Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXXVII
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CAPITULO LXXVII

Los hilos cortados

La lluvia de Amberes carecía de la violencia de las tormentas castellanas, pero se adhería a la rúa de los Pañeros con una persistencia gris que terminaba por enfriar los ánimos más templados.

En la planta noble de la contaduría de El Arlanzón, Lucía repasaba los últimos despachos de la feria de Fráncfort sin levantar la vista del papel sellado.

El tintineo de las monedas que sus factores contaban en el piso inferior le servía de metrónomo, pero aquella tarde la cadencia del oro no lograba espantar la fijeza de su mirada.

Calculaba las leguas, los días y el galope de un caballo desde Medina del Campo hasta las marismas de Vizcaya.

De pronto, unos pasos firmes y rápidos ascendieron por la escalera de madera de roble. No eran los andares cansinos de los escribanos ni el paso medido de los corredores de bolsa. La puerta se abrió sin anunciarse y Diego de Ocaña entró en el despacho.

Venía con las botas cuarteadas por la sal de la travesía y la capa todavía húmeda del puerto, pero sus ojos tenían la fijeza del que ha dejado atrás la tormenta.

Sin decir una palabra, cruzó la estancia y dejó caer sobre la mesa de nogal un objeto que golpeó la madera con un sonido seco y metálico: el anillo con el sello de hidalguía de Alonso de Castro, gastado por el uso y manchado del barro de la morería.

Lucía contempló la pieza. Sus dedos rozaron el metal con un temblor imperceptible. Levantó la vista hacia él, buscando la respuesta a la pregunta que le quemaba los labios desde hacía semanas.

—Alonso no hablará más, Lucía —dijo Diego, con una voz apagada por las jornadas de viaje—. El lazo de Medina ya no existe. El pliego que traía para encadenarte ardió en Castilla.

—¿Y mi madre, Diego? —susurró ella, dando un paso hacia él, estrechándole los brazos—. ¿La encontraste? ¿Viene en algún navío rezagado?

Diego sostuvo su mirada, y en la gravedad de sus ojos, Lucía leyó la verdad antes de que él pronunciara la primera sílaba.

—La encontré en las traseras de vuestra antigua casa, Lucía.

Malvive en un almacén viejo, pero conserva la entereza de un rey de armas —explicó Diego, bajando la voz—.

Le pedí, le rogué que saliera de la villa conmigo, que teníamos los caballos y el amparo de los Grimaldi para traerla aquí.

Pero se negó. Me dijo que su viaje había terminado el día que quemaron a tu padre y que su sitio estaba allí, guardando los adobes de lo que fuisteis.

Me pidió que te dijera que sabe quién eres aquí en el norte, que está orgullosa y que no te maldigas más en las noches de Amberes.

Su orgullo es su abrigo, Lucía. Traerla aquí habría sido romperla.

Lucía apretó los labios y cerró los ojos, dejando que una sola lágrima, preñada de ocho años de distancia y culpa, corriera por su mejilla. Asintió despacio, asimilando que el sacrificio de Beatriz era el precio de su libertad en Flandes .

—¿Tuviste problemas para salir de la villa? —preguntó Lucía, recomponiéndose con esa presteza comercial que compartía con su madre—. Felipe de la Torre no es hombre que deje cabos sueltos.

Diego esbozó una sonrisa amarga, recordando el frío de la Meseta.

—Los hombres de De la Torre se vieron desbordados por su propio fracaso.

Cuando los dos vizcaínos encontraron el cuerpo de Alonso en el callejón de las Adorzas, comprendieron de inmediato que el testigo protegido de Burgos había sido ejecutado bajo sus narices por el mismo factor que lo había desplumado en la mesa de juego.

El pánico a las represalias de sus patrones los hizo dudar; tardaron horas en ponerse de acuerdo antes de atreverse a confesarle el desastre al procurador Tomás de la Hoz.

Ese desconcierto me dio la ventaja que necesitaba.

Diego se sentó en el brazo de la silla, tomando las manos de Lucía entre las suyas.

—Para cuando De la Hoz reaccionó y apostó guardas en el puente del Duero, yo ya había cruzado los vados de Toro bajo la lluvia.

Intentaron seguir mi rastro hacia Bilbao, pensando que buscaría un mercante vizcaíno, pero les quebré la marcha desviándome por las rutas de la Bureba hacia el puerto de Santander.

Han estado persiguiendo a un fantasma. Felipe de la Torre sabe ahora que alguien le ha cortado las manos en Medina, pero para cuando sus cartas lleguen a Burgos, nosotros ya habremos movido la primera pieza del azogue desde aquí.

Lucía apretó las manos de Diego, sintiendo cómo el calor de su regreso disipaba por fin la vieja sombra de Castilla. El pasado común quedaba definitivamente sepultado .

—Entonces, Diego —dijo Lucía volviéndose hacia la mesa con los ojos limpios y la voz firme—, es hora de hacerle pagar a Felipe de la Torre cada maravedí que nos ha costado este viaje.

Los oficiales de Amberes esperan las firmas para el desembarco del mercurio.

Mostrémosles cómo negocia la casa Abenazir.