Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXXX #2
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CAPITULO LXXX #2

La respuesta no fue una voz, sino el silbido seco de una ballesta. Un dardo de hierro cruzó la niebla y se clavó con un crujido sordo en el pecho del primer lansquenete, que cayó hacia atrás sobre el lodo sin tiempo para lanzar un quejido.

De la penumbra del callejón surgieron seis figuras oscuras, armadas con bracamartes y dagas de vela. A la cabeza iba Jehan de la Croix, el borgoñón. No traía prisa; se movía con la parsimonia del carnicero que sabe que tiene a su presa acorralada en un callejón sin salida.

—El barón de Watteville os envía sus más atentos saludos, maese Ocaña —siseó el borgoñón, desenvainando una pesada espada corta—. Dijo que Amberes es un lugar insalubre para los castellanos que no saben mantenerse en su rango .

Diego no respondió. En lugar de retroceder, dio un paso al frente, despojándose de la capa con un movimiento rápido de su brazo izquierdo, enredándola en su mano para usarla como escudo.

El acero de su espada toledana relumbró bajo la luz mortecina de un farol lejano con un sonido limpio y homicida.

El lansquenete superviviente, comprendiendo que no había margen para la rendición, gritó un juramento en su lengua y arremetió con la pica.

—Atrás, muchacho, busca el muelle —le ordenó Diego entre dientes, midiendo la distancia con el borgoñón.

El combate se desató en el barro con una violencia muda.

Dos de los sicarios se lanzaron contra el lansquenete, mientras De la Croix y los otros tres rodeaban a Diego.

El primer atacante intentó una estocada baja, pero Diego, ágil como en sus mejores tiempos, esquivó el golpe con un paso lateral y dejó caer el filo de su espada sobre el cuello del hombre, cortando la carne hasta el hueso.

Sin embargo, el borgoñón era un veterano de las guerras de la frontera.

Aprovechando el movimiento de Diego, avanzó con una finta rápida y le asestó un tajo oblicuo.

Diego interpuso el brazo envuelto en la capa, pero la fuerza del golpe rasgó el paño y la hoja de De la Croix alcanzó a morder la carne de su hombro izquierdo.

El dolor, agudo y ardiente, no hizo sino encender la rabia del castellano.

Diego dio un bufido, asentó bien las botas en el lodo y, utilizando la espada a dos manos, lanzó una contraofensiva implacable que obligó al borgoñón a recular.

El metal chocó tres veces con un estrépito que despertó a los perros del puerto.

El segundo sicario intentó acometer a Diego por la espalda, pero no llegó a tocarlo: una detonación ensordecedora rasgó la niebla, y el hombre se desplomó con el rostro destrozado por una carga de pólvora .

Desde el extremo del callejón, envuelta en una capa de viaje y sosteniendo aún una pistola de canilla humeante en la mano derecha, Lucía Abenazir avanzaba flanqueada por otros cuatro lansquenetes armados con arcabuces.

Su rostro, pálido bajo la niebla, no mostraba terror, sino la misma determinación de hierro con la que gobernaba la contaduría.

—¡Fuego! —ordenó Lucía con una voz que resonó en todo el muelle.

Al ver los cañones de los arcabuces apuntándoles y comprender que la emboscada sorpresa se había convertido en una ratonera para ellos, Jehan de la Croix maldijo entre dientes.

Miró a Diego, que a pesar de la sangre que le empapaba el hombro mantenía la punta de la espada alzada hacia su garganta, y comprendió que la partida estaba perdida.

—¡Retirada! —gritó el borgoñón, arrojando una cortina de lodo con la bota antes de desaparecer entre los recovecos de los almacenes junto a los dos supervivientes.

Diego no los siguió. Dejó caer la punta de la espada, respirando agitadamente, mientras el frío de la noche aliviaba la quemadura de la herida.

Lucía corrió hacia él, dejando caer el arma vacía al suelo, y le tomó el rostro entre las manos con una angustia que no había permitido que sus hombres vieran.

—Te dije que no vinieras solo, Diego —susurró ella, rasgando su propio pañuelo de seda para taponar la hemorragia del hombro.

Diego esbozó una sonrisa cansada, apoyando la frente contra la suya.

—Tenías razón, Lucía. El barón ha movido su pieza. Pero ahora cometió el error que necesitábamos. Ha intentado derramar sangre en el muelle del Emperador. Mañana la regente sabrá que Watteville está atacando el Asiento real con mercenarios de la frontera.

El tribunal del azogue

A la mañana siguiente, el palacio de Coudenberg en Bruselas no recibió a Lucía Abenazir con las demoras habituales que los secretarios de la regente imponían a los suplicantes. Lucía no acudía a pedir gracia, sino a exigir la protección de un contrato imperial que estaba siendo bañado en sangre.

