Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXXXI
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CAPITULO LXXXI

El nido de las águilas de Augsburgo

La caída del barón de Watteville y la anexión de sus tierras en Namur por parte de El Arlanzón enviaron una onda de choque que sacudió los cimientos de la rúa Alta de Bruselas y el patio de la Bolsa de Amberes.

Sin embargo, en el tablero de la alta finanza europea, el desplazamiento de un noble flamenco no era más que el movimiento de un peón.

El verdadero peligro para Lucía y Diego despertó en el sur de Alemania, en los despachos donde se decidían los destinos de las coronas: la casa de los Fugger, los todopoderosos Fúcares de Augsburgo.

Para los Fugger, el control del azogue de Almadén y las minas de plata de Europa Central no era un negocio más; era el núcleo de su imperio financiero.

Al reventar los precios en Flandes y consolidar su asiento directo con la regente, la firma de los dos castellanos había osado disputarles el aire que respiraban.

En la factoría de los Fugger en Amberes, un imponente edificio de piedra gris que dominaba el canal, su factor principal en Flandes, el suabo Ulrich Erhart, desdobló el informe de los balances mensuales de la Bolsa.

Frente a él, sentado en la penumbra, el procurador del Consulado de Burgos asintió con una mueca de amargura .

—Esa mujer y su capitán no solo nos han arrebatado el mercado de las lanas, maese Erhart —siseó el burgalés—. Ahora controlan el paso del mercurio hacia el norte. Si no los detenemos antes de la feria de invierno, la plata del Tirol se refinará bajo las condiciones de El Arlanzón.

Erhart, un hombre cuya dinastía familiar llevaba décadas tratando a los reyes como a deudores corrientes, acarició su barba cana con parsimonia.

—Los castellanos viejos siempre cometéis el mismo error: pretendéis resolver los pleitos con acero en los callejones —reprochó el alemán con desdén—. A una firma que maneja millones no se la destruye con espadas. Se la destruye secando la fuente de su crédito.

El factor de los Fugger se levantó y caminó hacia el ventanal que miraba a las esclusas del Escalda.

—Esta misma tarde, la casa Fugger, en alianza con los Welser y los Grimaldi de Génova, declarará en cuarentena las letras de cambio de El Arlanzón.

Ningún banco de Amberes, Lyon o Venecia aceptará sus giros.

Si quieren pagar las costas de la extracción en las minas, los salarios de los arrieros en Castilla o los fletes de las naos en los puertos, tendrán que hacerlo en oro contante y sonante.

Veamos cuánto tiempo resiste su imperio de papel cuando nadie en Europa acepte sus firmas.

En la contaduría de la rúa de los Pañeros, el aire de victoria por la caída de Watteville duró poco.

Diego entró en el despacho de Lucía con un fajo de cartas devueltas por los correos de la mañana.

Su rostro reflejaba la gravedad de quien se enfrenta a un enemigo invisible y mucho más formidable que los sicarios del muelle .

—Los bancos de Amberes nos han cerrado las ventanillas, Lucía —dijo Diego, dejando caer los pliegos sobre la mesa—.

La banca de los Fugger ha emitido una orden de sospecha de liquidez contra nuestras letras.

Los genoveses se han sumado al boicot. En Lyon han rechazado nuestro último giro de tres mil ducados bajo la excusa de que nuestras garantías en Castilla están comprometidas por los pleitos con Burgos.

Lucía levantó la vista del libro mayor. No había pánico en sus ojos; solo esa fría y analítica fijeza que heredara de Samuel cuando las cifras se ponían en su contra.

—Es un estrangulamiento de crédito, Diego —analizó ella, entrelazando los dedos—.

Saben que el mercurio viaja seguro bajo el asiento real, pero si no podemos pagar los fletes en las aduanas interiores ni liquidar los salarios de los factores en Amberes, los barcos no descargarán.

Quieren forzarnos a venderles nuestro asiento de Almadén a precio de saldo para salvar la firma de la bancarrota.

Diego se apoyó en el borde de la mesa, con la mano sana apretando la madera.

—¿Qué hacemos? Si respondemos vendiendo las tierras de Namur que le quitamos a Watteville para conseguir oro físico, creerán que estamos heridos y apretarán más el lazo.

Lucía esbozó una sonrisa de una sutileza letal. Se levantó y caminó hacia el hogar, donde la llama consumía un cabo de vela.

Dejemos que crean que estamos acorralados, Diego.

Los Fugger son gigantes de pies de barro.

Sostienen la deuda del Emperador con un hilo tan fino como el crédito que mendigan a los genoveses en las ferias de Amberes.

Si Erhart quiere jugar al ajedrez en la Bolsa, vamos a darle la partida de su vida.

Pero no jugaremos a defendernos. Vamos a buscar el eslabón más débil de su propia cadena: los despachos del tesoro imperial en Bruselas.

Es hora de descubrir cuánta de la plata que nos exigen refinada pertenece realmente al Emperador...

y cuánta es ya papel mojado en manos de los Fúcares.