Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXXX
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CAPITULO LXXX

La pluma de hierro

La redacción de la respuesta al barón de Watteville no se confió a la caligrafía uniforme de los escribanos del piso inferior.

En la mesa de nogal de la planta noble, bajo la luz templada de los candiles y con la cercanía física de Diego a su espalda, fue la propia mano de Lucía la que manejó la pluma de ave.

No necesitaban una excusa burda ni una disculpa servil. En el mundo de los negocios de Flandes, la mejor defensa era la claridad implacable de las cifras. Cada línea que Lucía trazaba sobre el pergamino era un recordatorio silencioso de dónde residía el verdadero poder en la rúa de los Pañeros.

Al ilustrísimo señor Barón de Watteville,

Señor de Namur y de las tierras del Escalda,

Hemos recibido con el debido respeto vuestro pliego de capitulaciones y la propuesta de alianza matrimonial que habéis tenido a bien remitir a esta casa de El Arlanzón.

Valoramos en su justo peso el honor que vuestro linaje ofrece y la nobleza de vuestro blasón, que sin duda daría lustre a cualquier firma de estos Estados.

Sin embargo, examinadas las cláusulas financieras que acompañan a dicho acuerdo, los factores principales de esta compañía nos vemos en la obligación de declinar vuestro ofrecimiento.

Los compromisos que El Arlanzón sostiene en el presente con las cajas reales del Emperador para el transporte y beneficio del azogue de Almadén exigen que la dirección, firmas y capitales de nuestra firma permanezcan enteramente bajo el control directo de sus socios fundadores, sin división de fueros ni sumisión a patrimonios señoriales, tal como estipula el Asiento directo firmado por Su Majestad.

Rogamos, por tanto, que vuestras mercedes sigan contando con nuestros servicios financieros para cualquier descuento de letras o fletes que vuestras tierras requieran, manteniéndose nuestra relación en los estrictos y siempre provechosos límites del comercio.

Dios guarde a vuestra ilustrísima persona.

Lucía Abenazir — Diego de Ocaña

Socios fundadores de El Arlanzón

Lucía levantó la pluma, dejando que la última línea de tinta se secara antes de espolvorear la arena fina.

Su firma y la de Diego aparecían juntas, a la misma altura, como lo habían estado desde que levantaron la firma en Sevilla, pero esta vez con la rotundidad de sus verdaderos apellidos y su rango inmutable .

—Es una declaración de guerra para su orgullo —dijo Diego, leyendo por encima de su hombro con una sonrisa contenida—. Le estáis diciendo que el Asiento del Emperador nos protege y que su linaje no vale lo que nuestras letras de cambio.

—No, Diego —corrigió Lucía, doblando el pergamino con cuidado antes de sellarlo con la cera verde de El Arlanzón—.

Le estoy diciendo que somos nosotros quienes sostenemos su castillo.

Si es inteligente, buscará otro socio. Si es el necio que creo que es, vendrá aquí a por lo que cree que le pertenece.

El mensajero de la casa de Watteville recogió el despacho a la mañana siguiente. El barón no tardó en convocar a su consejo en sus dependencias de la rúa Alta de Bruselas.

Albert de Watteville, con sus cuarenta años y el rostro demacrado por las deudas y la altivez de quien considera que la tierra le debe el sustento, leyó el pergamino tres veces.

A medida que sus ojos repasaban la elegante letra de Lucía, el rubor de la humillación fue ganando su cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo bilioso.

—¿Socios fundadores? —rugió el barón, arrojando el papel sobre el tapete de su mesa de despacho, donde se acumulaban los pagarés de los usureros de Amberes—.

¿Una judía castellana y su lacayo se atreven a rechazar el nombre de los Watteville alegando cláusulas de mercaderes? ¡Se burlan de mí en mi propia tierra!

A su lado, su administrador, un flamenco de rostro sombrío, recogió el pliego.

—Señor... la firma tiene el amparo del asiento real del mercurio. Si intentamos un pleito en la corte de la regente, los secretarios del Emperador nos bloquearán. Carlos V necesita ese metal para la plata del Tirol.

—El Emperador necesita el metal, no a los mercaderes que lo transportan —sentenció el barón, levantándose con violencia—.

Ese dinero me pertenece por derecho de sangre.

No voy a permitir que unos advenedizos de Castilla me traten como a un cliente de su lonja.

Si no quieren darme la firma por la ley del matrimonio...

tendremos que buscar el modo de que El Arlanzón se quede sin cabezas para firmar.

La trinchera de piedra

La respuesta de Lucía a su propia predicción no se hizo esperar.

En el mismo instante en que el mensajero de los Watteville traspasó el umbral de la rúa de los Pañeros de vuelta a Bruselas, la contaduría de El Arlanzón dejó de ser únicamente un centro de contratación para convertirse en una plaza fuerte.

Lucía compartía la fría clarividencia de su madre, Beatriz; sabía que el orgullo de un noble arruinado era un animal acorralado, mucho más impredecible y violento que la codicia calculada de los mercaderes de Burgos.

