Cerca de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

—Tengo una taza de viaje estupenda que puedo donar —dijo Chester en la tienda de piensos y suministros agrícolas, sosteniendo una bolsa de plástico con una taza plateada dentro—. Lleva el nombre del negocio —añadió, dejándola sobre el mostrador frente a Jace—. ¿Me dará más publicidad?

Jace observó la taza de metal barata y gruñó para sus adentros. La taza de Chester difícilmente le ayudaría a superar el desafío de Tess.

—Todos los donantes tendrán su nombre en una tarjeta en la pared del recinto y en el programa del evento —explicó Jace, sacando el móvil para tomar nota—. ¿Le gustaría comprar entradas también?

—Oí que si donas algo, las entradas son gratis.

—No es cierto —dijo Jace con firmeza, echando un vistazo a la taza que con suerte recaudaría cinco dólares.

—¿Cuánto cuestan las entradas? —preguntó Chester.

—Setenta y cinco dólares cada una.

Chester silbó mientras apoyaba los codos en el mostrador.

—A ese precio no va a venir mucha gente.

—Es una recaudación de fondos —explicó Jace con paciencia.

—Eso es lo que pago por ir a un concierto. No creo que valga la pena pagar tanto por comer comida a medio hacer.

—Tenemos un servicio de catering excelente —respondió Jace—. La comida será increíble.

—Sí, bueno. Ya veremos.

—No espere demasiado —dijo Jace, recogiendo la taza del mostrador—. Las entradas se están agotando —lo cual era completamente falso. Las ventas iban lentas, en el mejor de los casos, pero Jace confiaba en que el gran aluvión llegara en las últimas semanas.

—Ya veremos —dijo Chester, tamborileando con los dedos sobre el mostrador de madera lleno de marcas.

Una voz sonó a su espalda.

—Oye, Jace, ¿vas a resucitar el viejo rancho? ¿Volver al ganado como tu padre?

Una mano grande se posó sobre el hombro de Jace, y este se giró para encontrarse con un hombre corpulento cuya camisa de cuadros gastada tiraba de los botones desparejados.

El sombrero vaquero manchado que llevaba estaba abollado y deshilachado, pero sus vaqueros eran tan nuevos que aún estaban tiesos.

—Aiden Ochremchuk. Cuánto me alegro de verte. ¿Qué tal los niños? —Jace le estrechó la mano, o más bien se la estrecharon a él; su viejo amigo no hacía nada a medias.

Aiden le soltó la mano, pero mantuvo la otra sobre su hombro.

—Volviéndome loco. Por eso tuve que salir de casa.

Jace no pudo evitar sonreír. Aunque se había mantenido en contacto por Facebook con su amigo del instituto, todavía le costaba asimilar que el payaso de la clase de aquellos años fuera ahora un padre asentado con tres hijos. Le llevaba mucha ventaja.

El pensamiento le provocó una punzada. Si las cosas hubieran salido como había planeado, él y Tess podrían tener ya al menos un hijo.

—He oído que estás haciendo una buena campaña de captación para el gran evento, ¿no?

—Sí —asintió Jace, apartando los recuerdos—. ¿Tendrías algo que donar?

—Ya hablé con tu compañera de fechorías. Tess me sonsacó un viaje para cuatro por el río en la lancha de papá. Yo pilotaré.

—¿Es seguro?

Aiden desestimó las preocupaciones con un gesto.

—Soy un padre responsable de tres hijos con otro en camino.

De ninguna manera voy a poner en peligro su futuro.

Además, Sally me mataría si me pasara algo —Aiden se rio—.

Pero esa Tess es toda una negociadora. Incluso consiguió que papá añadiera una barbacoa de solomillo en el camping de Sweet Creek.

Y Sally hará el postre —se rio de nuevo, sacudiendo la cabeza.

Jace sonrió con desgana.

—Entonces supongo que ya has dado todo lo que podías. Muchas gracias por tu generosidad —aquel viaje en lancha era exactamente lo que había estado buscando. Era único, interesante, y algo que una persona corriente no podría conseguir en ningún otro sitio.

—No te preocupes —dijo Aiden, sacando la cartera del bolsillo trasero—. A Tess se le escapó lo de vuestro pequeño juego —Aiden sacó un papel arrugado y se lo entregó a Jace—. Estuve hablando con Mark Andrews y me dijo que te diera esto.

Jace echó un vistazo a los garabatos del papel. Decía que Mark y Sheryl Andrews ofrecían un fin de semana para dos en el rancho, con comidas caseras y una excursión a caballo por las montañas.

—Esto es fantástico, Aiden —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hay que mantener el equilibrio. No puedo dejar que Tess piense que te ha tomado la delantera.

Además, no me importaría veros juntos otra vez —Aiden se ajustó el sombrero maltratado mientras sacudía la cabeza—.

Siempre pensé que a estas alturas ya estarías casado —le lanzó una mirada elocuente, como esperando que Jace ampliara el comentario—.

Siempre pensé que te harías cargo del rancho de tu padre.

—Ni hablar —dijo Jace—. No pienso acabar viviendo como mi padre.

—¿En qué sentido? Tu padre era un buen hombre —la voz de Aiden denotaba curiosidad.

—Perdona, no me he expresado bien. Me refería más a trabajar y vivir en el rancho. Lo agotador que fue para él —y lo poco que sacaron de ello.

