CAPITULO LXXV #2
—Esta misma noche iré al bodegón de la Caza, madre —dijo Diego, tomando el sombrero—. Maese Mateo de la Cruz tiene suficiente oro de Génova en la bolsa para tentar al peor de los tahúres.
Beatriz lo acompañó hasta el umbral de la puerta carcomida. Antes de dejarlo salir a la llovizna, le retuvo del brazo con sus dedos huesudos.
—Míralo bien a los ojos cuando juegues, Diego —le pidió en un susurro—. Recuerda la cara que puso mi esposo cuando los alguaciles entraron en esta casa por su culpa. No le tengas piedad, porque él no la tuvo con nosotros. Salva a mi hija.
Diego asintió con un golpe seco de cabeza, se caló el sombrero y se perdió de vista entre las sombras del callejón, rumbo a las luces mortecinas de la morería. El eco del barro bajo sus botas marcaba el paso de una venganza que había esperado ocho largos años para consumarse.
El reencuentro en el tapete
El bodegón de la Caza hacía honor a su nombre en el peor de los sentidos.
El aire del sótano de la morería estaba espeso por el tufo a vino agrio de Toro, a sebo de los candiles y al sudor de los arrieros y licenciados de los Tercios que se hacinaban en torno a los tablones.
El ruido era ensordecedor: el chocar de los cubiletes de asta y las maldiciones en romance y algarabía se mezclaban con el humo de los sarmientos mal quemados que irritaba los ojos.
Diego de Ocaña, transmutado en maese Mateo de la Cruz, entró al local manteniendo un paso firme y medido, el sombrero de ala ancha calado para sombrear sus facciones y una capa de paño de Amberes que delataba un origen acomodado pero discreto.
Cruzó la estancia sin mirar a nadie, pero registrándolo todo. No tardó en encontrar la pieza.
En la mesa del fondo, la más cercana a la salida de las letrinas, Alonso de Castro presidía la timba.
Estaba irreconocible. El porte del hidalgo que Diego recordaba de las calles de San Antolín se había disuelto en la facha descuidada de un tahúr de tres al cuarto.
Tenía la camisa deshilachada en los puños, manchas de grasa en el jubón de terciopelo ajado y los ojos inyectados en sangre por la vigilia y el vino.
Frente a él rodaban tres dados de hueso sobre un paño de fieltro verde tan gastado que dejaba ver las vetas de la madera.
A su espalda, tal y como Beatriz había advertido, dos hombres corpulentos de rostros cetrinos y cicatrices de espada en las manos permanecían de pie, con los brazos cruzados y las capas apartadas para dejar a la vista las empuñaduras de sus vizcaínas. Los guardas de Felipe de la Torre.
—¡Falta el seis! ¡Por los clavos de Cristo, que ruede ese seis! —bramó Alonso, arrojando el cubilete con desesperación.
Los dados mostraron un dos, un cuatro y un uno.
Un arriero calvo soltó una carcajada mugrienta y barrió hacia su pecho un puñado de reales de plata.
Alonso maldijo entre dientes, buscando en su faltriquera con dedos trémulos.
Apenas le quedaban cuatro monedas de a ocho.
El oro que el procurador Tomás de la Hoz le había entregado como adelanto se le estaba escurriendo entre las manos .
Diego avanzó, apartando con suavidad a un soldado rezagado, y se plantó ante la mesa. Con una parsimonia que llamó la atención de los vizcaínos, se desabrochó el fiador de la capa, tomó una silla de paja vacía y se sentó frente al tahúr.
—¿Hay sitio para la plata de Flandes en esta mesa, caballeros? —preguntó Diego, forzando un tono indolente, arrastrando las palabras como hacían los factores asentados en el norte.
Alonso de Castro levantó los ojos, enturbiados por el alcohol.
No reconoció al muchacho de veintidós años que había ayudado a desterrar en los rasgos maduros del hombre de treinta, pero el brillo del escudo de oro de Amberes que Diego dejó caer con desdén sobre el tapete le devolvió la vida a las pupilas.
—La plata de Flandes siempre es bien recibida en Medina, maese... —balbuceó Alonso, relamiéndose los labios agrietados.
—Mateo de la Cruz, factor de los Grimaldi —respondió Diego, sosteniéndole la mirada con una frialdad que helaba la sangre—. He venido a liquidar unas cuentas de lanas de la feria y me han dicho que en este bodegón se puede encontrar juego limpio. ¿Jugamos al azar o preferís las Tablas Reales?
—Al azar, maese Cruz. Los dados no entienden de letras ni de linajes —dijo Alonso, arrastrando sus últimas monedas al centro—. Tres dados, el mayor punto gana. ¿A cuánto el lance?
—A diez ducados el tiro —declaró Diego, sacando una bolsa de cuero de la que asomó el brillo dorado de los excelentes de la Reina—. Para calentar los dedos.
Los vizcaínos de la espalda de Alonso se movieron, incómodos. Uno de ellos se inclinó para susurrarle algo al hidalgo, pero Alonso lo apartó de un codazo, obnubilado por la visión de la bolsa. El anzuelo de Beatriz estaba en el agua y el pez acababa de morderlo.
Diego tomó el cubilete. Sabía que aquella no era una partida de fortuna, sino un duelo a muerte por la libertad de Lucía.
Cada vez que los dados rodaran sobre el fieltro negro de mugre, Diego estaría restándole un día de vida a la amenaza de Burgos, arrastrando a Alonso de Castro hacia el callejón oscuro donde la última cuenta de Samuel Abenazir aguardaba para ser cobrada.