—Watteville no irá a los tribunales de la gobernadora María de Hungría —declaró Lucía, recorriendo el mapa de los muelles del Escalda que Diego había desplegado sobre la mesa—.

Sabe que el asiento real nos protege allí.

Buscará un golpe de mano rápido que descabece la firma para que sus procuradores puedan intervenir los libros bajo pretexto de salvaguardar los fletes del Emperador. Diego, ¿cómo estamos protegidos?

Diego, que ya vestía su jubón de cuero reforzado con láminas de acero bajo la capa, señaló con el dedo el muelle de San Miguel, donde el azogue de Almadén debía comenzar a desembarcar esa misma semana.

—He doblado la guardia en la contaduría y en los almacenes del puerto —explicó Diego, con la fría precisión del soldado que evalúa una brecha—.

He contratado a doce lansquenetes de las levas del Rin, hombres que solo responden al oro del Arlanzón y que no se venderán a las promesas de un blasón flamenco.

He ordenado que las carretas de mercurio que vienen por tierra desde los vados del norte no viajen en convoyes llamativos, sino divididas en fletes pequeños, disfrazadas como cargamentos de lana común.

Si Watteville tiene espías en las puertas de la ciudad, no sabrá cuál registrar.

Lucía asintió, pero sus ojos oscuros reflejaban una inquietud mayor.

—No basta con defender los muros, Diego. En Flandes, la noche pertenece a quienes conocen sus callejones. No quiero que camines solo por la rúa de los Pañeros, ni que acudas a la lonja sin escolta. Si te pierdo a ti, se pierde la mano que sostiene el Arlanzón.

—No me perderás —respondió él, tomándole la mano con firmeza—. Esta vez no nos pillan desarmados como en Sevilla, ni indefensos como en Medina. Sabemos quién es el enemigo y dónde va a golpear.

Mientras tanto, en la rúa Alta de Bruselas, el barón de Watteville ponía en marcha su contraofensiva, pero no con la caballerosidad de un torneo, sino con la bajeza de las deudas que lo ahogaban.

Sentado frente a un personaje de oscuros ropajes —un capitán de mercenarios borgoñones llamado Jehan de la Croix, conocido por ejecutar los trabajos más sucios de la frontera—, el barón apuraba su copa de vino .

—No quiero un duelo, De la Croix —siseó Watteville, golpeando el mapa de Amberes con el puño—.

Un duelo daría derecho a la justicia de la regente a intervenir.

Quiero que esa contaduría quede paralizada.

El factor, ese Diego de Ocaña que firma junto a la judía, es el brazo armado de la compañía.

Si él desaparece en una emboscada nocturna en los muelles, ella se verá forzada a aceptar mis condiciones para no ver sus barcos confiscados por falta de garantías.

El mercenario borgoñón sonrió, mostrando una hilera de dientes mellados.

—Amberes es un lugar fácil para que un hombre se ahogue en el Escalda, monseñor. Las nieblas de esta semana son muy espesas. ¿Cuándo llega el próximo flete de ese metal plateado que tanto cuidan?

—El muelle de San Miguel estará concurrido a partir del jueves —respondió el barón, con una mueca de crueldad—.

Asegúrate de que el señor Ocaña no llegue a ver el amanecer del viernes.

Cuando la firma esté huérfana, yo mismo iré a consolar a la hermosa Lucía con mis capitulaciones matrimoniales en la mano.

La niebla del Escalda

La noche del jueves cayó sobre Amberes arrastrando una niebla densa y helada que borranba los perfiles de las grúas de madera y los mástiles de las naos amarradas en el muelle.

Era el escenario perfecto para los hombres que comerciaban con el miedo.

El eco de los cascos de los caballos y el rechinar de las poleas se oían amortiguados, como si la ciudad entera contuviera el aliento bajo un manto de lana gris.

Diego de Ocaña caminaba pegado a la línea de los almacenes, con la mano izquierda apoyada firmemente en la vaina de su espada y la derecha libre, lista para buscar la empuñadura.

A tres pasos tras él, dos de los lansquenetes del Rin que había contratado caminaban en silencio, con las picas cortas al hombro y las miradas atentas a las sombras que se recortaban entre las pilas de fardos de Flandes.

Habían supervisado la entrada de las últimas tres carretas camufladas que Lucía había dispuesto.

El azogue ya descansaba seguro tras los portones de hierro de El Arlanzón, pero Diego sabía que el peligro no terminaba con el cierre de los libros de aduanas.

La intuición, esa vieja compañera que le había salvado la vida en los callejones de Sevilla y en la morería de Medina, le decía que el aire de esa noche pesaba demasiado.

Al torcer la esquina de la rúa de los Toneleros, el sonido de un barril al rodar rompió la monotonía del viento. Los lansquenetes se detuvieron en seco, bajando las picas en un movimiento instintivo.

—¿Quién va? —bramó uno de los mercenarios alemanes en su rudo dialecto.