Diego, con el hombro izquierdo rígidamente vendado bajo un jubón de gala negro, caminaba un paso por detrás. El contraste entre ambos era demoledor: él encarnaba la evidencia física de la agresión; ella, la frialdad judicial.

María de Hungría los recibió en su gabinete privado, un espacio dominado los retratos de la estirpe de Habsburgo.

Sobre la mesa de la regente estaba el pliego que Lucía había hecho redactar de madrugada por el notario mayor de la Bolsa de Amberes, respaldado por las declaraciones de los lansquenetes supervivientes y el testimonio del factor municipal del muelle de San Miguel.

—Es una acusación gravísima, señora —declaró la regente, cuya mirada medía la firmeza de la castellana—.

Atacar a vuestro factor en los muelles es un asunto de orden público, pero vincular al barón de Watteville con mercenarios borgoñones requiere de pruebas que no dejen margen a la duda ante el Consejo de Estado.

La nobleza de Flandes es celosa de sus fueros.

Lucía dio un paso al frente, sin bajar los ojos ante la mujer más poderosa del norte de Europa.

Extrajo de su carpeta de cuero un documento que no era un pagaré, sino la lista de las deudas notariales que el barón sostenía con las casas de cambio de Amberes, adquiridas subrepticiamente por El Arlanzón durante las últimas cuarenta y ocho horas.

—Las pruebas, Vuestra Alteza, no residen únicamente en la sangre derramada en el lodo del Escalda, sino en los libros de contabilidad de la rúa Alta —sentenció Lucía con una voz que cortaba como el cierzo—.

Jehan de la Croix y sus sicarios no cobraron en oro, sino con un pagaré firmado por el barón, garantizado sobre las futuras rentas de sus tierras en Namur.

Rentas que, como podéis ver en estos balances, ya pertenecen a la banca de El Arlanzón por impago de sus fletes de artillería.

Lucía se acercó un palmo más a la mesa de la gobernadora con una parsimonia implacable.

—El barón de Watteville no ha atacado a un mercader, señora.

Ha intentado asesinar con criminales de la frontera al socio fundador de la firma que custodia el azogue del Emperador para sufragar sus deudas .

Ha saboteado el contrato real en suelo de Flandes para ocultar su propia quiebra.

Si el Consejo de Estado ampara este crimen por defender el blasón de un deudor, los refinadores del Tirol no verán un solo quintal de mercurio este invierno, y las cajas reales de Bruselas tendrán que explicarle a Su Majestad por qué la plata americana se detiene por el orgullo de un hidalgo arruinado.

María de Hungría guardó un silencio sepulcral.

La lógica de Lucía era brutal, desprovista de retórica cortesana; planteaba una elección directa entre el linaje decadente de un noble flamenco o las finanzas imperiales que sostenían las guerras.

Y para los Habsburgo, el dinero era la sangre de la guerra.

—El asiento de Su Majestad no se toca —sentenció la regente, levantándose con la severidad de un mariscal de campo—.

El barón de Watteville ha quebrado el fuero de la Bolsa y las leyes de estos Estados al introducir espadachines extranjeros.

Su linaje no lo salvará de la ruina que él mismo ha cavado.

La ejecución de la sentencia fue inmediata y careció de la piedad que el barón esperaba. Dos días más tarde, las carretas de la capitanía de Bruselas, escoltadas por la guardia de la regente, se presentaron ante el palacio del barón.

No venían a detenerlo para un juicio de honor, sino a embargar hasta la última piedra de su patrimonio.

Por orden directa del tribunal de la Bolsa, dictada bajo la presión intolerable del Arlanzón, todos los bienes de Albert de Watteville fueron confiscados para cubrir las deudas adquiridas por la firma de Lucía.

Los tapices de Arrás, las vajillas de plata de Augsburgo y los caballos de sus caballerizas fueron sacados a la calle bajo la mirada burlona de los cambistas y los vecinos de la rúa Alta.

El golpe definitivo llegó cuando el alguacil mayor de Flandes leyó el edicto de destierro y deshonra pública en la plaza del mercado: el barón perdía sus derechos sobre las tierras de Namur, que pasaban a ser administradas por El Arlanzón como compensación por los daños y el impago de sus deudas,

Albert de Watteville contempló la escena desde el umbral de su desmantelada residencia, despojado de su capa de armiño, con el rostro desencajado por la humillación más absoluta.

En el centro de la calle, subida en su carruaje negro y flanqueada por Diego, que lo observaba con la mano apoyada en su espada templada, Lucía Abenazir lo miró por última vez.

No había triunfo en sus ojos oscuros, solo la fría satisfacción de la exacta justicia. Había destruido al barón sin necesidad de llevarlo al cadalso; lo había dejado vivo, pero despojado de lo único que justificaba su existencia: su nombre, su riqueza y su orgullo.