, ¿eh?

No exactamente, pensó Jace, recordando las emociones que habían cruzado el rostro de Tess y cómo aquel beso lo había afectado.

El tiempo había cambiado mucho las cosas para ambos, pero para su sorpresa y consternación, la vieja atracción había vuelto con tanta facilidad que supo que nunca se había ido del todo.

—Sí. Como en los viejos tiempos —murmuró.

—Eso es bueno... supongo. —Jace percibió las reservas en la voz de Carson.

—No pareces muy entusiasmado.

El suspiro de Carson dejó clara su incertidumbre.

—Seré directo, Jace. Tienes un futuro brillante. Sweet Creek es solo una parada. Por lo que me cuentan de tu trabajo allí, te esperan cosas buenas aquí en Vancouver.

A Jace le dio un vuelco el corazón ante lo que prometían esas palabras.

—Me alegra oír eso —dijo, manteniéndose deliberadamente vago.

—Necesitas mantenerte concentrado. No perder de vista el objetivo, por así decirlo. Alguien como Tess podría convertirse en un obstáculo para ti.

Jace frunció el ceño y se detuvo en la esquina. Un cliente suyo le sonrió y lo saludó con la mano; él le devolvió el saludo.

—Tess no tiene constancia, Jace —continuó Carson—. Normalmente no me gusta meterme en la vida personal de mis empleados, pero en tu caso, me juego mucho con tu éxito. No quiero verte echarlo todo por la borda.

Jace entendió el subtexto. Gracias al apoyo financiero de Carson, se había graduado con una deuda estudiantil mínima.

Aunque al principio se sintió culpable e intentó encontrar formas de devolverle el dinero, Carson no dejaba de expresar su gratitud por haberle salvado la vida a Chuck la noche del accidente.

No paraba de decirle que lo único que quería a cambio era el compromiso de trabajar para él.

Y eso hizo Jace sin dudarlo. Tanto él como Tess habían admirado y respetado a Carson y, al parecer, el sentimiento era mutuo. Cuando les ofrecieron trabajos de verano en su empresa a él, a Chuck y a Tess, les pareció un sueño hecho realidad y no una obligación.

Ahora tenía ante sí un gran ascenso en su carrera. Su vida iba por buen camino, avanzando en la dirección que él mismo había trazado.

—Le agradezco mucho el voto de confianza —dijo Jace mientras abría la puerta de su oficina—. Pero creo que se equivoca con Tess.

Ojalá pudiera encontrar las palabras adecuadas para explicarle a Carson lo que sentía.

Tess había sido fundamental en su vida y en su éxito.

No solo lo había retado a cambiar el rumbo de su vida cuando él y Chuck se dedicaban a hacer el vago en el instituto, sino que después de aquel horrible accidente, fueron sus palabras las que le resonaban en la cabeza mientras yacía en el hospital.

Nunca olvidaría que fue ella quien le regaló la Biblia en la que había encontrado tanto consuelo.

Aunque Carson le había dado el apoyo económico, fue Tess quien lo inspiró a volver a Dios.

Que ella estuviera ahora en un camino diferente tenía algo que ver con aquel verano de hacía seis años, y él estaba decidido a descubrir qué.

Quizá no este fin de semana ni el próximo, pero tarde o temprano averiguaría qué la había hecho desaparecer de su vida, abandonar la universidad y marcharse al otro lado del mundo.

Carson suspiró.

—No creo que alguien como Tess te convenga. Además, no va a mudarse de Sweet Creek ni a dejar esos trabajillos estrafalarios que tiene.

Jace comprendía la frustración de Carson. ¿Acaso no había sentido él exactamente lo mismo?

Pero Jace conocía a Tess desde hacía más tiempo que Carson, y desde que trabajaba con ella en la recaudación de fondos, había captado destellos de la Tess de antes. Esos vislumbres de quién había sido y podía volver a ser le daban un rayo de esperanza de que la recuperaría.

Jace se detuvo en el mostrador de recepción y hojeó el correo con una mano. Callie le entregó un par de mensajes telefónicos.

—¿Importantes? —articuló sin voz, levantando los mensajes.

Callie estaba a punto de responder cuando sonó el teléfono. Jace le hizo un gesto para que lo dejara, puso la pila de mensajes encima de una carta que estaba esperando y se encaminó por el pasillo.

—Le di a esa chica todas las oportunidades que tuvisteis tú y Chuck. Y me las tiró a la cara cuando se marchó. Ni una palabra de agradecimiento por el trabajo que le había dado, ninguna explicación. Nada. Como dijo Chuck, eso dice mucho de ella —estaba diciendo Carson.

Jace sintió una oleada de ira ante el comentario de Carson.

—No creo que Chuck sea quién para juzgar el carácter de Tess.

—Tienes razón. Perdona.

Carson guardó silencio un momento.

—En fin, solo quería saber de ti. Ver cómo van las cosas.

—Bien. Las donaciones van llegando y muchas son realmente valiosas.

—Me alegra oírlo. ¿Te estás quedando en el rancho de tus padres?

—Sí.

Siguió un curioso momento de silencio antes de que Carson volviera a hablar.

—Creo que deberías saber que he estado hablando con tu madre sobre el rancho.

Aquello pilló a Jace por sorpresa.

—Qué interesante. Mi madre nunca me lo mencionó.

—Hablé con ella hace unos días —dijo Carson—. Fue idea de Chuck. Pensó que, ahora que tu madre vive fuera y tú no tienes interés en llevar el rancho, quizá se plantearía venderlo.

—¿Y qué dijo?

—Que hablara contigo.

Lo cual sorprendió aún más a Jace. ¿Por qué pensaba su madre que él querría opinar sobre lo que pasara con el rancho?

—Tendré que hablar con ella antes de tomar cualquier decisión.

Le desconcertaba incluso planteárselo, y le sorprendía que su madre también lo hiciera. ¿Cuánto tiempo más se aferraría al rancho? Su hermana no iba a volver, y él tampoco.

—Por supuesto.

—Aunque me intriga saber por qué te interesaría comprarlo.

Jace comparó mentalmente la casa del rancho con la que Carson y su esposa tenían en Vancouver.