Cerca de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Tess levantó la mano para colocarse un mechón suelto detrás de la oreja, pero se detuvo, intentando no dar muestras de nerviosismo. Por suerte, Jace se había sentado a una mesa, así que ella y su madre podían hablar en privado.

—Puedes recuperar el tiempo perdido. Le pregunté a Dale Andrews, el presidente del comité de recaudación, si aún podías venir, y dijo que sí.

Deborah miró por encima del hombro de Tess y volvió a sonreír cuando Claire apareció detrás de ella.

—Ahí estás, Claire. Me preguntaba dónde te habías metido. ¿Quizá puedas ayudarme a convencer a Theresa de que cumpla con sus obligaciones y eche una mano con la recaudación de fondos?

—¿Es la del Centro de Crisis? —preguntó Claire, que se echó una toalla al hombro y se ajustó el pañuelo que le sujetaba el pelo oscuro.

—Esa misma.

Claire frunció el ceño y negó con la cabeza.

—Lo siento, Tess. De todos modos, no puedes ir a esa recaudación de fondos.

Gracias a Dios. Su querida hermana la estaba sacando del apuro. Sabía que podía contar con Claire para que le cubriera las espaldas frente a su madre.

—¿Por qué no?

—Ese día es el cumpleaños de Tess —explicó Claire.

Deborah enarcó una ceja perfectamente depilada.

—¿Y?

Claire suspiró.

—Iba a hacerle una fiesta. Cumple treinta, ¿recuerdas?

Cierto. Tess prefería no pensar en ese hito inevitable. Aunque agradecía que su hermana hubiera ideado una excusa para librarse de la recaudación de fondos, habría preferido que la razón fuera cualquier otra: aquello le recordaba en qué punto se encontraba su vida.

Muchos años atrás, no había imaginado que al cumplir los treinta sería una mujer soltera saltando de un trabajo a otro, aún incapaz de asentarse con un hombre o con una carrera.

Por aquel entonces, su visión de futuro incluía una carrera prometedora como promotora inmobiliaria.

Esa misma visión incluía estar casada con el hombre que ahora estaba sentado en la cafetería de su hermana, tomando café mientras repasaba unos papeles extendidos sobre la mesa.

—Pero yo asistiré a la recaudación de fondos, al igual que tu padre —protestó su madre—. Seguro que puedes hacerle la fiesta otro día, ¿no?

—Siempre celebramos los treinta el mismo día del cumpleaños. Es tradición —dijo Claire, lanzándole a su hermana una mirada triunfante.

Tess miró de su hermana a su madre mientras el temor se le asentaba en la boca del estómago.

Entre la espada y la pared. Comprometerse con la recaudación de fondos y acabar trabajando con su madre, o comprometerse con la fiesta de cumpleaños y pasar la noche enfrentándose a la cruda realidad de su vida.

—Creo que podemos hacer una excepción con esta tradición —dijo Deborah—. Es por una causa excelente. La reunión será a las seis y media. Esta noche —añadió, volviéndose hacia Tess con la voz cargada de expectación.

Tess captó la mirada implacable de su madre y se preguntó si merecía la pena dar batalla.

—Sabes lo importante que es cumplir con tus compromisos. Ya hablamos de esto.

Era una pulla sutil por todas las veces que Tess había olvidado cosas, aunque en los últimos años había mejorado. Quería decirle a su madre que no era irresponsable, que no era olvidadiza ni poco fiable. Simplemente había estado... distraída.

—De acuerdo. Allí estaré.

No por gusto, pero no le quedaba otra opción.

—Eso es estupendo. Y mejor aún, Jace también estará en el comité.

¿Jace? ¿En el comité? No. De ninguna manera. No podía hacer esto.

—Pero... no creo... no estoy segura...

—Sé que no trabajas esta noche, Theresa —dijo su madre—, y acabas de decir que ayudarías.

Tess estaba a punto de protestar una vez más.

Los ojos de su madre se entrecerraron, como si pudiera leerle el pensamiento.

—Te veo esta noche, entonces. No hay más que hablar.

Sin decir otra palabra, su madre se acercó a la mesa de Jace. Tess les dio la espalda, luchando contra el impulso de correr tras ella y protestar una vez más, pero sería delante de Jace.

Claire se acercó sigilosamente y le dio un codazo.

—Te di una salida —siseó—. ¿Por qué no la aprovechaste?

—Te dije que no quiero una fiesta de cumpleaños.

Tess miró por encima del hombro, pero su madre y Jace seguían enfrascados en su conversación.

—¿Y ayudar a mamá y a Jace con una recaudación de fondos es mejor opción?

Tess se sentía dividida. Claire sabía lo mucho que había intentado evitar a Jace Scholte la última vez que estuvo en el pueblo, lo cual le venía de perlas.

A su hermana nunca le había gustado Jace ni el rumbo que le había dado a la carrera de Tess, y se alegró cuando esta regresó de su viaje improvisado a Europa hacía seis años, afirmando que lo suyo con Jace había terminado.

—Mira, le debo una a mamá —dijo Tess con un hondo suspiro—. Y dije que iría. Iré, averiguaré de qué va todo esto y veré si hay alguna forma de participar sin asistir a las reuniones. Pasar desapercibida.

—Entonces, ¿todavía podemos hacerte la fiesta de cumpleaños?

