Cerca de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Jace levantó el puño para llamar a la puerta del apartamento de Tess, pero vaciló.

¿Qué estaba haciendo? ¿Tenía una vena masoquista? ¿Por qué se había ofrecido a conducir?

Claro, conocer a Helen Lennox era una oportunidad que no quería dejar pasar, pero en el fondo su verdadera razón era pasar más tiempo con Tess. Sin embargo, estaba claro que ella ya no estaba interesada en él, ni le contaría lo que había sucedido hacía tantos años.

Debería irse.

¿Y luego qué? ¿Actuar como si todo entre ellos estuviera bien, superado y olvidado, aunque nunca hubieran llegado a hablar de por qué ella se marchó?

Antes de que pudiera cambiar de opinión otra vez, llamó a la puerta y retrocedió un paso, deseando no estar tan nervioso. No había hecho nada malo. Al fin y al cabo, él era quien había sido abandonado hacía tantos años.

El cerrojo se movió, luego otra cerradura. Tess entreabrió la puerta y lo miró desde detrás de una cadena. Llevaba una toalla enrollada en la cabeza, pantalones de yoga y una camiseta.

—Ah... tú.

Él no llegaba temprano.

En otra vida, Tess habría estado vestida, con el maquillaje puesto y el pelo impecable, y lo habría regañado por llegar tarde. No dejaba de recordarse que la meticulosa Tess con la que había salido ya no existía.

Cerró la puerta para quitar la cadena y volvió a abrirla. Tess se apartó de la puerta, secándose el pelo con la toalla.

—Estaré lista en un minuto.

Su voz contenía un leve tono de desafío, pero Jace decidió ignorarlo. Asintió mientras entraba y echaba un vistazo alrededor.

Un puf se desparramaba en una esquina, y junto a él había un sofá victoriano desgastado con molduras de madera tallada. Pañuelos de gasa cubrían las lámparas y, aunque era principios de primavera, unas luces de Navidad brillaban a lo largo del techo.

La decoración de tienda de segunda mano no tenía nada que ver con su ordenada habitación de residencia. Igual que el acogedor aroma a magdalenas que flotaba en el apartamento. La antigua Tess nunca horneaba.

Siguió secándose el pelo con la toalla mientras señalaba el salón con la barbilla.

—Ponte cómodo. No hay mucho que leer. Algunas revistas, pero dudo que sean de tu estilo.

Desapareció por el pasillo.

Mientras oía el zumbido de un secador de pelo de fondo, Jace se paseó por el diminuto salón.

Unas cuantas revistas de famosos estaban esparcidas sobre la mesa de centro. Cogió una, atraído por el escándalo que prometían los titulares. Las demás revistas se deslizaron a un lado, y vislumbró el título de un grueso libro de tapa dura. Psicología en los tiempos modernos.

Picado por la curiosidad, lo cogió y lo hojeó. Notas con la peculiar letra de Tess salpicaban los márgenes. Había pasajes resaltados en rosa, amarillo y azul. Al pasar la siguiente página, cayó un trozo de papel, también cubierto con los garabatos de Tess.

Volvió a meter el papel, cerró el libro y lo cubrió de nuevo con las revistas.

¿Estaba Tess volviendo a estudiar? ¿Y dónde? No había ninguna universidad en un radio de ciento sesenta kilómetros de Sweet Creek.

¿O podría estar haciendo un curso a distancia?

Ojalá se sintiera lo bastante seguro como para preguntarle qué estaba estudiando. Al mismo tiempo, apareció un pequeño destello de esperanza. Quizás la estudiante de honor, receptora de numerosas becas, no había desaparecido bajo la nueva Tess.

En el rincón más alejado del salón había un escritorio desvencijado con un portátil decorado con pegatinas de colores.

El escritorio rebosaba de papeles, revistas y más libros de texto.

Encima del portátil, cerca del teléfono, colgaba un gran calendario de pared.

Los días estaban llenos de docenas de notas en bolígrafos de diferentes colores, con su horario de trabajo y recordatorios varios sobre compras y citas.

Sabía que debería alejarse, pero no pudo contener su curiosidad.

Miró más de cerca y vio una nota recurrente: «llevar a Kim al trabajo».

¿Quién era Kim? A pesar de su curiosidad, apartó la mirada del calendario, con la sensación de estar invadiendo una parte personal de su vida.

El sol se ponía y las luces del pueblo empezaban a encenderse mientras miraba por la gran ventana del salón. Sabía que, una vez que salieran del pueblo, vería las estrellas.

Un recuerdo acudió a su mente. Él y Tess tumbados sobre el capó aún caliente del coche de ella, trazando constelaciones en el cielo.

Tess había intentado enseñarle sobre Casiopea, la Osa Mayor y la Osa Menor, había intentado que encontrara las estrellas Deneb y Vega.

Pero él estaba mucho más interesado en robarle un beso.

Jace se apartó de la ventana. Ojalá pudiera olvidarla tan fácilmente como Tess parecía haberlo olvidado a él. La última vez que estuvo en Sweet Creek, apenas la vio. Había pensado que la había superado. Pero cuando regresó a la ciudad, no podía sacársela de la cabeza.

—Vale. Podemos irnos.

