Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO XCVIII
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CAPITULO XCVIII

El oro de los vencidos

Para el ojo de los cambistas inexpertos, la orgullosa casa de Lucía Abenazir se desmoronaba. Sin embargo, en el interior del palacete de la rúa de los Pañeros, el calor del hogar se alimentaba con el silencio de una victoria anticipada.

Lucía y Diego llevaban días preparando el golpe de gracia, no con pólvora, sino con caligrafía.

Habían ordenado desviar sigilosamente todos los beneficios líquidos de sus factorías satélites hacia bancos neutrales en las repúblicas italianas, ocultando su liquidez bajo nombres de testaferros venecianos.

Lo único que quedaba en Amberes era el mascarón de proa: los títulos del Asiento de Almadén y las tierras flamencas arrebatadas a Watteville .

La mañana en que decidieron rendirse ante el mundo, Lucía no vistió los paños sobrios de la mercader en apuros, sino un brial de terciopelo verde oscuro, ceñido y altivo.

Diego la acompañó vistiendo su jubón de cuero reforzado bajo una capa de paño negro de Flandes, con la espada de acero toledano ajustada al cinto y la mirada inescrutable del soldado curtido que acude, sereno, a firmar una tregua definitiva.

Atravesaron la plaza del mercado y entraron en la Casa de las Balanzas de la familia Fugger. Ulrich Erhart los recibió en su despacho privado, flanqueado por dos escribanos y con el procurador del Consulado de Burgos, Martín de Lerma, sonriendo satisfecho desde un sillón de cuero.

—No os esperábamos, señora Abenazir —dijo el factor alemán, ofreciéndoles asiento con la calculada cortesía de quien sabe que tiene la soga en sus manos—. Creí que vuestros agentes seguían buscando crédito entre los prestamistas lombardos.

Lucía no tomó asiento. Se acercó a la pesada mesa de nogal y depositó sobre ella una caja de ébano con herrajes de plata. Diego se mantuvo un paso atrás, con las manos entrelazadas a la espalda.

—El crédito es un recurso para quienes aún desean seguir jugando en vuestro tablero, maese Erhart —respondió Lucía, con una voz desprovista de emoción—. Nosotros hemos venido a cerrar la partida.

Abrió la caja. En su interior descansaban los pergaminos sellados por la gobernadora: el Asiento preferente de Almadén en vigor y los títulos de propiedad de las ricas rentas de Namur .

El procurador de Burgos se incorporó, incapaz de disimular el brillo de la codicia en sus ojos, pero el factor de los Fugger mantuvo su semblante impasible, observando los documentos como si estudiara el filo de un hacha de combate.

—Vendemos nuestras concesiones, nuestra explotación presente del azogue y nuestras propiedades en Flandes, maese Erhart —anunció Lucía, clavando sus ojos oscuros en los del alemán—.

Reconocemos que vuestro boicot en la Bolsa nos impide costear la logística de las minas.

Vuestra casa tiene el monopolio del crédito; pues quedaos también con el monopolio del metal que tanto ansiáis.

Os entregamos el presente de Almadén para que empalme con vuestra concesión futura, pero no será barato.

Exigimos el pago inmediato de cien mil ducados, no en letras del Tesoro de la Corona ni en promesas de los Habsburgo, sino mediante libranzas irrevocables contra vuestras propias cajas en el Banco de San Marcos, en Venecia.

El silencio en el despacho de los Fugger fue absoluto.

Erhart acarició su barba, evaluando la magnitud de la rendición.

Cien mil ducados era un rescate de reyes, pero el control ininterrumpido del azogue de Almadén garantizaba el monopolio sobre el refino de toda la plata de Europa y América durante al menos dos décadas.

—Exigís un pago en suelo neutral, lejos de la jurisdicción del Emperador —señaló el alemán, estrechando los ojos—. Y abandonáis la plaza.

—Es el precio de la paz —intervino Diego por primera vez, con voz grave y templada—. Cedemos Flandes y el favor imperial. Nosotros buscaremos nuestro futuro lejos de los estados de Carlos V, donde la guerra de Flandes no consuma nuestros esfuerzos .

Erhart cruzó una mirada rápida con el procurador burgalés. La arrogancia de los castellanos había sido doblegada; huían de la corte con el rabo entre las piernas, buscando refugio en Italia, a cambio del premio mayor que la banca de Augsburgo había deseado durante años.

—Acepto el precio, señora Abenazir —sentenció Erhart, tomando una pluma gruesa para firmar las órdenes de traspaso a Venecia—.

Que quede constancia de que la casa Fugger asume desde hoy la gestión total del azogue.

Podéis retiraros de Amberes sabiendo que sois más ricos de lo que fuisteis en Sevilla, pero no volváis a cruzaros en los negocios del Imperio.

Lucía contempló cómo la tinta de los Fúcares sellaba la mayor transferencia de riqueza de su vida.

Guardó las libranzas venecianas en el pecho de su jubón y esbozó una levísima sonrisa que Erhart interpretó como la resignación de los vencidos.

El factor alemán no podía saber que el pergamino que acababa de comprar con cien mil ducados de su propio oro estaba a pocos meses de convertirse en ceniza por decreto de la Corona.

—No temáis, maese Erhart —respondió ella, cerrando la caja de ébano vacía—. Los negocios del Imperio ya son enteramente vuestros. Que el Rey os devuelva cada ducado que habéis pagado hoy por ellos.