CAPITULO LXXXII
Los libros secretos de Bruselas
El palacio de Coudenberg en Bruselas era el corazón administrativo del norte de Europa, un laberinto de piedra donde cada pasillo olía a pergamino húmedo, cera de sellar y las ambiciones de decenas de burócratas imperiales.
Para los ojos inexpertos, el poder residía en el trono de la regente María de Hungría; para Lucía Abenazir, residía en los despachos de la Contaduría Mayor, donde los secretarios de la Corona registraban la marea incesante de deudas que sostenía la política de los Habsburgo.
Valiéndose de la influencia que el Asiento del mercurio le otorgaba y de una generosa distribución de ducados de oro físico entre los escribanos del tesoro —aquellos que sabían que el papel del Emperador no pagaba el pan en los mercados de Bruselas—, Lucía y Diego lograron lo que ningún factor extranjero había conseguido: acceso a las relaciones de juros y pasajes de los últimos tres años.
Era una tarde gris, de esas en las que la luz de las bujías se volvía indispensable mucho antes del ocaso.
En un pequeño gabinete adyacente a las oficinas del Tesoro, Lucía repasaba las columnas de cifras con una rapidez que asombraba al anciano archivero que custodiaba los legajos.
Diego permanecía de pie junto a la puerta, atento al más mínimo ruido en el pasillo .
Tras asegurar el cerrojo y comprobar por la rendija que la galería seguía desierta, Diego cruzó la estancia con paso silencioso y se inclinó sobre el hombro de Lucía, guardando las distancias, pero lo bastante cerca para no tener que alzar la voz.
—Los Fugger nos están asfixiando con nuestro propio crédito en Amberes —susurró Diego, observando la concentración de Lucía—, pero aquí pareces estar buscando algo que no pertenece a nuestra contabilidad.
—Busco el límite de su paciencia, Diego —respondió ella, sin levantar la vista de un pliego timbrado con el sello de la tesorería de Flandes—.
Los Fugger no prestan por devoción al Imperio.
Lo hacen porque Carlos V les entrega en garantía las minas de plata de Europa, las órdenes militares de Castilla y los cargamentos que aún no han salido de las Indias. Pero mira esto.
Lucía deslizó el dedo índice por una serie de asientos fechados en los últimos seis meses.
—Este año, la guerra en la frontera francesa y el mantenimiento de las guarniciones en Italia han costado tres veces más de lo presupuestado.
El Emperador ha firmado con los Fugger y los Welser tres nuevos asientos de urgencia para pagar a los lansquenetes en el Rin.
¿Y sabes qué han entregado en garantía para estos últimos préstamos?
Diego se acercó, entornando los ojos sobre las cifras.
—Las rentas de los maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara...
y la exclusividad de Almadén para el próximo quinquenio, una vez expire nuestro contrato.
Ellos conocen nuestros plazos, Lucía. Saben que el presente nos pertenece y esperan pacientemente su turno para recuperar el monopolio. No hay ningún error en sus cuentas .
—En las suyas no, Diego —respondió Lucía, y su voz bajó un tono, arrastrando una gravedad que heló el aire del gabinete—.
El error está en su confianza. Mira este pliego sellado por el Consejo de Hacienda que el secretario de la gobernadora guarda bajo triple llave.
No es un contrato, es un borrador de decreto real para el próximo otoño.
Diego leyó las líneas manuscritas con extrema atención. A medida que avanzaba, su mandíbula se tensó.
—Una suspensión general de pagos... —susurró—. El Rey va a confiscar de manera unilateral todos los fletes de plata que lleguen de las Indias y a rescindir, por razones de Estado, todas las concesiones de minas, juros y asientos en Castilla. Incluyendo el nuestro.
—Y el de los Fugger —añadió Lucía con una sonrisa gélida—.
El Emperador está tan ahogado por las deudas de la guerra en Flandes que va a quebrar las reglas del juego.
Va a nacionalizar Almadén por la fuerza, anulando tanto nuestro contrato actual como el quinquenio futuro que los alemanes creen tener asegurado.
Los Fugger siguen prestándole millones porque confían en el valor de ese suelo, sin saber que el papel que sostienen en sus cajas de Augsburgo ya está condenado a convertirse en humo.
Diego asimiló la demoledora realidad. El gigante alemán estaba ciego ante la desesperación de su real deudor.
—Si descubren esto —comprendió Diego—, cerrarán el grifo del crédito al Imperio hoy mismo y la Corona caerá antes de tiempo.
—Exacto. Por eso no vamos a luchar contra su boicot, Diego.
Vamos a fingir que nos han vencido. Vamos a ofrecerles la venta inmediata de nuestro asiento preferente y nuestras tierras de Namur.
Creerán que su estrategia de asfixia en la Bolsa ha funcionado y que nos tienen de rodillas.
Nos pagarán en oro físico depositado en bancos libres de Venecia o Génova para quedarse con el control absoluto y presente de Almadén.
Dejemos que se queden con el codiciado azogue.
Dejemos que sean ellos quienes sostengan el abrazo del ahogado cuando el Emperador firme su quiebra.