Tess apareció por la esquina, y él sintió un placer inesperado que no quería sentir. En lugar de la ropa desparejada que le había visto las últimas veces, había optado por una sencilla camisa color hueso, una chaqueta de pana marrón y vaqueros. Un pañuelo de gasa naranja añadía un toque de color.

Se parecía a la Tess que conocía. La Tess a la que una vez había querido tanto.

—Oh, espera. Se me olvidaba.

Se metió en la minúscula cocina que daba al salón y regresó con un recipiente de plástico rectangular.

—Le prometí magdalenas a Charlie y más me vale cumplir.

—Todavía no puedo imaginarte horneando —dijo él.

—He adquirido algunos buenos hábitos —dijo Tess—. ¿Nos vamos?

Caminaron en silencio hasta el coche. Cuando Jace le abrió la puerta del BMW a Tess, ella esbozó una sonrisa irónica.

—Sigues siendo todo un caballero —dijo.

—Mis padres me enseñaron bien —respondió, mientras ella se deslizaba con gracia. Cerró la puerta con suavidad, temeroso de romper la frágil armonía del momento.

Jace había descargado algunas canciones de Helen Lennox, y mientras salían del pueblo hacia la oscuridad del campo, su voz profunda y conmovedora llenaba el silencio.

Se inclinó hacia delante para mirar el cielo. Las estrellas titilaban, y soltó el aliento con un suspiro.

—Echaba esto de menos —murmuró, lanzando otra mirada rápida hacia arriba—. En la ciudad no se ven las estrellas.

Tess también se inclinó hacia delante.

—Ya deberíamos poder ver Deneb. Orión ha desaparecido hasta el verano.

—No pude encontrarla la primera vez que intentaste señalármela... dudo que pudiera encontrarla ahora.

Ella le lanzó una mirada curiosa. El resplandor del salpicadero daba un aire inquietante a sus rasgos.

Pero la forma en que el pelo le caía suelto alrededor de la cara hacía que los años transcurridos se desvanecieran.

Una vez más, eran dos chicos de campo que se tomaban un descanso de la ciudad y sus interminables estudios para mirar las estrellas; que se tomaban un momento para apreciar la creación de Dios y maravillarse ante su profundidad y amplitud.

Habían tenido algunas de sus mejores conversaciones tumbados en una manta —el uno junto al otro y con las manos entrelazadas— en el campo de algún granjero, mirando un cielo salpicado de diamantes.

—Tess —dijo en voz baja, armándose de valor—. ¿Te acuerdas de cuando...?

—Tienes que fijarte bien en la entrada de Charlie —lo interrumpió Tess, apartándose de él—.

Si no sabes dónde está, te la pasas de largo.

La primera vez que vine, me perdí por completo.

Di vueltas y más vueltas hasta que al final la encontré.

Charlie nunca me dejó olvidarlo. Seguro que me lo vuelve a recordar.

Le encanta hacer eso. Restregarme el pasado.

Cuando Tess dejó de parlotear, lo único que se oía en el coche era la música suave de la radio. Tess miraba al frente con las manos entrelazadas en el regazo.

—¿Estás bien? —preguntó él. ¿A qué venía tanta charla sobre cómo llegar y sobre Charlie?

—Estoy bien. Solo quiero asegurarme de que no te pierdas.

La casa de Charlie quedaba a unos buenos quince minutos. Cuando Jace volvió a mirarla y vio sus labios apretados y la mandíbula tensa, supuso que algo más estaba pasando.

La frustración se apoderó de él. Cada vez que intentaba acercarse, ella lo esquivaba. Parecía empeñada en recordarle a cada momento que el pasado había quedado atrás.

No debería haber pedido acompañarla. Si era sincero consigo mismo, ver a Helen no era más que una excusa para pasar tiempo con Tess en un ambiente relajado. Era evidente que estaba perdiendo el tiempo.

—Gira más adelante —dijo Tess, señalando.

Jace escudriñó la zona que iluminaban los faros, pero solo veía hierba alta.

—Reduce la velocidad. Lo verás.

Jace obedeció y vio un sendero de tierra que se apartaba de la carretera.

—¿Estás segura?

—Ya te dije que era difícil de encontrar, y también que era rústico.

Jace giró hacia el sendero y enseguida los árboles los engulleron, alzándose sobre ellos. Las luces del coche oscilaban mientras daba tumbos por el camino de tierra. No tenía ni idea de adónde iba y esperaba que Tess sí. También esperaba que el coche sobreviviera al trayecto.

Unos minutos después, los árboles se abrieron. En el pequeño claro que había delante, vio rectángulos de luz dorada que brillaban en una cabaña de troncos. Un par de perros bajaron corriendo por el camino de entrada, cruzando una y otra vez el haz de los faros.

—No te preocupes por los perros —dijo Tess cuando Jace frenó en seco—. Están acostumbrados a los coches.

Jace aparcó junto a una camioneta bastante nueva y apagó el motor.

—Supongo que hemos llegado.

—Por supuesto —dijo Tess, colgándose el bolso al hombro—. Yo nunca te llevaría por mal camino.

Él dejó pasar el comentario mientras la seguía por el sendero. Se encendió una luz en el exterior y la gran puerta de madera de la cabaña se abrió. Charlie estaba en el umbral, recortado a contraluz. Los perros saltaban a su alrededor, pero se mantenían alejados de Tess y Jace.