—Seguro que no ayudó que se lesionara tan gravemente —dijo Aiden—. Y los precios se desplomaron justo cuando tuvo que vender las vacas. Y, entre tú y yo, no creo que a tu padre le gustara realmente el trabajo del rancho.

—¿Qué quieres decir?

Aiden desestimó la pregunta con un gesto.

—Perdona. Solo... ya sabes... cotilleos de bar. Estoy hablando de más. Lo de siempre. No tengo derecho a decir nada malo de tu padre.

—No, está bien. Sé que mis padres discutían por dinero, pero ¿quizás pasaba algo más?

Aiden se encogió de hombros otra vez y apartó la mirada.

—Por favor. Cuéntame —lo animó Jace.

—Como te dije, son solo cotilleos del bar, cosas que mi padre comentaba sobre el tuyo: que no se volcaba del todo en el rancho.

Rich lo heredó de su padre, que era un tipo muy echado para adelante, pero tu padre era más tranquilo.

Creo que podría haber sacado el rancho adelante, pero tú te pareces más a tu abuelo.

Creo que tú sí podrías hacerlo rentable.

Jace no quería darle cabida a esa idea, pero a pesar de su resistencia, echó raíces. Y le hizo plantearse preguntas.

—El negocio del ganado va muy bien ahora —continuó Aiden—.

Y siempre queda la opción del turismo. Deberías hablar con Mark Andrews.

Tiene un montón de clientes que quieren hacer rutas a caballo por la montaña.

Él no quiere expandirse, pero para un rancho como el tuyo podría ser un buen negocio complementario.

Estáis en un sitio ideal para excursiones a la sierra.

A pesar de querer centrarse en su carrera con Carson, Jace no pudo evitar sentir una punzada de nostalgia por las montañas, los espacios abiertos que tanto disfrutaba de niño. Recordó las excursiones que hacía con su padre y su hermana hacia las colinas, solo por el placer de explorar.

—Piénsatelo —dijo Aiden, dándole un codazo.

—Gracias por el consejo —dijo Jace sonriendo.

—¿Sabes cuánto tiempo vas a quedarte por aquí? —preguntó Aiden, volviendo a temas más prácticos.

Jace negó con la cabeza, con cierto pesar.

—En cuanto acabe aquí, me vuelvo a la oficina de Vancouver.

—Me han dicho que estás moviendo hilos para construir unos apartamentos junto al río.

Jace intentó ignorar el leve tono de reproche.

—Tengo una reunión con la gente de la Cámara de Comercio cuando acabe el evento benéfico. Y sí, en parte estoy aquí por eso.

Aiden le mantuvo la mirada, pero a Jace no le gustó la decepción que vio en sus ojos.

Afloraron otros recuerdos. Recuerdos de ser demasiado pobre para participar en las actividades del colegio, de las burlas por la ropa gastada y pasada de moda que llevaba, y de saber siempre, siempre, que sus padres iban justos de dinero.

Trabajar para Carson había borrado la amargura del pasado y le había proporcionado unos ingresos que jamás habría imaginado de joven.

—Creo que los apartamentos podrían aportar mucho al pueblo —dijo Jace, sin poder evitar un tono justificativo.

—Sí, podrían. Pero no tienen por qué estar junto al río. Y no tienen por qué ser tres. Con uno basta.

Jace iba a añadir algo más, pero sabía que debía andarse con cuidado. El padre de Aiden estaba en la Cámara de Comercio, y Jace no quería echar a perder sus opciones. Corrección: las opciones de Carson.

—Puede que no, pero Chuck cree que es el mejor sitio, y está convencido de que los llenaremos sin problema.

—¿En serio? ¿Le estás haciendo caso a Chuck MacGregor en lo que respecta a lo mejor para este pueblo? Chuck nunca disimuló lo mucho que odiaba este sitio.

El tono airado de su amigo hizo que Jace se lo pensara dos veces.

Sintió la tentación de defender a Chuck, pero sabía que Aiden tenía razón; aun así, su trabajo era allanar el camino.

Carson le había dado a Chuck el mando de este proyecto.

Por ahora, eso implicaba participar en el evento benéfico en el que Carson se había metido.

—Muchísimas gracias por esto —le dijo a Aiden, levantando el papel, deseoso de cambiar de tema—. Me aseguraré de que te lleves todo el mérito, con un certificado bien bonito. Ahora tengo oficina y secretaria aquí, así que le pediré a Callie que lo prepare.

El día anterior, Chuck había llamado para decirle que su padre le había conseguido una oficina y le había enviado una secretaria temporal de la empresa. Aunque agradecía la ayuda, a Jace no le hacía gracia la impresión que daba: que podría quedarse en Sweet Creek más tiempo del previsto.

—Tómalo como un pequeño soborno para que te plantees quedarte —dijo Aiden con una amplia sonrisa—. Sweet Creek es un buen sitio para formar una familia. Tus padres pensaban lo mismo.

Jace podría haber estado de acuerdo con él, si el matrimonio entrara siquiera en sus planes.

Desde que Tess se marchó, no había habido nadie con quien quisiera salir más de un par de veces, y mucho menos sentar la cabeza.

Aunque no sentía el desprecio por Sweet Creek que sentía Chuck, tampoco tenía ningún deseo de volver.

—Gracias, Aiden. Lo... lo tendré en cuenta —fue todo lo que dijo.