CAPITULO LXXV
El mapa de la miseria
La Costanilla de Medina ya no olía al esplendor de las especias ni al papel sellado de los cambistas que Diego recordaba de su juventud.
Bajo la llovizna persistente que enfangaba los callejones, el antiguo barrio comercial parecía un esqueleto de adobe y vigas carcomidas, mudo tras las confiscaciones que el Santo Oficio había ejecutado en la última década.
Diego avanzaba pegado a los aleros de los tejados, embozado en su capa parda, arrastrando los cascos de su alazán por el barro para no despertar el celo de los serenos que guardaban los accesos a la Plaza Mayor.
Según las pocas señas que había logrado recabar, Beatriz ya no estaba al amparo de la viuda María de Valderas cerca del convento de San José; aquel cobijo provisional de los primeros meses había expirado cuando el Santo Oficio cerró las investigaciones.
Ahora malvivía en una accesoria angosta, un antiguo almacén de pieles abandonado detrás de lo que fue la imponente casa de los Abenazir, un rincón ruinoso descuidado por los alguaciles del fisco eclesiástico donde se había refugiado para subsistir entre los escombros de su pasado.
El contraste era atroz. Diego se detuvo ante la puerta de madera carcomida, donde un candil de manteca parpadeaba tras un ventanuco defendido por una reja oxidada .
Diego llamó con tres golpes suaves, el viejo santo y seña de los factores de la casa del viejo Isaac.
Dentro se hizo un silencio absoluto. El rasgueo de un huso de hilar se detuvo en seco. Tras unos segundos que parecieron horas, una voz envejecida, pero que conservaba la modulación firme de la estirpe Abenazir, preguntó desde la penumbra:
—¿Quién busca a una viuda a estas horas de la noche?
—Alguien que ha tardado ocho años en cumplir una promesa, madre —susurró Diego, arrimando los labios a la juntura de la madera.
Se escuchó el arrastrar de un cerrojo de hierro y la puerta se abrió apenas tres dedos.
La luz del candil iluminó el rostro de Beatriz.
Diego ahogó un gemido. El tiempo y la pena la habían tallado en piedra: el cabello, antes negro y severo, era ahora una corona de hilos de plata desordenados, y las arrugas en torno a sus ojos oscuros eran surcos profundos de cansancio.
Vestía un brial de paño burdo gris, remendado en los puños, y sus manos, las manos que antaño acariciaban los damascos de Florencia, estaban cuarteadas por el frío y el trabajo del cáñamo .
Beatriz abrió los ojos por completo. Sostuvo el candil a la altura del rostro de Diego, recorriendo con la mirada las hebras de plata de sus sienes, la cicatriz de la ceja y las espaldas anchas del hombre de treinta años que tenía delante.
La luz tembló en sus dedos, pero no hubo grito, ni lágrimas, ni reproche. Solo una lucidez terrible.
—Diego —dijo, dando un paso atrás para dejarlo entrar—. Has vuelto a Medina. Sabía que, algún día, tus pasos te traerían de vuelta, aunque las maderas ya estén podridas.
Diego entró entornando la puerta y pasando el cerrojo.
El aposento era de una sobriedad franciscana: un jergón de paja en un rincón, una mesa baja con un candil, un puchero de barro sobre unas brasas mortecinas y el huso de hilar con el que se ganaba el sustento para no depender de la caridad vecinal.
Se quitó el sombrero mojado y, sin importarle el barro de las botas, se arrodilló ante ella, tomando sus manos ásperas entre las suyas.
—Perdonadme, madre... —Consiguió articular, con el nudo de la culpa cerrándole la garganta—.
Tardamos en asegurar las rutas de Sevilla, y luego Flandes...
el norte nos absorbió el alma. Pero ahora somos grandes.
Lucía es la mayor factor de Amberes; negocia cara a cara con la hermana del Emperador.
Teníamos el oro, pero las fronteras del Santo Oficio...
Beatriz le puso una mano temblorosa en la mejilla, interrumpiéndolo con la misma triste sabiduría con la que lo despidió en la Costanilla.
—No te disculpes, hijo —dijo con ternura—.
Cumpliste el encargo de Samuel. Le enseñaste a vivir y a llevar las cuentas del mundo sin bajar la cabeza.
Sé que es rica, sé que es respetada. Los ecos de la Bolsa de Amberes llegan hasta las ferias de Medina, aunque los mercaderes de Burgos pretendan callarlos.
Mi hija está a salvo del barro de esta tierra, y eso es todo lo que esta vieja necesitaba para seguir respirando.
Se incorporó con dificultad y le dispuso una banqueta de madera junto a las brasas.
—Pero no has cruzado el mar del Norte y las aduanas de Castilla solo para confesar tu retraso, Diego —añadió Beatriz, clavando sus ojos implacables en él—.
Tus ojos no tienen la paz del que regresa a cumplir una promesa de paz.
Tienen el brillo del acero que busca su funda. ¿Qué ha pasado en Amberes?
