Cerca de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Armándose de paciencia, Jace miró el reloj mientras la gente empezaba a dispersarse. La reunión de la que habían hablado la noche anterior había terminado, y Tess no había aparecido. Sabía que el mercadillo llevaba rato cerrado, así que no podía usar eso como excusa.

Aunque los demás miembros del comité se habían marchado hacía quince minutos, Jace se quedó en el salón con la débil esperanza de que Tess apareciera corriendo, deshecha en disculpas.

Le había dado el beneficio de la duda, pero para nada.

Debería haber sabido que se escaquearía de este compromiso cuando ayer no paraba de poner excusas.

Recogió los papeles. Era hora de volver a casa y ponerse al día con el trabajo. Estaba claro que Tess no iba a aparecer. No debería haberse sorprendido, pero no podía evitar la decepción, que parecía ser lo que siempre sentía cuando Tess estaba de por medio.

Cuando Carson le pidió que fuera a Sweet Creek para trabajar en el complejo de apartamentos que quería construir y colaborar en el comité de la gala benéfica que él mismo había impulsado, quiso negarse.

Pero a Carson no se le decía que no. Sobre todo porque Jace quería demostrar que merecía la confianza que Carson había depositado en él al ayudarle a costear el máster en empresariales y darle después un puesto en su promotora inmobiliaria.

Así que aceptó los proyectos, pensando que quizá averiguaría por qué su antigua novia había cambiado tanto y por qué lo había plantado hacía tantos años.

Estaba claro que esa noche no iba a averiguar nada.

Se subió al coche y se marchó del salón.

A pesar de lo irritado que estaba con Tess, no pudo evitar sonreír mientras conducía por las calles arboladas de Sweet Creek.

Nunca pensó que vería los lugares de siempre por los que antes pasaba caminando —la ferretería, la oficina de correos, el cine, su antiguo instituto— a través del parabrisas de un BMW plateado.

«Cómo cambian las cosas», reflexionó, y torció el gesto cuando sus pensamientos volvieron a Tess.

¿Por qué no podía quitársela de la cabeza?

Ojalá pudiera tratarla con la misma naturalidad que a cualquiera de los viejos amigos que se habían quedado en Sweet Creek.

Un hola rápido, la típica charla de «¿qué has hecho últimamente?

», la promesa de quedar a tomar un café —que nunca se cumpliría— y luego cada uno por su lado.

Pero si se encontraba con ella, no habría conversación intrascendente.

Él y Tess tenían demasiada historia, y ella le había hecho demasiado daño.

Había conseguido evitarla, pero entonces Deborah le pidió quedar en la cafetería de Claire para hablar de la gala benéfica, y supo que ver a su antigua novia era inevitable.

«Antigua novia».

Las palabras evocaban muchos recuerdos dolorosos: él y Tess paseando de la mano por esas calles, por los campos del rancho de sus padres, haciendo planes —como todos los chavales que crecen en pueblos pequeños— para marcharse.

Apartó los recuerdos de su mente al girar hacia la carretera. Unos minutos después, enfiló el sendero estrecho y sinuoso que llevaba al rancho de sus padres. Aparcó frente a la casa deteriorada, cogió el maletín y bajó del coche.

La primavera flotaba en el aire, fresca y limpia.

Se detuvo un instante a dejar que el aroma de la nueva estación lo envolviera mientras contemplaba el lugar donde había pasado la mayor parte de su vida soñando con marcharse.

La hilera de cerezos de Virginia que él y su padre habían plantado hacía muchos años estaba en plena floración, desprendiendo un intenso aroma a almendras.

Los árboles que rodeaban la vivienda lucían el verde tierno de la primavera, suavizando el aspecto de pintura descascarada y abandono.

Su mirada vagó más allá de la casa, el viejo granero y los corrales destartalados, hasta las montañas que habían velado por él y por aquel lugar.

Hubo un tiempo en que los Scholte poseían más tierras.

Pero su padre no era ranchero y poco a poco se había ido desprendiendo de parcelas.

Tras su muerte prematura, su madre vendió el ganado, la maquinaria y saldó todas las deudas.

Pero eso significaba que el rancho había dejado de ser un negocio viable.

Cuando Jace se mudó al oeste para estudiar en Vancouver, ella se fue al este para estar más cerca de su hermana y de sus nietos.

Los hijos de su hermana y su cuñado ejercían una atracción con la que Jace, todavía soltero, no podía competir.

Había intentado convencerla de que vendiera el rancho, pero ella dijo que no estaba preparada, todavía no. Jace se preguntaba si no albergaría la débil esperanza de que él volviera y echara raíces allí.

Hasta ahora, no había encontrado la manera de decirle que jamás volvería a un lugar que le recordaba demasiado lo que era estar siempre sin blanca, tener siempre mucho menos que los demás. La humillación de no tener nunca un duro en el bolsillo.

