CAPITULO LXXVI
La última cuenta de Samuel
El repique de los dados de hueso sobre el tablón fue marcando el compás de una ruina inevitable.
Durante dos horas, maese Mateo de la Cruz manejó la mesa con la precisión de un cirujano.
Diego no necesitaba trampas ni cargamentos en el cubilete; le bastaba con doblar las apuestas cada vez que la impaciencia nublaba los ojos de Alonso de Castro y dejar que la propia desesperación del tahúr hiciera el resto.
El oro que el procurador Tomás de la Hoz le había entregado a Alonso para asegurar su viaje a Flandes cambió de dueño bajo el humo del bodegón de la Caza.
Primero volaron las piezas de a ocho, luego los excelentes que guardaba en el forro del jubón y, finalmente, el anillo con el sello de hidalguía de su abuelo, que Diego barrió hacia su lado del tapete con un gesto de absoluta indiferencia.
—No puede ser... No es posible este descarte —gimió Alonso, con la camisa empapada en sudor frío y las manos temblando de forma espasmódica.
Miró a sus guardas vizcaínos, buscando un amparo que los espadachines no podían darle frente a la ley del juego—.
Maese Cruz... una mano más. Un tiro a gran punto.
Cien ducados sobre mi palabra de hidalgo .
Diego recogió los dados uno a uno, haciéndolos tintinear en la palma de la mano. Su mirada era un témpano.
—La palabra de un hombre que apuesta el oro de sus patronos no vale un real en la Bolsa de Amberes, don Alonso —sentenció Diego, levantándose de la silla y pasándose la capa por el hombro—. Mi bolsa está llena y vuestra faltriquera limpia. Aquí termina mi noche.
—¡Espera! —Alonso se puso en pie, tirando el taburete.
Los dos vizcaínos echaron mano a las empuñaduras de sus dagas, pero los murmullos de los arrieros y el bodegonero, que no toleraban que se rompiera la paz de las apuestas, los obligaron a contenerse—.
No podéis dejarme así. Debo tres meses de alquiler de las caballerías...
Maese de la Hoz me colgará si sabe que he perdido el asiento...
Diego no respondió. Salió del bodegón con paso firme, sintiendo el aire helado de la madrugada de Medina golpearle el rostro. La llovizna había cesado, dejando los callejones de la morería sumidos en un silencio de tumba, solo roto por el discurrir lodoso del Zapardiel a pocas varas de allí.
Se adentró en el callejón de las Adorzas, un pasaje angosto donde las paredes de adobe casi se tocaban en lo alto. No tuvo que esperar mucho. Apenas tres minutos después, el eco de unos pasos apresurados y el arrastrar de unas botas sobre los charcos anunciaron la llegada de su presa.
—¡Cruz! —¡Maese Mateo! —bramó Alonso, irrumpiendo en el callejón con la espada desenvainada.
Venía solo. La codicia y la necesidad de recuperar el oro lo habían hecho dejar atrás a sus custodios, que se habían quedado retenidos en la taberna pagando la cuenta del vino—.
Devolvedme lo mío o juro por Dios que os destripo en este mismo barro .
Diego se detuvo. Con una lentitud calculada, se volvió hacia él. Se desabrochó el fiador de la capa y la dejó caer sobre un poyo de piedra, quedando libre de movimientos. Bajo la luz de la luna que se filtraba entre las nubes, Diego se quitó el sombrero de ala ancha y sostuvo la mirada del hidalgo.
Alonso de Castro dio un paso atrás, y la espada le tembló en el puño. El alcohol pareció evaporarse de su cerebro al reconocer las facciones que la penumbra del bodegón le había sutilmente ocultado.
—Tú... —Susurró Alonso, con el rostro demudado por un pavor antiguo—. Diego de Ocaña. El mozo del judío... Estás muerto. Deberías estar muerto en las cárceles de Sevilla...
—Los muertos de la Costanilla tienen la memoria muy larga, Alonso —dijo Diego, dando un paso adelante.
Su mano derecha no buscó la espada, sino la empuñadura de su daga de Flandes, una pieza de acero oscuro que no reflejaba la luz—.
Viniste a buscar el oro de Burgos para vender el cuerpo de Lucía, pero has terminado en este callejón.
Samuel Abenazir te envía la última cuenta de sus libros.
Alonso, acorralado por el fantasma de su propia traición y por el peso del hombre que tenía delante, lanzó una estocada desesperada, un tajo ciego que Diego esquivó con la agilidad del hombre que ha sobrevivido a las emboscadas en los peores caminos de Castilla.
El acero de Alonso golpeó el adobe de la pared, levantando una chispa, y en ese mismo instante, Diego se adentró en su guardia.
El golpe fue seco, certero y definitivo.
El acero oscuro de la daga encontró el hueco bajo las costillas del hidalgo.
Alonso de Castro soltó la espada, que cayó al barro con un tintineo sordo, mientras sus manos se aferraban a los hombros de Diego, intentando sostenerse en un mundo que se le escapaba por segundos .
Diego lo sostuvo por el jubón, acercando su rostro al del agonizante para que sus últimas palabras quedaran grabadas en su oído.