—Bueno, no. Si me involucro en la recaudación de fondos, tendré que aparecer por allí, ¿no? No creo que mamá me deje escaquearme.

Tess le dedicó a su hermana una sonrisa forzada y fue al almacén de la tienda a buscar más granos de café mientras intentaba desenredar el lío en el que acababa de meterse.

Le dijiste que ayudarías, le recordó una voz molesta. ¿Y qué pensaría tu madre si intentaras escaquearte? ¿O Jace, ya puestos?

Pero no tengo nada que demostrar, replicó para sí. Ni a mi madre ni a Jace.

Claro, antes era la reina del voluntariado. Claro, antes estaba en el cuadro de honor del colegio, ayudaba en todas las actividades de la iglesia, iba al grupo de estudio bíblico y rezaba a diario.

¿Y de qué le había servido todo ese ajetreo?

De nada. De menos que nada, de hecho.

Frenó sus pensamientos antes de que tomaran un desvío desagradable hacia el pasado.

Tenía que concentrarse en encontrar la manera de tener contenta a su madre y mantenerse alejada de Jace y de todos los recuerdos que él removía.

Para cuando Tess terminó en la trastienda, Jace y Deborah se habían marchado, y pudo respirar de nuevo.

El resto del día sirvió café, vendió magdalenas, galletas y pasteles variados, intercambió bromas con los clientes y, con cada minuto que pasaba, intentó averiguar cómo librarse de aquel compromiso.

Seguro que podía encontrar otra forma de compensar a su madre y evitar que Claire le organizara una fiesta de cumpleaños que no quería, ¿no?

Para cuando Tess cerró el local y Claire fue a recoger a Emma de casa de la cuidadora, Tess había encontrado una solución parcial a su problema: no iría esa noche.

Así de sencillo. Si Jace iba a estar allí, tenía que mantenerse alejada.

No tenía sentido resucitar el pasado. Además, había oído que solo estaba en el pueblo temporalmente para resolver unos asuntos.

Decepcionar a su madre crearía otro nido de problemas, pero de momento era la opción más segura.

Así que se tomó su tiempo limpiando, asegurándose de que no quedara ni un grano de café en la máquina de espresso y de que cada superficie reluciera.

Fregó el suelo por segunda vez ese día y, ya puesta, decidió limpiar también las ventanas.

Aquellas maniobras de distracción solo podían funcionar hasta cierto punto, pero quizá consiguieran que su madre desistiera.

Mientras ordenaba rollos de papel en el almacén trasero, alguien llamó a la puerta principal.

Su madre estaba al otro lado, haciéndose visera con la mano para ver el interior. Tess reprimió un gemido. Ya no había escapatoria. Tenía que dejarla entrar; su madre la había visto.

—¿Has terminado? —preguntó Deborah mientras Tess la dejaba pasar.

—No estoy segura —dijo Tess—. La tienda estaba especialmente sucia hoy. Día ajetreado. Muchos clientes. Me retrasé.

Se mordió la lengua para dejar de balbucear, sabiendo que su madre lo vería como la excusa que era.

—Me alegro mucho de pillarte todavía aquí.

La voz de Deborah sonaba radiante. Alegre, incluso.

—Esto viene perfecto.

—¿A qué te refieres?

—Necesito que me lleves a la reunión —explicó Deborah, ajustándose las solapas de la americana con sus dedos de manicura perfecta—. Tuve que dejar el coche en el taller y no podré recogerlo hasta mañana.

Tess intuyó lo que venía a continuación.

—Podemos ir juntas a la reunión, ¿verdad?

Deborah subrayó la sugerencia arqueando una ceja perfectamente depilada.

Tess debería haber sabido que no podía ganarle la partida a su madre. Deborah Kraus podría dar clases de manipulación a los vendedores de aspiradoras.

Está bien, pensó Tess, reconociendo su derrota. Iría a esta reunión y solo a esta reunión.

Deborah señaló los vaqueros rotos y la camiseta rosa fucsia de Tess.

—Deberías ir a casa a cambiarte.

—No me importa ir así esta noche.

Se obligó a sostenerle la mirada. Si su madre la estaba manipulando para asegurarse de que asistiera, tendría que aceptarla tal como venía.

Deborah le sostuvo la mirada un momento, como si pusiera a prueba su determinación, y luego soltó un suspiro cargado de desaprobación. —Muy bien, entonces. Si quieres venir a esta reunión pareciendo una vagabunda, allá tú.

En ese momento, Tess sintió todo el peso de la decepción a la que había sometido a su familia desde que abandonó su prometedor trabajo hacía seis años.

Sus padres habían estado encantados de que hubiera conseguido, recién salida de la universidad, un puesto prestigioso en una empresa tan importante como MacGregor Holdings; no tanto cuando renunció y se largó a Europa durante seis meses.

Agarró la chaqueta vaquera y el bolso y se enrolló una larga bufanda morada al cuello. —Vale. Estoy lista.

Tess no había rezado en años, pero estuvo a punto de hacerlo mientras rebuscaba en su enorme bolso las llaves para cerrar la tienda. Caminaron juntas hasta el coche de Tess en la parte de atrás.

Cuando su madre abrió la puerta del coche, Tess agarró la bolsa de ropa de Claire para la tienda de segunda mano y la lanzó atrás.