Había logrado escapar y había encontrado la buena vida.

Solo estaba allí el tiempo justo para quedar bien con la Cámara de Comercio, colaborar en la gala benéfica y allanar el camino para el plan de Chuck y Carson de construir un complejo de apartamentos junto al río.

Después, de vuelta a Vancouver y a vivir bien.

Tenía unos cuantos amigos, algunos conocidos del instituto. Aparte de la promesa de un ascenso si conseguía lo que Chuck y Carson esperaban, muy poco lo ataba a aquel lugar.

¿Y Tess?

Jace apartó la pregunta de su mente. Ya le había dado demasiadas vueltas. Además, le resultaba muy difícil verla desperdiciar su potencial en trabajos que malgastaban su talento.

Recorrió la acera agrietada hasta su antigua casa. Una vez dentro, fue al dormitorio de su infancia, el que daba al salón y que ahora hacía las veces de oficina temporal. Unos cuantos rectángulos oscuros en las paredes marcaban los lugares donde antes había pósteres.

Si cerraba los ojos, podía oír las notas de la música country que su hermana siempre insistía en poner en la radio, llegando desde el pasillo. Y casi podía oír a sus padres discutiendo en la cocina, repasando lo de siempre: la eterna falta de dinero y cómo iban a arreglárselas.

Observó la pintura descascarada en las paredes, la bombilla pelada colgando del techo.

Aunque era el hogar de su infancia, siempre había representado la lucha incesante de sus padres por salir adelante.

Desde que su padre quedó incapacitado tras la cornada de un toro, el dinero había escaseado.

Su madre no le permitió dejar los estudios para ayudar.

En lugar de eso, ella consiguió un trabajo en el supermercado del pueblo para complementar la magra pensión de invalidez de su padre.

Aquella infancia fue lo que le empujó a estudiar empresariales y a empezar a trabajar con Carson.

Había ascendido rápido en la empresa gracias a su capacidad y, tenía que reconocerlo, a algo de suerte.

Carson se había interesado especialmente por él y le había dado clientes y oportunidades que cimentaron su reputación.

Vale, no estaba salvando el mundo como él y Tess creyeron que harían, pero tenía dinero suficiente para donar a causas que consideraba importantes y, mejor aún, para ayudar a su madre.

Dejó caer el maletín sobre el escritorio de su antiguo dormitorio justo cuando sonó el teléfono.

—¿Qué tal por el quinto pino? —la voz falsamente jovial de Chuck MacGregor llegó a través del teléfono.

—Bien. Me apunté para colaborar en la gala benéfica, como sugirió Carson —dijo Jace.

Se encajó el teléfono entre el hombro y la oreja mientras cogía el expediente que el padre de Chuck, Carson, le había dado sobre la solicitud del complejo de apartamentos.

Volvió a fruncir el ceño al mirarlo, reprimiendo sus propias objeciones sobre la ubicación que Carson había elegido para el edificio.

Su jefe había seguido la sugerencia de Chuck en lugar de la suya, lo que dificultaría la aprobación de la solicitud.

—Por eso papá te mandó allí. Eres el hombre perfecto para el trabajo —dijo Chuck—. Me alegro de haberme quedado aquí trabajando en mis propios proyectos.

Jace reprimió un suspiro. Que Chuck fuera el hijo del jefe era la verdadera razón por la que Carson MacGregor no le había pedido que se encargara del trabajo complicado.

Pero daba igual. Cualquier cosa que le hiciera quedar bien con Carson supondría un avance para él.

—¿Ya has visto a alguno de los colegas del instituto? —preguntó Chuck.

—He estado hablando con Clint, quedé con Nate para ponernos al día. Los demás ya no están por aquí.

—Me han dicho que Tess sigue por ahí. ¿Qué tal le va?

—Igual que siempre. Perdiendo el tiempo.

Y su potencial. Durante el instituto, en aquellos años salvajes antes de sentar cabeza, Tess había sido quien lo retaba a dar más de sí. Ahora, gracias a ella, él había llegado lejos, mientras ella iba a la deriva.

—Qué pena. Era lista. ¿Se ha casado?

—No.

Jace no quería hablar de Tess. No con Chuck, que siempre le había advertido que Tess nunca estuvo tan interesada en él como él en ella. Jace solía pensar que Chuck hablaba por celos.

—Entonces, ¿todavía tienes posibilidades? —dijo Chuck con sarcasmo.

—¿En qué puedo ayudarte, Chuck? —preguntó Jace, ignorando la pregunta con segundas.

No quería que los viejos sentimientos por Tess interfirieran con el presente.

No iba a permitir que Chuck encontrara la más mínima grieta en sus defensas.

Chuck había heredado el olfato de su padre para detectar debilidades.

Pero mientras Carson usaba esa información para enseñar, Chuck la usaba para sacar ventaja.

—Estoy trabajando en el expediente Henderson...