—El lazo de Medina queda disuelto en este barro, Alonso. Dile a tu procurador en el infierno que la familia Abenazir no tiene deudas pendientes.
Empujó el cuerpo sin vida hacia el fondo del callejón, donde las sombras se lo tragaron.
Registró el jubón del muerto, extrajo el pliego firmado por el tribunal de Valladolid que Alonso debía llevar a Flandes y lo guardó junto a la bolsa de ducados.
La amenaza jurídica de Felipe de la Torre acababa de convertirse en un papel mojado en sangre.
Lucía estaba a salvo en Amberes; la vieja deuda de la Costanilla estaba saldada.
El pliego del tribunal de Valladolid ardió bajo el pequeño puchero de barro del almacén de pieles, alimentando por unos instantes las débiles brasas con el resplandor de la tinta y la cera derretida.
Beatriz contempló la llama devorar la rúbrica que pretendía encadenar de nuevo a su hija, sin que un solo rasgo de emoción alterara la quietud de su rostro de piedra.
Fuera, los gallos de la morería empezaban a cantar, anunciando un alba fría que Diego no podía esperar dentro de las murallas de Medina.
—Los vizcaínos tardarán unas horas en encontrar el bulto en el callejón de las Adorzas —dijo Diego, ajustándose las correas de los botines y echándose la capa parda sobre los hombros—.
Para cuando Tomás de la Hoz envíe un correo a Burgos con la noticia, Mateo de la Cruz habrá desaparecido de los libros de los Grimaldi y yo estaré cruzando el Duero por los vados de Toro .
Se acercó a Beatriz y, esta vez, la tomó de las manos con la firmeza del factor que viene a ejecutar el transporte prometido.
—Tenemos caballos en el mesón de la salida de Santiago.
El camino hacia el norte es duro, pero los pasaportes de Génova os ampararán como mi abuela.
No os dejaré otra noche en este rincón. Lucía me hizo jurar que os sacaría de Castilla.
En Amberes hay una casa de piedra de tres plantas esperándoos con sirvientes y seda negra que os pertenece por derecho. Vámonos.
Beatriz lo miró. En sus ojos oscuros no había vacilación, sino la misma autoridad con la que los despidió en la noche de la huida. Soltó sus manos con suavidad, pero con una fuerza que no admitía réplica, y volvió a tomar el huso de hilar.
—No, Diego. Su voz sonó con el eco de los viejos muros de la Costanilla—. Mi viaje terminó el día en que quemaron a Samuel.
—Madre, Alonso está muerto —insistió Diego, con un deje de desesperación en la voz—. Ya no hay peligro de alguaciles. Podéis ser libres.
—¿Libre en Flandes? —Beatriz esbozó una sonrisa cargada de una infinita y triste sabiduría—.
¿Qué haría una vieja judía de Medina entre las nieblas del Escalda y las damas de la corte de Bruselas?
¿Mirar los canales y recordar el agua limpia del Zapardiel cuando aún traía caudales?
Mi sitio está aquí, Diego. Entre estos adobes despojados, guardando la memoria de lo que fuimos para que la tierra no se olvide del todo de Samuel Abenazir.
Se puso en pie con dificultad, estirando su brial gris, y le puso una mano en el pecho al hombre que la miraba con los ojos empañados por la culpa .
—Dile a mi hija que he recibido su recado.
Dile que sé que es el mayor factor del norte, que su nombre se pronuncia con respeto en la Bolsa y que ha honrado la sangre de su padre y de su abuelo como ningún varón habría sabido hacerlo.
Eso es todo el porvenir que necesito. Mi orgullo es mi abrigo en este almacén, Diego.
Si me llevas con ella, solo le llevarás un fardo de remordimientos y vejez que la obligará a mirar atrás cada día, cuando su obligación es mirar hacia adelante, hacia los hijos que ha de dar a tu linaje.
Diego comprendió entonces, con el rigor de las verdades definitivas, que la entereza de Beatriz era el cimiento invisible sobre el que se alzaba la fortuna del Arlanzón. Ella era el ancla en el pasado; el sacrificio que permitía que los barcos de Amberes navegaran libres.
Se inclinó ante ella, tomándole la mano derecha para besar sus dedos ásperos por el cáñamo.
—Volveré a Castilla, madre —susurró Diego, con la garganta cerrada—. Aunque pasen otros ocho años.
—Vuelve cuando El Arlanzón sea dueño del azogue y de la plata, hijo —respondió Beatriz, bendiciéndole la frente con un leve trazo de su pulgar—. Ahora vete. El día clarea y los caminos de Toro exigen buenas piernas. Dile a Lucía que no se maldiga más. Yo ya he vivido suficiente por todos.
Diego de Ocaña se caló el sombrero, dio la vuelta y cruzó el umbral sin mirar atrás, tragándose el dolor de la despedida.
Mientras ganaba la calle y buscaba el trote de su alazán bajo el cielo plomizo de la Meseta, sabía que regresaba al norte habiendo enterrado al fantasma que amenazaba su porvenir, pero dejando en el barro de Medina la reliquia más noble de la casa Abenazir.