Diego se sentó, extendiendo las manos hacia el calor de las cenizas. El fantasma del pasado debía ser nombrado en aquella misma estancia.
—Felipe de la Torre ha encontrado un ariete para destruirnos, madre —explicó Diego, bajando la voz—.
Ha localizado a Alonso de Castro. Sabe que el matrimonio de Medina sigue vivo en los libros de San Antolín y han presentado una querella por bigamia y alzamiento ante el tribunal de Valladolid.
Pretenden enviar a Alonso a Flandes para reclamar los bienes y la persona de Lucía, buscando la ruina total de nuestra firma y la incautación de todo cuanto poseemos.
El candil de manteca proyectaba la sombra de Beatriz sobre las paredes de adobe desnudas, haciéndola parecer tan imponente como los almacenes que su familia poseía en los días de gloria.
Se levantó con parsimonia, se acercó a un jarrón de barro empotrado en la pared y vertió un chorro de agua fría en un cuenco para ofrecérselo a Diego.
Sus manos ya no temblaban; la revelación del peligro que amenazaba a su hija en Amberes parecía haber despertado en ella la fría presteza de los Abenazir.
—Alonso de Castro no es más que un despojo, Diego —dijo la viuda, sentándose de nuevo frente a él—, pero un despojo hambriento es el perro de caza más útil para un lobo como Felipe de la Torre.
Durante estos ocho años, he visto a ese miserable arrastrarse por las alcantarillas de Medina.
El dinero de la delación le duró lo que tardan en barajarse los naipes en los antros de la rúa Nueva.
Cuando se quedó sin un maravedí, empezó a vender las ropas de su madre, los herrajes de su casa y, al final, su propia dignidad.
Es una criatura vacía que vendería la poca alma que le queda por un trago de vino peleón.
Diego bebió un sorbo de agua, sintiendo el frío del pozo en la garganta.
—¿Dónde se esconde, madre? Necesito encontrarlo antes de que el procurador de Burgos lo ponga en un carruaje camino del norte.
—No se esconde, ese es su error —replicó Beatriz con una mueca de desprecio—.
Los hombres como él no tienen donde ocultarse porque su vicio los ata a los mismos pesebres.
Pasa los días sesteando en los soportales del grano y, en cuanto cae la noche, se mete en el bodegón de la Caza, en el corazón de la morería.
Es un antro donde los arrieros de Toro y los oficiales expulsados de los Tercios se juegan los caballos y las capas al azar de los dados.
Beatriz se inclinó hacia adelante, y la luz del candil acentuó la severidad de sus facciones. Su voz se tornó en un susurro cargado de advertencia.
—Pero no es tan fácil como llegar y ponerle un puñal en el gaznate, Diego.
Debes saber que Alonso ya no camina solo.
Tomás de la Hoz lo tiene bajo guarda. Dos espadachines vizcaínos, pagados con el oro del Consulado de Burgos, lo acompañan a tres pasos de distancia adondequiera que va.
Lo vigilan para que no se emborrache hasta morir antes de hora y para asegurarse de que nadie se le acerque para comprar su silencio o hacerle callar para siempre.
Son veteranos de Flandes con el alma vendida a la soldada, diestros con la daga de vela y sin escrúpulos para cortar un cuello en la sombra.
Diego apretó los dientes, asimilando la dificultad. Felipe de la Torre era un zorro viejo; sabía que El Arlanzón intentaría defenderse y había blindado a su testigo en el propio avispero de Medina.
—Si los hombres de Burgos huelen el acero en la morería, los alguaciles de la feria me prenderán antes de que pueda cruzar el río —razonó Diego en voz baja—. Un factor de los Grimaldi no puede andar armando camorras en los bodegones si quiere mantener su capa limpia.
—Por eso no debes buscar el acero, sino el tapete —declaró Beatriz, y por un instante, un destello de la antigua astucia comercial de los Abenazir brilló en sus ojos oscuros—.
Alonso de Castro es un esclavo del juego, Diego.
El oro que De la Hoz le ha entregado como cebo le quema en el jubón.
Los vizcaínos pueden guardarle las espaldas contra una daga, pero no pueden salvarlo de sus propios demonios cuando los dados ruedan.
Si quieres sacarlo de la protección de Burgos, debes despojarlo de ese oro en su propio terreno.
Déjale sin una blanca, haz que deba a la mesa lo que no tiene, y el propio bodegonero lo arrojará al arroyo de las traseras para que rinda cuentas.
Allí, en la oscuridad del callejón, donde los guardas de Burgos lo den por perdido, es donde deberás cobrarte la deuda de Samuel.
Déjalo acorralado sin el auxilio de la plata y verás cómo el león de cartón se disuelve en cobardía .
Diego contempló a la viuda, admirado por la implacable lucidez que la miseria no había logrado arrebatarle. El plan de Beatriz era arriesgado, pero era el único que le permitía acercarse al tahúr sin hacer saltar las alarmas de la villa.
Se puso en pie, ajustándose el cinto por debajo de la capa parda.