Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPITULO LXXIV
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CAPITULO LXXIV

Retorno a las sombras

El Cantábrico recibió a la urca vizcaína con un temporal que obligó al capitán a retrasar tres días la entrada en la barra de Bilbao. Cuando Diego de Ocaña pisó por fin el muelle de las Arenas, el frío húmedo del norte le caló los huesos.

Compró un caballo alazán, fuerte y acostumbrado a las pedrizas, y un mulo de carga para disimular su condición de tratante.

Evitando las rutas principales que ascendían por el puerto de Somorrostro —demasiado vigiladas por los guardas del Consulado de Burgos—, Diego optó por los pasos ganaderos de la Bureba, adentrándose en la meseta castellana bajo una llovizna pertinaz que borraba el horizonte.

A la tercera jornada de viaje, el paisaje cambió drásticamente.

Las montañas del norte dieron paso a la llanura ocre y desolada de la Vieja Castilla.

Mientras cabalgaba en solitario por la Tierra de Campos, Diego contempló los llanos limpios y bien labrados, con la tierra oscura y recién volteada esperando bajo la lluvia la aparición de los primeros brotes de la siembra.

Todo en aquella tierra le resultaba familiar y, a la vez, profundamente hostil.

Habían pasado ocho años desde su huida de Medina, pero el aire de Castilla seguía oliendo igual: a trigo rancio, a estiércol de oveja y al humo de los hogares que quemaban sarmientos.

Era una tierra hermosa en su dureza, pero llena de ojos que vigilaban desde las almenas y las torres de las iglesias.

Al caer la tarde del quinto día, Diego divisó las murallas de Medina del Campo.

La silueta del Castillo de la Mota se recortaba contra un cielo de sangre y ceniza.

El corazón le dio un vuelco. Allí, en esas mismas calles, había servido a Samuel Abenazir; allí había visto arder la casa familiar y allí se había sellado el destino de Lucía.

Detuvo el caballo antes de llegar al puente del Zapardiel.

Se embozó en la capa hasta los ojos y comprobó, por debajo del paño, que el mecanismo de su llave de chispa y la empuñadura de su daga estaban libres.

Medina ya no era el refugio de su juventud; ahora era el feudo donde Felipe de la Torre movía los hilos y donde Alonso de Castro aguardaba el dinero de Burgos.

Cruzó la puerta de Santiago confundido entre un grupo de arrieros que traían odres de vino desde Toro.

La villa bullía con la actividad de los preparativos de la feria de otoño, pero Diego no buscó las comodidades de los mesones de la Plaza Mayor.

Se dirigió hacia los callejones oscuros de la morería, donde las sombras eran más densas y las preguntas se pagaban con acero.

Tenía un mes antes de que Alonso de Castro iniciara su viaje hacia Bilbao para embarcarse a Flandes.

El tiempo corría en su contra, y Diego sabía que para salvar a Lucía en Amberes, debía encontrar el rastro del tahúr esa misma noche, antes de que el Santo Oficio descubriera que el factor del Arlanzón había regresado a casa.